De la Ciudad Jardín a la Ciudad Luz

De la Ciudad Jardín a la Ciudad Luz: Vallejo en la víspera de la aventura europea

El sábado 16 de junio de 1923, dos alumnos del Colegio Guadalupe, Fabricio Aldana y Alonso Gutiérrez, entrevistan al profesor César Vallejo, quien se embarcará el día siguiente en el Vapor Oroya rumbo a París. La revista es La Ilustración Guadalupana. Fabricio y Alonso han sido elegidos por sus compañeros por ser los alumnos con mejores calificaciones en los cursos de Letras.

 En la pequeña habitación alquilada en la calle de Acequia Alta n.º 425, Cercado de Lima, (actual cuadra 5 del jirón Caylloma), César Vallejo, de 31 años, escribe incansablemente cartas de despedida a sus familiares y amigos. Tiene lista una diminuta maleta donde lleva algunas mudas de ropa, un libro para aprender francés en quince días y una modesta suma de dinero, que le permitiría vivir algunas semanas en París, la Ciudad Luz, hasta asentarse y lograr obtener un empleo. Su primer contacto con la cultura francesa la tuvo en sus clases de secundaria, en los cursos de Geografía y de francés, donde obtuvo excelentes calificaciones. El libro le servirá de ayuda para refrescar sus conocimientos del idioma. Los alumnos llegan al promediar las 4 de la tarde. Están un poco nerviosos porque fueron alumnos del vate hace unos años en el Centro de Educación Primaria del Instituto Barrós de Lima y están muy al tanto de la trascendencia que obtenido su exprofesor en el panorama literario limeño en los últimos años. Vallejo interrumpe la parte final una carta dirigida a su hermano Manuel Natividad y los atiende amistosamente. Empero, en su rostro se muestra un inquietante rictus que connota una profunda preocupación. Los muchachos lo miran fijamente. Se quedan un momento en silencio. El escritor y maestro lo interrumpe:

César Vallejo:

¿Siempre son los mejores alumnos de los cursos de Letras? (les dice ensayando una tenue sonrisa).

 FABRICIO:

Está mal hablar bien de uno mismo, pero nos eligieron para venir a entrevistarlo hoy justamente por eso, profesor.

 C.V.: Entiendo que me visitan para el contenido de la nueva revista estudiantil.

 ALONSO:

Efectivamente, deseamos publicar una entrevista con usted.

C.V.: Por supuesto, ¿de qué tema prefieren tratar para comenzar?

 A.: Profesor, nuestros compañeros comentan mucho la calidad de su declamación de “Los heraldos negros”. ¿Dónde y cuándo declamó por primera vez ese poema?

 C.V.: Fue el 10 de junio de 1917 en Trujillo, poco antes de mi viaje a esta ciudad, en una reunión en la casa de mi amigo Macedonio de la Torre. Me aplaudieron efusivamente.

 F.: ¿Dónde y cuándo se publicó por vez primera?

 C.V.: En la revista Mundo Limeño, el 30 de enero de 1918.

 A.: ¿Siempre ha enseñado en escuelas?

 C.V.: Comencé a enseñar como preceptor particular de Francisco y Leoncio Sotil Wolcott, hijos de don Domingo Sotil, empresario minero en Cerro de Pasco. Después retomé la enseñanza en Trujillo donde trabajé y estudié. El primer lugar donde enseñé en el norte fue el Centro Escolar n.º 24, en la Plaza de Arnas de Trujillo, entre 1913 y 1915. Luego, hasta 1917 enseñé a primer grado de primaria en el colegio Nacional de San Juan. Cuando vine a esta ciudad, comencé a trabajar como preceptor en el Centro de Educación Primaria del Instituto Barrós, donde les enseñé a ustedes. En 1921, recalé en su actual colegio como reemplazo del profesor Jonathas Ramírez, quien estaba con licencia de salud. Cuando él retornó, dejé el dictado. Empero, retorné en marzo de este año. Es grato que después de haberles enseñado a ustedes en nivel primario en el Instituto Barrós y ver sus aptitudes en las Letras, los vea ahora como estudiantes de secundaria destacados en dichos cursos.

 A.: Le debemos bastante a su ejemplo, profesor. También a su manera de enseñar. Por cierto, ¿nos puede hablar de los métodos de enseñanza que emplea?

