War dance: lo que fue Anthrax en Lima

Escuchar thrash metal supone una de las experiencias más viscerales de la vida. Desde su aparición allá por los 80´s, este género ha logrado destacarse entre la comunidad metalera por la velocidad con la que se ejecuta, la complejidad de sus composiciones y el mensaje crítico de sus letras, formándose con todo una subcultura que, en esencia, por décadas se ha venido resistiendo a las artimañas del orden establecido.

Cuando se anunció en agosto que una de las bandas pioneras del género, Anthrax, volverían a Lima luego de doce años –esta vez con Joey Belladonna al mando– estuve convencido de que aquello iba a ser una locura; una fiesta legendaria. Y no me equivoqué.

La cita fue el 14 de noviembre en Barranco Arena, y aunque al principio el lugar no convenció a los trashers más ortodoxos (sea por su ubicación o las dimensiones del local), toda crítica quedó atrás cuando se vio un escenario de primer nivel y un Barranco Arena abarrotado de gente con una sola consigna: dejar la vida en cada canción.

En lo que a mí concierne, poco me importaron las tres horas de retraso con las que se inició el show: yo quería ver ese moshpit proverbial al que Anthrax tiene acostumbrados a sus fans.

Una vez dentro del local, el ambiente era festivo. Se podía percibir lo importante que era para todos escuchar a una banda de esa categoría en nuestra ciudad, y que pronto todo estallaría. Y cuando las luces se apagaron, así fue: luego del siempre luciferino The Number of the Beast de Iron Maiden y de un divertidísimo I Can’t Turn You Loose de Otis Redding, Anthrax hizo su aparición con un demoledor Among the Living que puso a todos a corear, a la par que se formaban los primeros moshpits de la noche.

Siguieron la descarga con Caught in a Mosh y Got the Time. En ambos temas, Frank Bello me volvió a convencer de por qué es uno de mis bajistas favoritos en cuanto a performance en el escenario. Era simplemente un demente.  Y él es toda una lección: si no vas a enfurecer tocando rock n´roll, mejor no lo hagas. A la rapidez con la que ejecutaba el galope en su instrumento, se sumaba el salvajismo con el que hacía los coros. Ni qué decir de su poder de persuasión: verlo levantar el bajo, como si de un arma de guerra se tratara, era un espectáculo que sencillamente te conducía a la violencia. No había escapatoria.

Anthrax no tendría piedad, y pronto soltó Madhouse, con un Joey Belladonna sumamente profesional en su interpretación. La calidad vocal se conservaba, pero verlo desenvolverse sobre el escenario fue de lo más salvaje y divertido de la noche. Todo lo hacía muy fácil. De un lado al otro del escenario, cuan troglodita sin remedio, Belladonna interactuaba constantemente con el público, y se podía notar que él se sentía uno más de nosotros, sea pidiendo a los de primera fila un cigarrillo en son de broma o cantándoles cara a cara. Como buen frontman, no quería que la gente ubicada en mezanine se quede fuera de la fiesta, y empuñaba su micrófono hacia ellos a cada momento para que canten con todos. Quizás en Medusa entendí a cabalidad la marca personal de Anthrax: esa armonía entre el riff de base de Scott Ian con el sesgo melódico que le pone Belladonna a las canciones hacen del sonido de la banda algo único en el género.

