Espíritu de cantor: la miticidad sonera de Oscár D’ León

Son tiempos sombríos para el Gran Son. Tiempos en los que la Salsa se ha reducido a agrupaciones que, para sobrevivir a las fauces del mercado, tienen que producir covers apretados y acelerados. Tiempos en los que se cree que basta con tropicalizar cualquier otro género para hacerse un lugar en medio de una tradición tan rica forjada por figuras como Cheo Feliciano, Eddie Palmieri, Rubén Blades, Yolanda Rivera, Pete “El Conde” Rodríguez, Ismael Miranda, Ricchie Ray, Bobby Cruz, Héctor Lavoe, Willie Colón, Joe Arroyo, Papo Lucca o Tito Gómez. Tiempos en los que se confunde a la clave salsera con cualquier frankenstein rítmico. Tiempos, en suma, en los que la música ha dejado de ser un ejercicio genuino de libertad para convertirse en un producto que contrabandea el espectáculo precario haciéndolo pasar por genialidad.

En verdad, no son buenos tiempos para el Gran Son, y son momentos como este en los que se siente una sed profunda por una descarga que haga y deshaga nuestro mundo, por una verdadera rumba en la que el respeto a la voz y al instrumento no es un código olvidado, por una rumba que se traiga abajo las estridencias sin sentido del mundo a puros solos de trompeta, de bajo o de timbales, una rumba con un soneo que sea capaz de sacudir, entre agudos y graves, nuestros demonios interiores.

La cosa es muy clara: no hay rumba sin soneo. Por eso, la primera verdad que defiendo es que existe una distancia abismal entre ser cantante y ser sonero. El cantante es un virtuoso de la voz; el sonero es, además de eso, un creador genial y arrebatado. El sonero improvisa, vale decir, imagina un nuevo lenguaje por encima de la sonoridad instrumental que lo acompaña. El sonero se ríe del silencio, extrae la letra inspirado en el bailador que asalta la primera fila, en la fan que no puede dejar de mirar porque es el collage de todas las mujeres que ha amado, en el instante de soledad y de adrenalina frente al espejo justo antes de subir al escenario. Resumiendo: el sonero alimenta su voz de las revelaciones más sencillas que le ofrece la vida. El sonero parte de una canción y la reinventa en las versiones que se le antoja. La clave, en su posesión, es una esencia rítmica con múltiples pulsaciones.

Y si de soneros se trata, su mayor expresión en la actualidad es Oscar D’ León. Esta es mi segunda verdad: D’ León es el exponente sonero vivo más importante, formando parte de la historia de oro de la Salsa. De formación musical autodidacta, el mito venezolano tiene en su haber decenas y decenas de discos, incontables presentaciones a nivel mundial y numerosas premiaciones a lo largo de sus cuarenta y cinco años de carrera artística. Sus comienzos no son menos míticos: de origen humilde, su padrastro fue un albañil caraqueño a quien ayudaba en sus ratos libres, con el tiempo descubre a su padre biológico quien sabía tocar guitarra y cantar. Antes de llegar a la fama como el Sonero Mayor fue taxista, uno muy alegre que no dejaba de cantar y de percutir en sus trayectos, aunque esta aventura terminó cuando perdió el auto en un accidente. Luego fue chofer de un autobús escolar, faceta que terminó por las mismas razones de la anécdota anterior. Después de esas experiencias solo hubo lugar para la música: así nace la agrupación Dimensión Latina y luego otras más con las que pudo desplegar una versatilidad envidiable, de modo que un solo hombre tenemos al cantautor, al arreglista, al director, al bajista y al percursionista. Ni los tres infartos que ha sufrido en plenos conciertos han mermado aquella versatilidad.