C.V.: Desde mi etapa de estudiante secundario allá en Huamachuco, me ha parecido importante que los alumnos no solo aprendan conocimientos, sino que se les sensibilice espiritualmente. Por ello empleé desde el inicio de mi carrera docente los poemas pedagógicos. Incluso se publicaron varios de ellos en la revista Cultura infantil, en Trujillo. “Fosforescencia”, “Transpiración vegetal”, “Fusión”, son algunos de esos poemas. La poesía no es solo trabajo con la palabra, también implica una apertura del espíritu que muchas veces es más poderoso modo de aprender, que repetir mucho la misma información, como se hace habitualmente. Cuando les hablo a mis colegas docentes de esto, ellos se ríen un poco de mi teoría de la “sensibilización espiritual” del estudiante. Pero no hay pulla acertada donde el ofendido hace oídos sordos.

F.: ¿Podría decirse, profesor Vallejo, que usted escribió primero como docente y dirigido a niños, antes que para un público adulto?

C.V.: Efectivamente, la mayoría de mis primeras creaciones poéticas vertidas en letras de molde fueron para el público infantil.

F.: ¿Puede contarnos alguna anécdota en su labor como docente?

C.V.: (Piensa unos instantes. Sonríe levemente). Bueno, fue una vez, cuando dictaba en el San Juan. A pesar de ser como todo niño de esa edad, inquietos y juguetones, los alumnos de primer año me tenían un gran respeto. En aquel entonces, yo usaba el pelo largo y tenía a las habladurías de la gente a mis espaldas, por mis actividades literarias con mis amigos en Trujillo. Una mañana, después de una tertulia nocturna, me quedé dormido sentado en mi pupitre en plena hora de clase. Empero, mis alumnos, en lugar de hacer de la suyas, estaban tan tranquilos y silenciosos. Fue en esas circunstancias que el mismo director del colegio, el doctor Juan de Dios Lora y Cordero, entró al aula admirado. Los niños hicieron el ademán de pararse a saludar, pero el Director les hizo guardar silencio con un gesto y siguió su paseo por los claustros.

F.: ¿Cómo se enteró, si usted dormía?

C.V.: Fue cierto alumno, llamado Ciro Alegría, un niño muy talentoso y vivaz, quien se me acercó a la hora de salida a contármelo.

F.: ¿Hubo alguna consecuencia?

C.V.: Nunca me dijo nada al respecto el Director. Supongo que no le molestó demasiado esa salida furtiva al reino de Morfeo (risas). En aquel entonces ya tenía cierto reconocimiento literario, había obtenido el grado de Bachiller con una tesis con excelente calificación y obtenía varios reconocimientos académicos por mis buenas calificaciones en mi segunda carrera, jurisprudencia. Seguro el doctor Lora estaba al tanto y me pasó por alto la falta.

A.: Profesor, hay algo que nuestros compañeros de aula quieren saber y me encargaron mucho preguntarle: ¿cuál es el primer poema que publicó?

C.V.: Fue en Cerro de Pasco. Se tituló “Soneto”. Lo publiqué en diciembre de 1911, a los 19 años. La revista Minero Ilustrado lo acogió en su n.º 782.

F.: ¿En qué año ingresó a la universidad?

C.V.: La primera vez que ingresé a la universidad fue en 1910, en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de La Libertad. Al año siguiente vine a Lima a postular a la Facultad de Ciencias Naturales, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a la que logré ingresar. Luego de un paréntesis, en 1913, retomé los estudios en Trujillo para la obtención del grado de bachiller en Filosofía y Letras, el cual conseguí con la tesis El Romanticismo en la poesía castellana. La sustenté el 22 de septiembre de 1915. Obtuve la calificación 19, sobresaliente con mención. Luego estudié dos años de jurisprudencia.

A.: ¿Ha llegado a ejercer como abogado?

C.V.: Más bien como juez de temas de familia, en Trujillo.

F.: ¿Qué le pareció la experiencia?

C.V.: Fue por unos meses. Me gustó apoyar al bienestar de los niños, pero también vi muchos casos conmovedores. Acepto que soy muy sensible para ciertas cosas.

.A.: Entendemos, entonces que la principal influencia literaria en sus inicios como escritor fue el Romanticismo. ¿Podría hablarnos de esa etapa de su carrera?

