El fuego de Adán

Cuando Adán terminó de contar a las ovejas, le dijo al viento:

—Aún no puedo dormir.

El viento, susurrante, no le respondió. O sí lo hizo, quizá, en una lengua indescifrable para el joven Adán, el único hombre en el jardín primigenio. Se levantó del verde follaje, y caminó, caviloso, bajo la luna y las estrellas, en las cuales estaba escrita la historia de sus hijos. Cómo serían ellos, se interrogaba Adán con frecuencia. Cuándo llegarían, cómo; tendrían sueños, esperanzas, serían libres. Caminó y caminó por la selva, la playa, el bosque y la duna, buscando a sus hijos, que, en alguna parte, pensaba Adán, eran libres y felices. Caminó sin compañía por las montañas y los altos nevados.

Siguió el camino que las aves y los insectos y la briza y el mar le indicaban, pero a nadie encontraba. Sabiendo que quizá era el único, terco, siguió buscando. Caminó mucho, por todos los lugares que se podrían imaginar, pero no encontró a nadie como él. Entonces, una noche nubosa, de esas que indican tormenta, un rayo descendió del cielo sobre unos troncos caídos y nació el fuego, cálido, letal. Rugía y danzaba el toro que a veces era caballo, a veces tormenta y a veces tempestad. Adán se arrodilló frente a la divinidad, una de las tantas presencias de sus padres, y le preguntó:

—¿A dónde más debo ir? ¿Dónde están mis hijos, los hombres libres?

El fuego no habló; en cambio, le mostró a Adán la tribu de los intelectuales. Y este dijo:

—Los intelectuales no son hombres libres. Ellos persiguen fantasmas en habitaciones oscuras. Prefieren pasar el tiempo pensando más allá de los sentidos y olvidan el mundo real. Son esclavos de la especulación y la soberbia. Ellos no son mis hijos.

El fuego no respondió; en su lugar, sus pliegas se movieron y mostraron a los religiosos. Y Adán dijo:

—Los religiosos no son hombres libres. Ellos niegan y afirman según su conveniencia. Están todos podridos por dentro, pues quieren enseñar cosas que nunca han experimentado. ¿Quieren ser guías? Primero que vivan. Ellos no son mis hijos.

El fuego no se inmutó; pero, los poetas aparecieron en su interior. Y Adán dijo:

—Los poetas no son hombres libres. Sufren y lloran, cantan y ríen sin razones suficientes. Se matan por amor y son capaces de traicionar a sus hermanos. Son los más graves sobre la tierra, pues creen que las palabras son suficientes para arreglar los problemas. Ellos no son mis hijos.

El fuego ni se movió; en cambio, le mostró a Adán, en sus entrañas, las tribus de los políticos, los médicos, los guerreros, los nobles, los viajeros…en fin, todas las tribus sobre la tierra, a todos los autodenominados hombres libres. Sin embargo, una y otra vez, Adán negaba con la cabeza, diciendo:

—No. Ellos no son mis hijos.

Y fue la sorpresa enorme de Adán cuando, al amainar el viento, el fuego habló:

—Entonces, hijo mío, tú libera a estos hombres. Conviértelos en tus hijos.

Luego, el fuego se convirtió en un halcón, una serpiente y una avalancha. Las ramas de los árboles caídos crujieron todas a la vez, en soneto continuo bajo la bóveda de la noche. Adán lloraba por el favor de su padre y las lágrimas limpiaban su rostro de penas y melancolía, pues pronto encontraría a sus hijos. El viento volvió a crecer, hasta ser un huracán. En ese momento, el fuego desapareció.

Y Adán despertó, solo, en el jardín primigenio, donde los susurros de los animales dormidos calmaban a los demonios de la noche eterna. Se levantó del verde follaje, y caminó, caviloso, bajo la luna y las estrellas.


AXEL MONTESINOS CÁCERES  (Lima, Perú)

Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Tecnológica del Perú. Cursa el tercer ciclo de la carrera. Tiene un importante número de poemas escritos y actualmente se encuentra trabajando en un conjunto de cuentos, fuertemente influenciados por las corrientes vanguardistas del siglo XX.

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