Pero el don de los dones, el gran orquestador de los demás, es el soneo. La facultad madre del soneo tiene varias formas de realización en el cantante de “Llorarás”. Por ejemplo, nota musical que llega a él, ya sea proveniente del bajo o de un timbal, la reproduce con harta habilidad gracias a su gran registro vocal. Digámoslo así: la boca del Sonero Mayor se convierte en un rumbón de onomatopeyas, los instrumentos que arman el vacilón salsero cobran vida en ella. A esto hay que sumar, como lo había dicho antes, que es un creador intenso y original, una canción para él es un portal a otra dimensión donde echa a andar su poder de improvisación. D´ León también sonea con un lenguaje corporal: es un performer del Son, un bailador auténtico e incansable sobre el escenario, los sonidos de la orquesta vibran potencializados en su cuerpo. Para ilustrar todas estas formas del soneo basta con ver cómo ha logrado construir una identidad con el bajo hasta el punto de hacer muy conocida la canción “Mi bajo y yo”, gracias a esta interpretación se ganó el apelativo de “el bajo danzante”. Hay que verlo en acción:

 

 

Es la oda del sonero al instrumento: “Sin embargo lo han ignorado/ de madera es mi gran aliado/ yo con él nunca he fracasado/ mi bajo yo”. Este primer registro es del año 2002, cuando celebra sus treinta años de trayectoria en el teatro Teresa Carreño de Caracas. Lo acompaña la orquesta sinfónica juvenil de Venezuela, siendo una de las presentaciones más recordadas del artista. Resulta fascinante y hasta conmovedor cómo el sonero dialoga con el instrumento, “realza su nobleza”, celebra su fidelidad y su compañía. El hombre se para frente al público para confesarle que el bajo ha sido la caja de resonancia de sus intimidades. Luego escuchamos: “como Dios él es mi guía”, una idealización de este calibre revela la fuerza creacionista de la composición; de modo que la voz del sonero reinventa al instrumento, rematerializa esa madera con forma humanoide y la vuelve movimiento, energía, sangre, sudor, vida. El baile con el bajo se erige, entonces, en la ritualidad sonera que hace de la carne y de la madera una sola sustancia: “Mi bajo y yo somos dos en uno”. El beso que le da en el minuto con doce segundos sella la fusión. Y si califico de conmovedor una escena como esta es porque hoy han desaparecido este tipo de gestos creacionistas, estos cultos musicales.

Si juntas todas las formas de expresión del soneo tienes a un auténtico showman. Cuando D´ León sube al estrado es un salsero omnipotente, todo nace y muere en su Big Bang rítmico. Veamos un segundo registro que ilustra muy bien dicha omnipotencia. Esta vez me remonto a la Cuba de 1983, en octubre de ese año el sonero visita la isla para presentarse en un festival organizado en Varadero. La tocada de “Esa mujer” es simplemente sensacional:

 

 

Su improvisación es genial, y por genial quiero decir desenfadada y experimental, pues no deja de crear mientras recorre el escenario para atreverse al baile, para incluir en la rumba al trompetista cubano Arturo Sandoval, para dirigirse a toda la orquesta y marcarles todas sus entradas. Eso solo tiene un nombre: presencia escénica. La vitalidad que se consigue en el escenario es extrema y desbordante gracias a la vestimenta del sonero cuyos flecos parecen multiplicar sus movimientos, a los coristas que son también la extensión de su baile y al buen tiempo que se dirige a la orquesta, evidenciando una gran sensibilidad y una gran conciencia por la experiencia de la composición. Así, la orquesta entra en silencios abruptos y en estallidos sonoros a la señal de unas manos en alto, al golpe de un aplauso o a la agitación frenética de todo el cuerpo. La omnipotencia del sonero alcanza su máxima expresión cuando Sandoval, el cómplice, irrumpe con un solo de trompeta que desencadena el delirio en el público cubano, un solo que es una estridencia exquisita, un asalto pasional al vacío. Antes de que acabe ese solo es fabuloso el acompañamiento de trompetas que ordena el sonero en el minuto cinco con cincuenta y tres segundos. Lo que queda por vivir de la interpretación es pura locura que explota en el grito final del sonero dirigido a la cámara.

No es un dato menor, por otro lado, que aquella presentación en la Cuba de Fidel significó un verdadero acontecimiento, fundamentalmente por dos razones: en primer lugar, D’ León tuvo que asumir después el precio de la distancia con el sector de cubanos exiliados que estaba en contra del régimen revolucionario, así se vio afectada su relación con Celia Cruz, la huarachera de Cuba. Y en segundo lugar, algunos entendidos en el tema señalan que D’ León le devolvió a los cubanos de aquellos años la necesidad vital de explorar sus raíces musicales. En otras palabras, los cubanos encontraron en el mito venezolano el Son renovado, con una nueva energía, con futuro. Como toda presencia mítica, el artista marcó un antes y un después tras su paso. Refundó la historia musical de un pueblo.

