Cuando la literatura acaba: la experiencia de la autoficción

La nueva narrativa peruana nunca ha sido una de mis prioridades a la hora de buscar qué leer. Sea por haber escuchado algún comentario desaprobatorio sobre alguna novela reciente, o porque simplemente la moda nunca ha sido de mi agrado, la cuestión es que nunca me he visto corriendo a la librería más cercana a preguntar por las novedades, o realizando pesquisas entre mis amigos lectores para dar con el último libro del que todos hablan. Como lo que a todos les gusta siempre me ha generado una profunda desconfianza, mi posición con respecto a los libros ha sido la de mantenerme al margen de todo lo nuevo, y con un gesto conservador, me he relegado hacia la literatura consagrada, o a, sencillamente, seguir recomendaciones que, de alguna u otra forma, me garanticen una lectura placentera.

Entonces, en pocas palabras, para esta nueva narrativa –que con propiedad se ha denominado literatura de autoficción– soy un lector inexperto. Aunque, ahora que recuerdo, algún acercamiento hacia este género ya tuve en el pasado. Exactamente cuando salió a la venta Contarlo todo de Jeremías Gamboa, libro que lanzaría al estrellato a su autor, y que recibió muchos elogios de los más distinguidos círculos intelectuales de nuestro país. Hasta fue un hecho mediático, cosa rara de ver en literatura: viene a mi memoria aquel reportaje de un noticiero local en el que se cubría la presentación de Contarlo todo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, con presencia, aprobación y alegre felicitación de nada más y nada menos que de Mario Vargas Llosa.

Con la curiosidad que despertó tal escena en mí, me propuse leer la novela, que por suerte encontré por Internet, aunque solo el primer capítulo. Al terminar su lectura, la sensación fue extraña: una narración sin gracia, tan ajena a lo que se entiende propia de un «gran escritor»; de líneas simplonas que, según mi pronóstico, no podrían dar para más. Y espero que no, porque nunca volví a la novela, y me reprocharía haberme perdido de un libro de alta calidad por una apreciación sostenida en tan poca evidencia. Pero también era cierto que no iba a leer quinientas páginas para ostentar convencerme de lo contrario. Era muy joven, así que pido un poco de comprensión para con mis apresurados juicios de valor.

Entonces, con este vasto conocimiento del género, y con la mejor disposición del mundo, llegaría a mis manos Orgullosamente solos (Lima, 2016) de José Carlos Yrigoyen[1], el libro que, pienso yo, el azar me acercaba para darme una oportunidad con la autoficción, y para que, al fin, pueda comprenderla como una nueva forma totalmente válida de practicar el ejercicio de la literatura.

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Tomado de la edición digital de La República. Foto: Hernán Hernández

Una vez colocada la firma en el contrato de no-ficción al que nos invita la novela, José Carlos Yrigoyen nos cuenta en Orgullosamente solos la historia de una búsqueda personal: la de su identidad, y para comprenderla, rastreará su génesis en la figura de su abuelo materno, Carlos Miró Quesada Laos.

