A la orilla de Rosa

Para mí, ella era guapa. Hermosa más bien. Me gustaba mirarla cuando resolvía un problema de álgebra, cuando tomaba apuntes de historia, cuando escribía cartas a su padre muerto, cuando miraba el salón sin verme. Simplemente observarla como quien no sabe nadar pero venera el mar. Los profesores intentaban conversarle, elogiaban su bonita letra, le hacían bromas. Ella los atravesaba con un gesto cansado. No les respondía en clase. La buscaban entonces durante el receso y allí desplegaba los labios. Su boca era a la medida de sus palabras.

Tenía 25 años, no era una mocosa más de la academia que tonteaba con los amiguitos, venía a estudiar para ingresar a una buena universidad pública. Mantenía a su madre y a sus tres hermanas. Al concluir su horario de estudiante, iba a trabajar a la casa de una señora por San Borja donde limpiaba, ordenaba y sacaba a pasear a los perros. Casi siempre se sentía muy cansada, por ello su preciado tiempo libre lo invertía en acciones útiles. Decía esto con mucha calma, mientras observaba el rostro entorpecido de su interlocutor. Terminado el discurso, bebía de su tomatodo el refresco que había preparado para la mañana. Los más le pedían disculpas. Los menos le invitaban a salir un día a tomar un café, invitación a la que ella respondía «no tomo café». Y se despedía menudeando los dedos sobre el hombro, rasgando el aire.

Su voz me evocaba a una madre cuando solo es paz, sin tormento, aunque su vida parecía serlo. A veces, la veía llorar cuando estábamos en el baño. Ella se detenía frente al espejo, sin mover músculo, las lágrimas brotaban, se deslizaban sobre sus mejillas hasta la quijada y se perdían asomando al cuello. Un efluvio natural, sin lamentos. Desde una ventana, el sol la iluminaba. Apenas unos minutos, ella se lavaba la cara y sosegada caminaba hacía el salón dejándome a mi rezagada. En esta costumbre casi ritual, yo quedaba pertrecha al llanto, abrazada a un dolor ajeno.

En los recreos, nos sentábamos juntas al lado del quiosco, a ver a los demás conversar, reír, flirtear. Rosa me decía «mira, mira, son apenas unos niños, ni siquiera saben sonarse la nariz y hablan de amor». Yo la escuchaba y asentía su afirmación. Me gustaba creer que yo era su igual. A pesar de que mi vida no sabía de carencias, mis padres cuidaban por mí al detalle, y al reflejarme en el espejo no hallaba recuerdos tristes,… A mis 16 años yo quería ver la vida como ella. Pensé en postular a medicina. Y si me invitaban a tomar café, me despediría tranquilamente con los dedos por encima del hombro.

Todo fue culpa del profesor de geometría que se incorporó el último mes del semestre. Su ropa y su manera de expresarse coincidían en una misma palabra: esmero. En sus movimientos, en sus gestos, en sus palabras. Hecho a medida, imperturbable. Su clase estaba diseñada con precisión que no le faltaba ni sobraba nada. No solía bromear, y sin embargo era ameno escucharle. Las modulaciones de su voz marcaban el ritmo de su explicación fugaz aunque certera. Era un buen profesor, pero algo en él me inquietaba.

Un día, él notó a Rosa. Pidió participaciones para resolver un problema en la pizarra, y ella fue voluntaria. Mientras estaba al frente, marcando una bisectriz en un triángulo equilátero, aún de espaldas, Rosa era bella. Sus muslos, largos pilares, sobre ellos sus caderas tensas. Su torso delgado imponía presencia de atleta sin ser atleta. Su corto cabello negro alcanzaba para amarrarlo con una liga verde. Sin siquiera revisar la solución en la pizarra, «perfecto», dijo él, y ella le sonrió.

Una semana después, él la buscó en el recreo. Ella habló suave y de largo. A él no le importó que ella estuviese acompañada, ni le molestó que yo lo mirase con odio. Él le invitó a salir. ¿Qué se hace en una situación así? Rosa no recordó a su madre ni a sus hermanas ni el discurso sobre los perros que paseaba. Ella dijo que sí, el sábado. Encantada. Él se fue. Y Rosa siguió conversando conmigo retomando nuestra conversación interrumpida. Conjugó dos temas más, habló y habló sin que yo dijese nada y luego sonó el timbre. El patio empezó a quedar vacío. No quise mirarla, me daba miedo. Esa no era mi Rosa. Ella descifró mi silencio. «Eres una niña, cuando tengas mi edad entenderás», dijo. Y caminó hacia el aula.

Primera vez que alguien me rompía el corazón. Así se siente, pensé. La comunidad que imaginé había terminado, yo no era su semejante. El tiempo y la experiencia ceñían una diferencia que ella estaba dejando remarcada como limítrofe. Podía haber regresado al salón, a verla como se mira el mar sin saber nadar, ahora que irremediablemente la situación era semejante a esa imagen y más. Preferí ir al baño.

No se coló ninguna lágrima, por más que yo quería llorar. Tenía el corazón hecho un avispero, pero no había lágrimas, ni una sola. Fue mi nariz la que empezó a congestionarse, sangre combinada con un efluvio de moco líquido. Hice un rollo de papel e incliné la cabeza hacia atrás para controlar la hemorragia, el moco tendría que parar también. Sentí nauseas, me contuve. Cuando paró la sangre aún había moco, que fue lo más fácil de solucionar. Al terminar, lavé mi rostro y fui al salón.

El profesor de literatura no había llegado, así que cada quien andaba en sus cosas, leyendo o conversando. Rosa intentaba resolver un problema del cuadernillo de ciencias. Mis cosas estaban en la carpeta junto a ella. Metí todo a la mochila. Y antes de mudarme a la última carpeta, la más lejana, me acerqué a murmurar junto a su rostro hasta empañar sus lentes.

«Yo sí sé sonarme la nariz, Rosa».

Portada: Portrait of Barbara, Charles Blackman.


 JANNET TORRES ESPINOZA (Lima, Perú)

 

Licenciada en Literatura (UNMSM 2010). Estudios concluidos de Maestría en Literatura en la mencionada casa de estudios (2012-2013). Concluyó el Diplomado en Gestión Educativa (IPAE 2011). Con experiencia en elaboración de material educativo, desarrollo de talleres, y labor docente en educación básica y superior. Ha trabajado en el Ministerio de Educación, en el área de Comunicación dentro del currículo nacional (2013 – 2014).

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