Un relato sobre el disco negro: XIII – PT. 2

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El General Gabriel Maevitus, de la Fuerzas Especiales de Naciones Unidas, reconoció las facciones de su nieto entre el metal quemado y los cadáveres mutilados. Desesperado, y mortificado, levantó la placa de metal sobre su torso. Se recostó y le tomó el pulso y confirmó todavía estaba vivo. Alzó la voz y mandó llamar a dos paramédicos para que prioricen su atención y se dejó caer en el pavimento. Observó el cielo: los cazas patrullaban el firmamento y se sintió cansado, pero recordó a Silene, la enamorada de su nieto, y volvió en pie para buscarla: cuando la encontró cayó de rodillas, ya que la reconoció por su cabello rojo recogido con una coleta turquesa a pesar de su rostro carbonizado.

 —Alguna vez me dijiste que la muerte de los jóvenes es una constante durante las guerras. —Gabriel reconoció la voz del Presidente Marruffo—. ¿Era tu nieta?

—Algo así, perro —respondió Gabriel y sacó un pañuelo de su bolsillo: con el que cubrió la cabeza de la chiquilla—. No pensé que vendrías en persona. Apenas han pasado dos horas desde que asumiste la Presidencia.

Javier sopló en sus palmas, frunció los labios y rascó su cabeza.

—Haré todo lo que no hizo Manuel. No sucumbiré ante la locura, menos me quedaré detrás de un escritorio. Me formaste para esto, Gabriel. Bueno, siempre pensé que la guerra sería contra Chile. En ningún momento se me pasó por la cabeza que antes llegarían los marcianos. —El Presidente sacó su teléfono celular y lo desbloqueó para entregárselo a Gabriel—. Hace algunas horas tuve una reunión de emergencia con el Consejo de Seguridad de la ONU. Para resumir, es como lees: Quieren que te hagas cargo.

—Mi puesto es meramente decorativo, perro. Hace décadas que no dirijo un ejército.

—Sé que eres viejo y te morirás en cualquier momento, Gabriel. Lo que queremos es tu experiencia real. Sabes a lo que me refiero.

—Estos marcianos son distintos. Son de metal.

—Y los estamos venciendo.

—¿Venciendo? Hemos usado todo el armamento nuclear que quedó luego de la Guerra Fría para detener apenas una de sus quince naves nodrizas. Si deciden enviar las restantes será el fin. —Gabriel sacó su teléfono celular y observó el protector de pantalla: una fotografía de su familia completa, de cuando estaban vivos—. Lo único que podemos es…

—Combatirlos con todo lo que tenemos —lo interrumpió el Presidente Javier y continuó—: La Iniciativa Omega fracasó. Incluso, de poder activar los silos y lanzar los misiles nucleares restantes, pues, sería en vano. Nuestras armas no pueden atravesar el campo de fuerza de la nave nodriza de los marcianos de metal. Sin embargo, podemos prolongar la guerra lo suficiente para que alguien con tu experiencia y conocimiento se haga cargo de un proyecto que hemos reactivado.

—Sé más específico, Javier. Si quieres que acepte dime todo al detalle.

—Lucía Pegba se esfumó hace tres meses, después de la muerte de Samuel Peregrino. Creemos que se suicidó. Ella estuvo desarrollando tecnología que apenas y entendemos. Sé que tú también reconoces esos símbolos, es por eso que te necesito.

—Runas maledicte —susurró Gabriel—. ¿Funcionan?

—Sí, pero no tenemos ni idea de cómo utilizarlas. Para mis técnicos y científicos las notas de Lucía Pegba son imposibles de comprender, pero sé que con el tiempo necesario podrías descifrarlas.

—¿Qué pondrías a mi disposición para la investigación?

—Todo lo que necesites —respondió Javier—. Hemos preparado el museo de Tasar-Ruh para que funcione como laboratorio. Ahí podrás acceder libremente a todas las investigaciones de Lucía.

—Está bien. Acepto,  perro. Lo único que te pediré a cambio es que preserves el cuerpo de mi nieto. Mantenlo vivo cueste lo que cueste.

—No será inconveniente.

—Algo más.

—Dime, Gabriel.

—También necesitaré del cadáver del alíen gigante. No lo despedacen para hacerse con el acero oscuro de su armadura. —Gabriel se acercó al escarabajo gigante—. Replicaré la tecnología de los insectos de metal.