La trama se ordenará básicamente sobre dos planos: por un lado, se nos presenta la trayectoria política e intelectual de Carlos Miró Quesada, sus desencuentros con el APRA y su adhesión a los ideales fascistas. Y por el otro, se nos dibuja a un personaje en un contexto privado, al que se le concibe como un padre de familia íntegro, pero que, al tiempo, esconde una relación extramatrimonial. De hecho, considero fundamental esta forma de organizar la trama por parte de Yrygoyen, pues de ella se desprenden las preguntas más importantes que propone la novela: ¿Qué es lo que cuenta una historia oficial? ¿Hasta qué punto la Historia abarca la realidad de forma efectiva, si esta se compone de varias aristas? Si hay algo que caracterice a una novela, es la tensión que ejerce la historia con el héroe, y en la novela de Yrigoyen la biografía del abuelo será esa fuerza que irá en contra de la imagen proyectada que el narrador se ha hecho de Carlos Miró Quesada. Este, para la familia y para un gran sector de la sociedad peruana, es sinónimo de distinción, y su nombre hace gala de una moral intachable. Pero, de pronto, en esa imagen petrificada el narrador verá la puerta para conocerse a sí mismo, para explicar sus demonios, y entonces será que hurgará en ese pasado para encontrarse de cara con un Carlos Miró Quesada defensor de Mussolini, afín a los regímenes totalitarios; con un abuelo que odiará (sí, conocía el odio) sin tregua a sus contrincantes políticos («Mi abuelo podía traicionar sus principios, pero jamás a su rencor» (147), y que, en lo familiar, engañaba a su esposa con otra mujer, y que esa otra mujer era la propia abuela del narrador. Una vez desmitificada la figura de Carlos Miró Quesada, el narrador ensayará respuestas para incorporar esas nuevas verdades a su vida, y entrará en un juego con los fragmentos de su pasado familiar para decir algo certero sobre su identidad, ahora sometida a la tarea de comprender, de armonizar lo que, aparentemente, resulta irreconciliable. Como se anota en la novela, «toda versión oficial debe enfrentar, tarde o temprano, un revisionismo que se le opone y la contradice. La de mi abuelo no fue la excepción y fui yo quien, sin quererlo, empecé a desmontarla» (31).

Pero la literatura, en esencia, es forma, y cabe preguntarnos sobre la manera en que Yrigoyen codifica su historia. ¿Qué estrategia utiliza el autor para que el lector repare en la misma organización del mensaje? ¿Qué de singular, literariamente hablando, tendría el hecho de contar una historia en la que se va más allá del retrato oficial de un personaje? Porque el tema no es novedoso, sin duda. Y es en este aspecto, a mi entender, donde se encuentran las insolvencias más grandes de la novela.

Debo reconocer en este aspecto una cosa en honor a la verdad: el sugerente cambio de registro de la primera parte («Una fuerza del pasado») con respecto a la segunda («Nostalgia por el futuro»). En la primera parte impera un tono que pareciera no querer fabular; el lenguaje se acerca más al discurso histórico. Pero en la segunda parte la intención es otra: el discurso histórico se quiebra para dar paso a la ficción; el narrador, sobre la base de un discurso histórico incompleto (la documentación personal del abuelo y sus publicaciones), comienza a tejer una historia ideal, narrándonos –para decirlo con el buen Aristóteles– no lo que sucedió, sino lo que pudo haber sucedido, como en el pasaje aquel en el que el narrador nos lleva hacia la oficina de Mussolini para darnos detalles del encuentro entre el Duce y su abuelo. Creo que este juego formal está en plena sintonía con el propósito del texto a nivel de contenido. Como explicamos líneas arriba, el eje de la novela como historia se encuentra en la desmitificación de un personaje idealizado, en la ruptura de un discurso oficial, y nos parece un acierto que ese contenido se extrapole al plano de la forma, deconstruyéndose la escritura misma en el transcurrir de la novela.

Sin embargo, el estilo en sí no sorprende. Aunque la prosa es prolija (lo que permite una lectura del texto sin percances), el lenguaje me resulta de creatividad nula. Ni una sola figura retórica importante, y las que hay, carecen de buen gusto, como aquella con la que se cuenta el asesinato de los bisabuelos del narrador, insertándose una comparación, a mi juicio, algo fuera de lugar en medio de una escena a priori dramática: «Sin vacilar, como quien liquida un par de patos en un estanque[2], Steer disparó a mi bisabuelo en tres ocasiones» (45). También las hay de las trilladas, como cuando se quiere representar el carácter opresivo de las escuelas: «…y no le quedó [a Beatriz Eguren, su abuela] más que encaminarse hacia esa intolerable cárcel de lápices y pizarras[3] luego de haber pasado una mala noche gratuita». Quizás la metáfora mejor lograda del libro se encontrará en la página 32, que reza como sigue:

Ese es el caso de la historia de Carlos Miró Quesada. Y también sería, por extensión, el de la mía. Porque la memoria familiar que lo preserva y los numerosos escritos que dejó han definido mi rumbo, y se han inmiscuido, a pesar de mí, en la percepción que mantengo de la moral, la belleza, la tradición y el orden. Han generado una pulsión subterránea que me habita pero a la vez existe más allá de mis límites, que se remonta a un pasado tan lejano que apenas si lo presiento, como se presiente el movimiento de un corazón ajeno en la penumbra[4] (32).