No es un capricho nominal el estar usando varias veces la palabra “mito” para referirme al Sonero Mayor. Digo mi tercera verdad cuando afirmo que es la manera más auténtica de calificar todo lo que logra cuando está frente al público. No creo sobredimensionar cuando considero que hace más trascendente el soneo al rescatar la fuerza ritual del canto. Es un sonero que crea vida en el escenario, pues es capaz de dinamizar desde las entrañas a los músicos que lo acompañan y a la gente que lo escucha. La orquesta cae en trance con él, la gente delira con él. Todos se transforman en su voz. D´ León es ese centro de gravedad donde todo llega para convertirse en risa y melodía. Es mítica su performance porque lo que hace prácticamente se ha extinguido en el reino musical de la Salsa, y desde ese estar al límite en el tiempo nos recuerda que el Son es un cosmos musical que permanece y se reinventa.

Compartiré un registro más para defender esta última reflexión. En el mismo concierto de Caracas interpreta una canción llamada “La esencia del guaguancó”, creada por el famoso compositor Tite Curet Alonso y que ha ganado tradición en las voces de exponentes como Pete “El Conde” Rodríguez, José Alberto “El Canario” o “El Cano” Estremera. En la consolidación de dicha canción como un clásico de la salsa tiene mucho que ver, desde luego, Johnny Pacheco, el hombre fundador de la recordada Fania All Stars. Precisamente el gran Pacheco fue uno de los invitados del Sonero Mayor para esa noche:

 

 

Pacheco se ubica en el lugar de siempre, frente a la orquesta, como lo ha hecho tantas otras veces en las descargas que maquinaba con La Fania. D´ León solo espera la señal de Pacheco y la música estalla sin avisar. Después de una ráfaga de trompetas arranca la interpretación del Sonero Mayor animando a la gente a levantarse, a bailar, a encender en carne y hueso la letra de la canción. Su miticidad pasa por poner a prueba su individualidad al intentar ser una sola materia o sustancia con la gente: el sonero desciende del estrado y va regando su improvisación entre las personas, quienes se acercan para darle la mano, tocarlo, bailar con él, vestirlo. Todos quieren llenarse de su presencia como si se tratara de un rito bautismal en el que la vida se renueva al recibir la gracia de su soneo. En el clímax de la ritualidad, hacia el minuto dos con veintisiete segundos, el sonero que ahora es un mesías o un iluminado que cura las heridas del mundo recibe en el estrado a un joven discapacitado, mientras un piano suave enmarca sonoramente el encuentro. La escena es la mejor muestra de que en la música hay mucha belleza, mucha entrega de uno, mucha fe por el otro: la música nos devuelve esa pulsión que últimamente creemos perdida y que solemos llamar humanidad. El Sonero Mayor, conmovido, lo sabe y por eso atribuye la belleza del encuentro a su “espíritu de cantor”. La improvisación reaparece después de eso un par de veces más cuando, primero, una fan incursiona en el escenario y el sonero improvisa genialmente con ese gesto, y segundo, cuando juega con el nombre de Pacheco y, entre repeticiones y onomatopeyas, logra un gran remate de la canción, en el punto más alto de esa noche rumbera.

Oscar D’ León encarna la miticidad del Son, motivo suficiente para que desde ya esté viviendo su inmortalidad.

Créditos de la foto de portada: Nick García.


ALEX MORILLO (Lima, Perú)

Es licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Magíster en Literatura Peruana y Latinoamericana por la misma casa de estudios. Se desempeña como docente en el Departamento de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Escuela de Artes Escénicas de la Universidad Científica del Sur. Su campo de investigación es la poesía peruana. Ha publicado el libro La poética nodal. El nudo y su fundamentación estética en la poesía escrita de Jorge Eduardo Eielson (2014) y el poemario Fragilidad de lo visible (2008).

 

 

 

 

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