C.V.: Indudablemente, el Romanticismo influyó en mis poemas prístinos, sobre todo la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer. Pero pronto conocí la poesía modernista y me convertí en seguidor de Rubén Darío. En el grupo literario que integré en Trujillo, había cierto debate entre los integrantes acerca de seguir a Bécquer o a Rubén Darío. Creo que la renovación que significó la obra rubendariana en la literatura en castellano es enorme, pero dado que ha sido reciente su irrupción en nuestro medio, todavía no parece fácil para la crítica especializada poder establecer el balance sobre su real trascendencia. El Romanticismo es un movimiento literario que tuvo su apogeo en el siglo pasado, por lo que es posible establecer algunas conclusiones sobre su influjo en la poesía en nuestro idioma.

A.: Aparte de Rubén Darío, ¿qué otros autores han influido en su obra?

C.V.: En mi poesía, reconozco el influjo de José Santos Chocano. También de Julio Herrera y Reissig, Walt Whitman, los simbolistas Rimbaud y Baudelaire, Amado Nervo, Gutiérrez Nájera. En mi narrativa debo reconocer la impronta de Bécquer, con Leyendas, así como la de Edgard Allan Poe y Oscar Wilde.

F.: ¿Algún autor peruano contemporáneo que usted admire?

C.V.: Después de los versos de los maestros Chocano y González Prada, debo admitir que me he sentido gratamente impresionado con los cuentos de mi amigo Abraham Valdelomar, que en paz descanse, y de Clemente Palma. José María Eguren, a quien aprecio mucho, me parece también un autor importantísimo en la escena de la poesía peruana actual.

F.: Supimos que tuvo un altercado con Clemente Palma hace algunos años.

C.V.: (Hace un gesto de afirmación repetidas veces) Sí, sí. Eso ocurrió hace mucho. Pero no fue con él personalmente. Les explico. En aquel entonces, yo publicaba poemas en varios periódicos de Trujillo. Entre ellos Cultura Infantil, El Federal, La Industria y La Reforma. En ese último publiqué “El poeta a su amada”, que luego incluí en Los heraldos negros. Esa publicación salió en la edición del sábado 8 de setiembre de 1917 de La Reforma. Dos semanas después, en la sección de “Correo Franco” de la revista Variedades, que Clemente dirigía, se publicó una nota nada halagüeña sobre mi poema. Al año siguiente, al poco tiempo de llegar aquí a Lima, lo conocí. Ahora somos buenos amigos.

A.: Acaba de mencionar sus influencias como narrador. He leído Escalas y su novela Fabla salvaje.

C.V.: ¿Qué te han parecido? –pregunta con interés.

A.: Sus cuentos son muy originales, profesor. Sé que uno de ellos obtuvo un reconocimiento literario. Los leí a dos semanas después de que los publicó.

C.V.: Así es, “Los Caynas” ganó en la categoría de cuento fantástico en el concurso organizado por la sociedad Entre Nous. La mayoría de esos cuentos los escribí en 1921, paralelamente a la edición de los poemas de Trilce. Recién los pude publicar hace tres meses.

F.: Yo leí su novela Fabla salvaje. Me pareció una historia de misterio. Me hizo recordar cuentos de almas en pena que escuché desde niño a mis padres y tíos. Ellos son de Tarma.

C.V.: Publicar esa novela fue posible por el apoyo de mi amigo Pedro Barrantes, quien redactó el prólogo y me permitió publicarla en la colección La novela peruana. No solo se le puede dar la lectura que mencionas, también consideré las teorías sobre la presencia de la dimensión animal, de lo salvaje en el ser humano. Darwin ha tratado de ello en su teoría de la evolución. También debo admitir la influencia de Jack London. El llamado de lo salvaje me parece una excelente novela.

F.: Profesor, ¿por qué su poemario Los heraldos negros tienen como fecha de edición 1918, pero se publicó en julio de 1919?

C.V.: (Mira hacia el techo y aspira lentamente.) Esa es una historia algo triste. Si bien el editor Souza Ferreira recibió el encargo de edición a inicios de 1918 y lo tenía listo para encuadernar desde mediados de ese año, mis problemas personales interfirieron en el cumplimiento de los pagos. Tuve que renunciar al cargo de director del Instituto Nacional, ex Instituto Barrós, en esa época y económicamente no me fue muy bien. Aparte, estuve esperando por algunos meses el prólogo que había prometido escribir Abraham Valdelomar para mi poemario. Él estaba muy metido en su carrera política que lo llevó a realizar constantes viajes, por lo que, hasta la fecha de su lamentable deceso, no me lo entregó. Por todo ello, solo pude retirar de los talleres de la imprenta el grueso de ejemplares hacia mediados del año 1919 y hacer la publicación oficial en julio de ese año.