Pero, después de ello, Yrigoyen parece preocuparse más por revelarnos una historia personal, que provocar un efecto estético con la misma. Con una mezcla entre diario y crónica, pienso que el autor peca de un intimismo estéril, sin aspiraciones universales. Es importante aquí recordar que toda literatura es una forma de conocimiento, la simbolización de una idea, y, en general, responde a un mecanismo lógico-inductivo. De lo contrario, solo quedaría el mero anecdotario, que es la secuencia preponderante en esta novela. De alguna manera el peso de su historia personal gana terreno por sobre la singularización del lenguaje, como bien se reconoce en el libro: «No he olvidado el impenetrable silencio de Beatriz Eguren, un silencio tan hondo que nunca pudo ser abarcado por ninguna de mis alegorías, un silencio que empobrece cualquier amago poético de mi parte que lo intente describir» (153). Entonces, relegado el lenguaje, la subjetividad de la instancia de enunciación se abre de par en par («Esa es la persona que quería salvar, que creo que todavía intento salvar, para poder salvarme a mí» (83).

Y así terminará la novela, con una escena intimista que no despega, escuchando el narrador de su abuela lo siguiente: «Tu abuelo nunca me amó. Lo que sintió por mí fue pasión. Una fuerte pasión, si quieres. Pero nunca me amó, porque si me hubiera amado habría dejado todo por mí». Al terminar de leer esta frase, debo confesar que de inmediato la coloqué en el estante de los peores desenlaces que he leído. Y rápidamente me asaltaron algunas dudas sobre el género de la autoficción. ¿Qué rol juega el lector en este tipo de textos? ¿Qué es lo que se le quiere comunicar? ¿Cuáles son los límites del entretenimiento? ¿En serio entretener podría ser la única poética de la autoficción? Cuando cerré el libro, me quedé pensando en que una historia de este tipo solo podía funcionar como una expiación de los demonios personales del autor, como si toda historia, por ser nuestra, mereciera per se ser contada. Y aunque esta nueva narrativa lleve la etiqueta de «literatura», me quedo con esa sensación de que lo literario, en tanto discurso que organiza estéticamente un contenido y alegoriza hacia un mundo posible, ahí se ha acabado.

[1] YRIGOYEN, José Carlos. Orgullosamente solos. Lima: Literatura Random House, 2016, 155 pp.

[2] El énfasis es nuestro.

[3] El énfasis es nuestro.

[4] El énfasis es nuestro.


 

NÉSTOR SAAVEDRA MUÑOZ (Lima, 1985)

Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha participado en congresos nacionales e internacionales. Ha publicado artículos científicos y reseñas en diversos medios especializados, tales como las revistas Tinta Expresa, Ajos y Zafiros, Riesgo de educar y Desde el Sur. Asimismo, ha formado parte del Grupo La República realizando adaptaciones literarias para la Colección Yo Leo. En la actualidad se dedica a la investigación en el campo de la neorretórica y de la poesía latinoamericana contemporánea, y se desempeña como docente de la Facultad de Artes Escénicas y Literatura de la Universidad Científica del Sur. Cursa la Maestría en Educación Superior con Mención en Docencia e Investigación Universitaria en esa misma casa de estudios, y es Jefe de Redacción de MOLOK. Revista Virtual de Arte y Literatura.

3 comentarios sobre “Cuando la literatura acaba: la experiencia de la autoficción

  1. En La distancia que nos separa, el autor introduce una reflexión de Paul Auster: la historia de Pinocho simboliza que, en ocasiones, tenemos que hundirnos en el mar y rescatar a nuestro padre para convertirnos en hombres. Creo que ese es un gran error de Renato Cisneros, porque, cuando se compara esa breve reflexión de Auster con los cientos de páginas de la novela de Cisneros, el lector se da cuenta donde está la literatura y donde ella “se ha acabado”.

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