De la horrenda belleza en «Pieles» de Eduardo Casanova

Imagina un rostro bello. Imagina cada rasgo en él perfectamente contorneado. Imagina el equilibrio de un cuerpo esbelto y simétrico. Imagina una sonrisa amplia; una cintura tan fina que apenas puede ser distinguida; una mirada tan profunda que se queda impregnada en la mente. Imagina cada detalle que compone a un cuerpo bello. Ahora olvídalo todo.

La belleza es el objetivo del arte. Artistas y espectadores constantemente se encuentran en la búsqueda de nuevas maneras de crear productos bellos. Este camino es arduo y complejo. En algún momento, sin embargo, el concepto de belleza cambia, como todo, muta, se expande. Lo bello se convierte, entonces, en mucho más de lo que creemos.

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Afiche oficial

«Pieles» es una película española dirigida por Eduardo Casanova y estrenada en 2017. El productor es nada más y nada menos que Álex de la Iglesia, quien nos ha ofrecido a lo largo de su carrera numerosas historias terroríficas e irónicas. Desde que observamos su nombre en los créditos de la película, intuimos su contenido. Pero «Pieles» lleva una marca propia. Su director, con tan solo veinticinco años, ha conseguido construir una sátira de los paradigmas contemporáneos que no deja al aire ningún detalle y ya participó en el Festival de Berlín. Alerta de spoiler.

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Laura

La primera escena no perdona susceptibilidades. Uno de los grandes recursos del lenguaje cinematográfico —y que en muchas ocasiones es desatendido por los directores— es el empleo del color. Su presencia puede ser vital. En «Pieles» lo es. Aparece como un aliciente de la gran ironía que constituyen las historias que vamos descubriendo. En la mencionada primera escena, la situación se desarrolla en un prostíbulo completamente rosa, donde un pedófilo que acaba de saber que tiene un bebé decide —para protegerlo— dar rienda suelta a su instinto allí dentro con una niña sin ojos llamada Laura, nuestra primera protagonista. Antes del acto, Laura le canta. Es una vieja canción alemana adaptada al español. Su voz y sus movimientos torpes coronan el momento con humor negro y ternura, como estarán compuestas las próximas historias. Luego de todo, él le regala unos diamantes rosas que ella llevará como ojos el resto de su vida.

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Samantha

En un sillón violeta, una muchacha con cara de culo se toma un selfie. Sí. Tiene el culo donde debería tener la boca. La segunda historia, la de Samantha, es una de las más impactantes de la película, pues somos testigos de su enfrentamiento con el mundo. Salir a la calle es un reto que puede costarle la vida. En realidad, a todos los protagonistas, pero Samantha es más frágil y conoce mucho menos la realidad. Todo es violeta. De nuevo el color es un símbolo. Incluso la sopa que succiona con una manguera y dirige hacia su culo —donde se encuentra su boca— también es violeta. Mención aparte merece la actuación de Ana Polvorosa, que logró un personaje complejo a pesar de que solo podía mover los ojos —debido a la prótesis implantada en su boca y nariz—.

Violentamente, la vida de Samantha se unirá a la de Cristhian, otro de nuestros protagonistas que, influenciado por fuerzas mentales que ni él termina de entender, decide un día renunciar a sus piernas. Siente que no son suyas. Sueña con deshacerse de ellas y convertirse en otro. Su madre es su principal enemiga, pues lo trata como a un loco. Entonces Cristhian huye. Un hecho interesante se produce cuando está escapando: en la misma calle violeta por donde corre, camina una muchacha con rasgos orientales que carga numerosas banderas españolas. Cristhian, al pasar velozmente, hace que todas las banderas vuelen y caigan al suelo. Símbolo irónico de explícita crítica hacia el pensamiento español.