A.: Ha publicado sus últimas obras en los talleres de la Penitenciaría de Lima, ¿es por algún motivo en especial?

C.V.: Varios amigos, entre ellos José María Eguren, me recomendaron publicar allí. Hacen buenos trabajos a precios accesibles. José María mismo ha publicado sus poemarios con ese sello. Las ediciones que he publicado siempre han sido reducidas, por ejemplo, Trilce y Escalas fueron de 200 ejemplares.

F.: A propósito de la penitenciaría… (duda) nosotros deseábamos tratar de ese tema con usted, claro si a usted le parece.

C.V.: (Se pone un poco serio). Es un tema del que prefiero no tratar.

A.: Mi compañero no se ha expresado bien, profesor. Queremos saber sobre el tema de la cárcel en su poemario Trilce. Algunos compañeros asumen que se refiere a “triste celda” con el título.

C.V.: (Recupera el aplomo. Mira furtivamente el techo por un instante. Toma aire y resopla). Sobre mi estadía en la cárcel solo les diré que esos 112 días fueron lo peor que me ha pasado en la vida. Celebrar mi cumpleaños con mis seres queridos libre, en 1921, pocas semanas después de salir, fue el mejor cumpleaños de mi vida. El título no surgió de modo consciente a partir de la conjunción de las palabras que mencionas, pero parece que al final sí refleja en parte dicha experiencia, relevante en la temática del libro.

F.: ¿Cómo fue que se le ocurrió asumir la experiencia carcelaria como motivo literario?

C.V.: Si Dante Alighieri hubiera conocido la cárcel de Trujillo, hubiera añadido un círculo más al “Infierno” de su Divina comedia. Habrían sido diez círculos, no nueve.

A.: Puede decirse que esa vivencia despertó su instinto creador.

C.V.: Creo que la sensibilidad estética es más importante que el manejo virtuoso del lenguaje. Esa experiencia, desagradable, atroz, conllevó a una serie de sensaciones que asocié con la depresión que generó mi falta de libertad y el duelo por mi madre, fallecida años atrás. Entre el 8 de noviembre de 1920 y el 26 de febrero del año siguiente, viví la experiencia más terrible de mi existencia (baja los ojos durante un instante, duda. De pronto recupera el aplomo). Pero, sí, escribí buenos poemas durante ese tiempo e incluso algunos de los cuentos publicados en Escalas.

F.: (Piensa un poco. Duda). Profesor… ¿no le ocurrió nada bueno mientras usted estuvo en la cárcel?

C.V.: (Sonríe con rictus triste). Sí, de hecho lo hubo: obtuve mi primer premio literario, aunque con nombre prestado. Dado que estaba en la mira de la opinión pública, no solo trujillana, sino a nivel nacional, ya que mi caso había sido difundido en búsqueda de apoyo entre la comunidad nacional de estudiantes universitarios, mi amigo Antenor Orrego me aconsejó participar de modo secreto en el concurso literario que convocó el Honorable Concejo Provincial de Trujillo el 19 de noviembre de 1920. La finalidad era celebrar el centenario de la independencia de la ciudad. Envié 60 cuartetos con el título de “Fabla de gesta” y con el pseudónimo de “Korrioscosso”, que era el apelativo que tenía en el grupo de amigos que conformé en el norte. Claro que no consigné mis datos como autor real, sino los de mi amigo Julio Gálvez, sobrino de Antenor. Él cobró el premio. Esa suma sirvió para los gastos de trámites procesales de mi caso.

F.: ¿De dónde salió ese pseudónimo tan peculiar, profesor?

C.V.: Mis amigos de Trujillo me lo pusieron como sobrenombre por mi obsesión con la poesía. El nombre en sí salió de un cuento del escritor portugués Eça de Queirós. Korrioscosso es un joven poeta obseso con la escritura poética, de pelo largo, aspecto desgarbado y víctima de los pesares que traen los amores infaustos. En aquel entonces solía aparecer en las reuniones con dicha apariencia y por eso, y otros motivos más, comenzaron a llamarme así.

