La Noche de Samael: Santo fuego fatuo

Llama creciente. Devoradora de oxígeno. Oscurece el aire que respiro. Tiñe mi carne de rojo ardiente. Quema mis manos y mi rostro. Conviérteme en cenizas que retornan al cielo.

Marlo contempla la fogata en el centro de la pampa de basura. Fuego de ramas, desechos y pequeños cadáveres de aves carroñeras. Marlo danza a su alrededor, lanzando chorros de querosene que convierten las llamas en cuchillas ascendentes. Su oración continúa hasta caer la noche, cuando el fuego abandona su membrana de viento y se extiende por el firmamento nocturno en forma de riachuelo. “Samael, Samael”, canta el pequeño chamán. Cuando la cola de fuego envuelve el contorno de la luna, Marlo puede ver a la serpiente alada descender del cielo.

“Mira a ese idiota”, “¿Quién?”, “Ese, el hijo tarado de la lavandera”, “¿Te refieres al pirómano?”, “Sí”, “¿Cómo se llamaba?”, “¿Marco, Mario?”, “¿Importa?”, “Es un enfermo”, “Oí que casi quema la casa de la vieja Coster”, “Yo escuché que quemó al marido de la lavandera”. “¿Su padre?”, “No, uno de los tantos amantes de esa puta”, “Así que en verdad es un hijo de puta”, “Es un brujo”, “Mi hermano lo ha visto quemando pájaros muertos en el basural”, “Retorciéndose de una manera muy extraña”, “Hablando sobre una serpiente que baja del cielo”, “Silencio, ahí viene”, “¿Qué mierda lleva puesto?”.

Un casco de cartón corona la cabeza de Marlo. Dos cuernos hechos de varas de metal y un trozo de caucho en forma de hocico asemejan a una cabeza de ganado.

Mortales repite mientras agita las latas de querosene que cuelgan de sus brazos, la gran serpiente del cielo ha anunciado mi regreso como Moloch, el señor de las llamas. Síganme a la ceremonia del fuego sagrado donde serán testigos de mi resurgimiento como dios.

Entre aspavientos y risas, el idiota se aleja mientras derrama el líquido inflamable. Los curiosos lo siguen movidos por la burla y el morbo. En el centro del basurero, la pila de desperdicios arde con rabia. La columna de fuego baila al compás del minotauro de cartón, cuyo cuerpo se estremece en alaridos de euforia. “Les dije, es un brujo”, “Está invocando al diablo”, “Qué ridículo se ve”, “Acerquémonos”, “Démosle un buen susto”.

Los curiosos se acercan entre pasos torpes y alocados. Marlo observa complacido a su séquito. Entre danzas, gritos y barullos, Marlo sigue alimentando su hoguera gigante con cada rocío de combustible. Cuando la cola de fuego toque la luna, podrá ver a la serpiente desplazarse entre las estrellas.

“SAMAEL, SAMAEL”, “¿Samael?”, “¿Qué es eso?”, “¿A quién llama?”, “SAMAEL, SAMAEL”, “Debe ser esa serpiente del cielo”, “Yo no veo nada”, “Está loco”, “Está invocando al diablo”, “Cállate”, “La hoguera”, “Provocará un incendio”, “Va a quemar todas las casas”, “Como la de la vieja Coster”, “Va a quemarnos a todos”, “Como a los amantes de la puta lavandera”, “SAMAEL, SAMAEL”, “Quemémoslo”, “Quemémoslo antes de él a nosotros”.

Y así lo hicieron. Marlo, el idiota del pueblo, el hijo de la ramera, el enfermo pirómano fue empujado hacia las llamas de su propia hoguera. Entre insultos y maldiciones, el pequeño se retuerce en fuego abrazador. Intenta arrancar los trozos de metal que se van soldando en sus sienes. Rasga desesperadamente el cartón y el cuero que se derriten ennegreciendo la piel de su cara. Se atraganta con el fuego que comienza a introducirse por su boca.

“Sigue vivo”, “No se muere”, “Maldito monstruo”, “No se muere”, “Viene hacia aquí”, “Corran”, “Viene hacia aquí”, “Corran”, “Viene por nosotros”.

Una figura calcinada abandona la débil fogata.

Su rostro es un cráneo negro adornado por dos cuernos de metal fundido. Bebe el combustible restante y exhala una gran bola de fuego que consume medio basurero. El antes llamado Marlo se contempla renacido. A lo lejos divisa a su séquito traicionero refugiándose de las brasas detrás de paredes y rocas.

Samael corona la noche enroscándose sobre el pueblo. Marlo no existe más. Es Moloch, señor del fuego purificante, el que se alza sobre el vertedero ardiente. Cada paso de Moloch incendia la tierra. Camina hacia el pueblo. Sus sacrificios lo aguardan entre ladrillos y esteras. Gritan al ver las llamas incandescentes acercarse. Para Moloch, sus alaridos son súplicas que piden ser purificados por el fuego sacro.

Samael sonríe satisfecho por el regreso de Moloch a la tierra de los hombres mientras observa el anillo de fuego consumirlo todo.

Llama creciente. Devoradora de oxígeno. Consume el aire que respiran mis enemigos. Tiñe su carne de turbio carbón. Quema sus lenguas, sus ojos y su carne. Que sean tributo para el dios renacido.


LEANDRO CABRERA (Lima, Perú)

Estudiante de Literatura de la Universidad Científica del Sur. Ha participado en el III CONGRESO INTERNACIONAL DE NARRATIVA FANTÁSTICA y en I CONGRESO ANTONIO CORNEJO POLAR, como parte del Comité Organizador. Ha sido ponente en el IV GONGRESO INTERNACIONAL DE NARRATIVA FANTÁSTICA. Actualmente, es codirector de MOLOK. Revista de arte y literatura.

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