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Ana

Un hombre se masturba frente al retrato de una mujer con media cara colgándole a un lado. Su madre entra en la habitación y no soporta la impresión. Comienza a tener una crisis nerviosa mientras golpea una bandera española que yace colgada en la pared, al lado de un crucifijo —de nuevo una crítica, esta vez también hacia el imaginario religioso—. Tras ser echado de casa, Ernesto se dirige a ver a Ana, la mujer del retrato. Pero ella ya no lo quiere. La primera escena en donde aparece, la observamos teniendo sexo con un hombre con el cuerpo completamente quemado mientras oímos «Cara de gitana» de Daniel Magal. Es Guille. Ana ahora está decidida a dejar a Ernesto y quedarse con él. Para ello, decide cenar con Ernesto y darle la noticia. Mientras transcurre la conversación, ella dice una de las frases más famosas de la película. Ernesto le confiesa que siempre le gustaron las mujeres deformes y ella, sorprendida, le responde: “Tú no estás enamorado de mí. […] En el fondo a ti te daría igual que yo fuera una hija de puta o una buenísima persona porque lo único que te importa de mí es mi físico. Y eso es una enfermedad. Las pieles cambian. Las pieles se operan, se transforman. La apariencia física no es nada”. Y eso es todo.

Vanesa tiene acondroplasia. En otras palabras, enanismo. Su condición la hace la candidata perfecta para interpretar a un alegre oso rosa que se roba la atención de los niños a diario en televisión. El problema es que ella quiere una familia y su trabajo se lo impide. El humor negro tiene especial presencia en esta historia. Por ejemplo, en un momento en que Vanesa llora y le pide a su jefe un descanso, llega un trabajador del canal y, sin prestarle atención, la carga, le pone el traje de oso y se la lleva en brazos de nuevo al set. Vanesa tendrá, entonces, que tomar una decisión y el desenlace, como ya lo esperábamos, no será nada común.

El clímax de la película llegará cuando las historias se mezclen y nos encontremos con múltiples sorpresas e impresiones conmovedoras. Aquello nos permitirá comprender detalles que parecían inciertos y nos ofrecerá una nueva versión del mundo que nos habían planteado. Si en algún momento, por ejemplo, creímos que las parafilias eran perversas, después tendremos la certeza de que constituyen algo distinto, un impulso inevitable, cargado de furia y de la más pura naturaleza humana. La dualidad, lo que es de un modo y también puede ser de otro, es una consigna presente y clara hasta el final.

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Cristhian y su madre

Quizá uno de los atributos más impresionantes del film sea su diseño. En este aspecto, no podemos negar la influencia de directores como Pedro Almodóvar, de quien, evidentemente, Casanova obtuvo algunos referentes. La preocupación por el diseño de los espacios es milimétrica. No solo se trata del color —que ya hemos mencionado— sino de la organización de este, además de sus contrastes con otros colores secundarios que permiten construir una gama muy atractiva. Desde que percibimos el juego que plantea la película al mostrarnos, por ejemplo, una historia —un mundo— completamente rosa, entendemos que habrá también una serie de convenciones que debemos respetar. Esta mecánica será la esencia del atractivo de la cinta.

De entre las mencionadas convenciones entre el espectador y la película, el humor negro es la principal. Si bien las historias que se nos muestran son conmovedoras y hasta trágicas, el humor negro actúa como un regulador y además constantemente nos recuerda cuál es la poética en «Pieles», cuál es su gran aporte. Si la película se estancara en una mera crítica social, no merecería el reconocimiento que posee. Lo que la hace interesante es su capacidad para generar una crítica a partir de situaciones sumamente irónicas y humanas, situaciones en donde nada está dicho y todos pueden ser el malo, situaciones tan bizarras que el solo hecho de exponerlas en pantalla puede hacer que el espectador quede muy impresionado. En fin, situaciones humanas. Sobre estas, «Pieles» vierte su crítica en colores pastel. Y la crítica va para todos. Una vez destruidas las barreras de la virtud podremos contemplar la verdadera belleza. Entonces lo horrendo también es lo bello. El resto es solo maquillaje.


LISA CARRASCO (Lima, Perú)

Estudia Literatura en la Universidad Científica del Sur. Es vocalista en la banda de punk Violencia política. Interesada empedernida, además, en la fotografía y el teatro. Fan de Iron Maiden, Flema y Bad Religion. Ganó los Juegos Florales en su casa de estudios en la categoría de Cuento (2016). Recibió mención honrosa en el concurso “El cuento de las 1000 palabras” de la revista Caretas (2016). No cree en los concursos pero sí en los premios. Fue ponente y miembro del comité organizador en diversos congresos de literatura, especialmente fantástica. Ha publicado en Austro. Revista de crítica y creación literaria, en Camaleón paranoico y en Kill The Zine Fanzine. Actualmente, es codirectora de MOLOK. Revista virtual de artes y prepara una tesis sobre la poesía peruana y el rock.

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