A.: ¿Ese poema se ha publicado?

C.V.: Claro, en el diario La Reforma. También se aclaró allí, luego de cobrada la suma, que el verdadero autor era yo.

A.: En sus poemas notamos un interés por el tema religioso y, sobre todo, la referencia a Dios, ¿es algo que usted hace premeditamente o es un tema que aparece de modo espontáneo en su obra?

C.V.: El maestro González Prada escribió sobre eso, dijo que mis versos eran extraños y originales por exponer la idea perenne de la muerte. Pienso que, ante todo, Dios es amor. El amor es vida. Pero también Dios implica el final, ya que la muerte es la comunión con Él, el creador y a la vez el que nos recibe en el descanso final de la vida eterna. González Prada gustó de mis versos, tanto que le dediqué el poema “Los dados eternos”, que a él le causó una muy grata impresión. Respondiendo a tu pregunta, he reflexionado mucho sobre Dios padre en mi poesía, a veces parece que no se comprende mi intención de hacer notar los aspectos menos evidentes de su existencia en relación con el ser humano. En cambio, la aparición del personaje Dios hijo, es decir, Jesucristo, se da de modo más espontáneo. Normalmente lo relaciono con el amor humano y el sufrimiento causado por ese amor.

F.: ¿Qué opina del amor como tema poético?

C.V.: Es un tema universal. En muchos de mis poemas aparece dicho tema, aunque en los de Trilce no sea tan evidente, la verdad es que un buen porcentaje están inspirados en experiencias y reflexiones amorosas.

 A.: ¿Cabe en su obra la cultura peruana?

C.V.: Me interesa mucho ese aspecto. En mi poemario Los heraldos negros, tengo algunos poemas, en la sección “Nostalgias imperiales” sobre todo, en los que trato lo autóctono como tema poético. Mi grupo de amigos organizaba recitales poéticos en las ruinas de Chan Chan, a cinco kilómetros de Trujillo. Nos parece que no se puede aspirar a escribir de modo moderno sin tomar en cuenta la milenaria herencia del Perú antiguo, ya que en el fondo, somos continuadores de ese legado cultural.

A.: ¿Qué expectativas tiene de su viaje a Europa?

C.V.: (Medita. Espera unos segundos. Resopla). Nuevas oportunidades. La Ciudad Luz es un destino que todo artista añora y tendré la oportunidad de conocer ahora. Además, hay varios motivos que me apartan de este país, al menos, por el momento.

F.: (Duda un poco. Vallejo lo mira con sincera amabilidad y curiosidad. El chico se anima). Profesor, ¿cree usted que algún día la calle donde nació lleve su nombre?

C.V.: (Sonríe ligeramente). Es una posibilidad en la que no había pensado. Creo que sería agradable llegar a obtener ese reconocimiento alguna vez.

F.: Le deseamos lo mejor en su viaje, profesor Vallejo.

A.: Sí, esperamos éxitos para usted en Europa.

C.V.: (Los mira enternecido). No se olviden de seguir siempre la línea del estudio y de la realización personal. Esperen noticias mías desde Europa, seguro algo escucharán. Hasta luego (les ofrece un apretón de manos).

El poeta del dolor humano los ve alejarse por la vereda. El sol se aproxima a la línea del horizonte. Cierra la puerta. Se sienta, escribe la despedida y firma la carta a su hermano Manuel Natividad. Será lo último que escriba en nuestro país.

 

Bibliografía

  • Espejo, J. (1989). César Vallejo: itinerario del hombre 1892-1923. Lima: UNMSM.
  • Hart, S. (2014). César Vallejo: una biografía literaria. Lima: Cátedra Vallejo.
  • Sánchez, D. (2006). César Vallejo: un estudiante y maestro. Maestros 12(27), 68-73.
  • González. E. (2009). Vallejo en los infiernos. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.

 


GUILLERMO GUTIÉRREZ (Ayacucho, Perú)

Licenciado en Literatura y Bachiller en Derecho por la UNMSM. Ha concluido de los estudios de maestría en literatura en la PUCP. En 2010 ganó el Primer concurso de tesis de titulación de la Asamblea Nacional de Rectores del Perú y este año ha obtenido mención honrosa en los Juegos Florales del Centenario de la PUCP en la categoría cuento. Ejerce la docencia universitaria desde 2011.

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