El público fue infatigable durante todo el show. Su euforia era contagiosa. El centro de la primera zona era un caldero, con jóvenes agitando sus melenas sin parar, empujones aquí y allá, todos acompañando las canciones con el alma. Desde un lado de la zona, trepado a la barra, tenía una vista privilegiada de cómo se formaba y deshacía el circle pit a cada canción. Y aunque ese era el ritual principal del concierto, había mil formas de diversión, como aquella que implícitamente consensuamos los demás treintañeros que me rodeaban y yo: alzar el vaso de cerveza y brindar enérgicamente con cada tema. También había las de los solitarios, como aquel señor de poco más de metro cincuenta de estatura que, vestido con su camisa institucional de una entidad financiera, grababa el concierto con una mano y empinaba el codo con la otra. Y aunque muchos rockeros del asfalto lo criticarían, a mí me pareció de lo más honesto, pues no dejaba de mostrar su alegría agitando como sea su peinado de oficina. Quizás lo que más me llamó la atención fue el arrebato de un caballero. Acompañado de un joven que parecía su hijo, de un momento a otro saltó al centro del pogo y, cámara en mano, cruzó el moshpit raudamente, a carcajadas, ida y vuelta, con una estrategia de ataque y defensa que, sin duda, me hizo pensar en que no era nuevo en estos menesteres. Una maravillosa lección de padre.

La noche no podía acabar sin lo que todos esperábamos. El mosh principal. La hermandad concentrada en unos minutos de canción: Indians. La banda no tuvo mejor gesto para esa noche que ponerse la camiseta de nuestra selección de fútbol, a horas del partido en el que nos jugábamos la clasificación al mundial de Rusia 2018. Con un “Mañana ganamos” Scott Ian terminó por conquistar a los asistentes, y los tambores de Benante comenzaron a retumbar todo el Barranco Arena. Con el puño alzado, Belladonna empezó a moverse por todo el escenario entonando el clásico coro de la canción, siendo correspondido por todos nosotros con varios “¡Indians!” a tres tiempos. Scott y Jonathan (de pulcra participación también) terminaron el contrapunto de guitarras distorsionadas, y la locura se desató en Lima.

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“Mañana ganamos” – Scott Ian

Con la máquina puesta en marcha, el hit envolvía nuestras cabezas al punto de que no se podía estar quieto. De la forma que sea, se bailaba, pogueaba, reía, gritaba. Se era justamente feliz.

De pronto todo se detuvo, y solo el acople de guitarra de Scott indicaba que lo mejor estaba por venir. Los guerreros estaban siendo llamados al rito. Y al centro del público un círculo comenzaba lentamente a abrirse. Los más frenéticos ponían sus dedos a girar en el aire anunciando la última masacre de la noche. Era ahora o nunca.

Cuando menos lo pensé, teníamos al frente a Belladonna invitándonos enfáticamente a que nos volviéramos locos, y Scott hizo lo mismo con uno de los riffs más poderosos que tiene el metal.

¡¡¡¡War dance!!!!

Y el torbellino se encendió.

Todos corríamos uno tras otro, a empujones, escudándonos con los codos. La multitud apretaba, por lo que había que levantar bien las piernas para avanzar, encestando golpes a diestra y siniestra.  No había manera de salir. Había que terminar el giro sí o sí. Una vuelta exacta y Belladonna volvía a abatir desde la tarima con un “Territory” que puso fin a la vorágine.

Recuento de muertos y heridos: un polo destrozado, adolorido de piernas y brazos, la plumilla de Scott Ian en mis bolsillos y, lo más importante de todo, cientos de jóvenes agradecidos a la vida por aquella noche.

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El trofeo de guerra

Créditos:

Imagen de Portada e Interior: José Huertas

Vídeo: No Mercy Producciones

 


NÉSTOR SAAVEDRA MUÑOZ (Lima, Perú)

Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha participado en congresos nacionales e internacionales. Ha publicado artículos científicos y reseñas en diversos medios especializados, tales como las revistas Tinta ExpresaAjos y ZafirosRiesgo de educar y Desde el Sur. Asimismo, ha formado parte del Grupo La República realizando adaptaciones literarias para la Colección Yo Leo. En la actualidad se dedica a la investigación en el campo de la neorretórica y de la poesía latinoamericana contemporánea, y se desempeña como docente de la Facultad de Artes Escénicas y Literatura de la Universidad Científica del Sur. Cursa la Maestría en Educación Superior con Mención en Docencia e Investigación Universitaria en esa misma casa de estudios, y es Jefe de Redacción de MOLOK. Revista Virtual de Arte y Literatura.

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