Alex se sintió ligero, como una nube y le pareció oír la voz de su abuelo.

Detuvo la bicicleta y la encadenó al poste más cercano. Tarareo una canción y sacó la guitarra de la funda. La vio llegar con el oso de felpa rosa en las manos.

—Alex —saludó Silene y  lo besó en la mejilla—. Me sorprendió tu llamada.

—Me dieron el día libre en la universidad. Por eso te llamé.

—Sé que estás mintiendo. Me llamó tu abuelo pues ya no sabe qué hacer contigo.

—Estaba terminando de componer y perdí la noción del tiempo. No volverá a suceder.

—Madura, Alex. ¿Es que acaso no te tomas el futuro en serio? Como cantautor te vas a morir de hambre o vivirás en algún cono de Lima, pensando que el éxito viene de la mano de unos miles de likes. Y yo no pienso vivir con alguien así. Menos en la estratósfera de la ciudad.

 —Desde que me conoces sabes que mi sueño es…

—Tus sueños me llegan a la punta de la teta. —Silene lo empujó contra el árbol y pateó la guitarra—. Cuando teníamos quince años era genial. Tocabas la guitarra, componías frases bonitas y en tu ignorancia supina te creías un poeta por rimar pisco sauer con Jack Bauer. Madura, Alex. Tú no naciste para tocar una guitarra como Marwan y todos esos compositores españoles de mierda. Si por lo menos tuvieses idea de Eielson o Rimbaud…

—¿Qué pasaría si sigo con mis ideales?

—Terminaría contigo, porque ni siquiera eres bueno. La poesía no tiene que ser bonita. No. La poesía tiene que joderte el alma.

El General Gabriel Maevitus de la División de Magia y Tecnología revisó la hora: Apenas diez minutos para que los marcianos de metal atraviesen los muros de contención de Lima. Sudó, revisó la data en los computadores y encendió un cigarrillo.

—General cuando usted dé la orden activaré el flujo de energía hacia los motores para energizar las Runas Maledicte —dijo un joven científico de larga y espesa melena negra—. Luego estableceré la conexión del hierro para iniciar la transferencia mental al Constructo.

—Inicia —dijo Gabriel y le encargó el resto del proceso a Roland, su segundo al mando—. Iré a ver a mi nieto.

Cuando llegó frente a la cápsula donde estaba el cuerpo de Alex frunció los labios y exhaló. A pesar de los cinco años en animación suspendida se veía igual: el cabello oscuro y ondeado, el tono saludable de su piel canela en su rostro de chiquillo soñador.

—Iniciaremos, General —gritó Roland para hacerse oír.

Gabriel asintió y observó la cápsula iluminándose mientras las Runas Maledicte aparecían sobre el cuerpo de su nieto.

«Lucía Pegba no pudo salvar el mundo. Samuel  Peregrino tampoco. Yo salvaré a mi nieto y el mundo será una consecuencia», pensó Samuel y vio la energía vital de Alex viajando a través de los tubos hacia el cuerpo reconstruido y mejorado del gigantesco insecto de metal.

—General, está funcionando —gritó eufórico Roland.

Gabriel observó los sistemas del Constructo sincronizar con el computador central y lloró de emoción, por primera vez, en treinta años.

Fin de la segunda parte


JEREMY TORRES-MONTERO (Lima, Perú)

Estudió Gastronomía en la sede peruana de Le Cordon Bleu. Es autor de las novelas “El Camino de los Aegeti” (Casatomada, 2010), “Wild Child: El Camino de los Aegeti/ 1” (Manupax, 2012). Además ha publicado dos relatos “El Ingenio de la Escalera” (2011) y “Au Clair de la Lune” (2012) en el fanzine El Horla y “Ojo por ojo” (2012) en el magazine argentino Barricada Cómics y es uno de los narradores antologados en “Se vende Marcianos: muestrario de ciencia ficción” (Altazor, 2015) con el cuento “Díatreda” (2015) y en “Erídano Suplemento N° 26: Ciencia Ficción Peruana 2” (Alfa Eridiani, 2016) con el cuento “Colisión”, y del libro de cuentos “Kintsukuroi: Los relatos sobre el Disco negro” (Editorial Apogeo, 2016). Además ha colaborado en la revista Dedo Medio con una entrevista y algunos artículos.

 

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