Un relato sobre el Disco Negro: XIII – PT. 1

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Aquella fue la última tarde del último invierno y en el cielo el Disco negro.

Observó el avión a través de la gran ventana que daba al aeródromo, también su reflejo: las facciones pétreas en una mueca revelando la inconsistencia de su silencio. Pensó en gritar, aullar como un perro herido pero la gente lo tildaría de loco. Apoyó la palma en el ventanal y vio el avión  pasar entre sus dedos: de pulgar a meñique, obviando la escala en el dedo corazón. Movió la palma, sin quitarla del vidrio, y el Boeing, por segunda vez, entre sus dedos.

Recordó la carta arrugada en el puño.

Exhaló para contener las ganas de hacer trizas el papel e inventar su contenido: uno verdaderamente suyo. Pues sabía lo que había dentro. Una despedida; peor que eso, una decisión.

Tembló, el aeropuerto también. A su alrededor la gente comenzó a huir despavorida. Escuchó una explosión y giró al oler algo chamuscándose. No le tomó importancia. Para él, en ese instante, la única razón, era la confesión de Silene y su letra redonda como de primaria.

«Cinco minutos antes y hubiese podido ver la satisfacción en su rostro», pensó y sus dedos rasgaron la parte superior del sobre. Estuvo a punto de destruir la misiva, rajar sus palabras y obliterar su recuerdo.

Leyó, con la voz vuelta un susurro, las primeras líneas:

—Alex, espero me perdones por lo poco sensato de mis acciones —sus manos temblaron—. Lo pensé mucho, no quería ocultarlo y sin embargo lo hice. Debía irme sin decir adiós. De otra forma hubiese sido imposible  —aspiró hondo—. Ingresé a Harvard hace poco más de dos semanas —Alex vio explosiones en el cielo—. Te amo pero contigo no tengo un futuro. Sigues siendo un niño —aviones cazas surcaron el firmamento y lucharon contra bólidos aéreos de acero—. Tú vives pegado a tu guitarra, con ese sueño, ese imposible, que es ser, lograr ser, una estrella de rocanrol —las palabras como pequeñas cuchilladas lo hirieron en lo más profundo de su alma.

—Muévete —le gritó un policía—. Muévete, maldita sea, muchacho. El Disco negro está cayendo y los extraterrestres han cruzado la atmósfera.

Él se quedó quieto. Y le regaló una sonrisa nerviosa.

—Mocoso idiota —el policía escupió e hizo un gesto de repudio antes de huir del recinto—. Maldita sea la Iniciativa Omega y los misiles inservibles de la Guerra Fría.

Alex se sentó frente a la ventana y vio la lucha entre los aviones de combate y aquellas naves alienígenas a los que llamó, tan sólo por definirlos, Abejorros del Herrumbre. Vio trozos incandescentes de hierro caer como pequeños soles infantes, no supo si eran restos aliados o alienígenos.

Cruzó las piernas y siguió leyendo:

—Tienes veintinueve años, reacciona, sino nunca vas a ser alguien decente.

Una gigantesca silueta apareció dentro de la niebla y derribó cinco aviones de un golpe. Reconoció el Boeing donde viajaba ella cayendo junto a los cazas. Supo, por puro sentido común, ella estaba muerta.

—La oscuridad hambrienta y cimbreante —dijo en voz baja y guardó la carta en el bolsillo superior de su gabardina.

Suspiró y corrió hacia el lugar donde cayó el Boeing y vio al gigantesco alienígena frente a él, no se inmutó, y rodeó sus enormes patas.

Al llegar a los escombros vio un oso de felpa rosa ardiendo.

«El que le regalé en nuestro sétimo aniversario», pensó y recogió el peluche luego de apagar el fuego que lo consumía.

Movió un trozo de metal y las flamas, como pequeñas palmas, acariciaron su brazo.

Oyó pequeñas explosiones. Una tras otra se siguieron hasta encender la gasolina que manaba del Boeing.

Lo último que vio fue el rostro de Silene sin rasguños, tampoco contusiones: una ligera sonrisa y los ojos cerrados. Tal vez ella dormía arrullada por el fuego, nada más.

Fin de la primera parte.


JEREMY TORRES-MONTERO (Lima, Perú)

Estudió Gastronomía en la sede peruana de Le Cordon Bleu. Es autor de las novelas “El Camino de los Aegeti” (Casatomada, 2010), “Wild Child: El Camino de los Aegeti/ 1” (Manupax, 2012). Además ha publicado dos relatos “El Ingenio de la Escalera” (2011) y “Au Clair de la Lune” (2012) en el fanzine El Horla y “Ojo por ojo” (2012) en el magazine argentino Barricada Cómics y es uno de los narradores antologados en “Se vende Marcianos: muestrario de ciencia ficción” (Altazor, 2015) con el cuento “Díatreda” (2015) y en “Erídano Suplemento N° 26: Ciencia Ficción Peruana 2” (Alfa Eridiani, 2016) con el cuento “Colisión”, y del libro de cuentos “Kintsukuroi: Los relatos sobre el Disco negro” (Editorial Apogeo, 2016). Además ha colaborado en la revista Dedo Medio con una entrevista y algunos artículos.

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