El amor en los tiempos de la Matrix

Harold había revisado las notificaciones, contestado los mensajes y actualizado su estado en sus quince redes. La cantidad de interacción obtenida le daba un saldo de 350 créditos, suficiente para iniciar bien el día y pedir un latte macchiato con un muffin de vainilla directo a su bandeja de entrada. Con el resto podría pagar el boleto de hipersalto desde su planeta-estación al trabajo. Se desempeñaba como técnico en redes en una de las centrales más grandes del ciberespacio, ubicado en el sistema Globotech, la compañía que “construyó” la Red Neural Mundial de Experiencia Virtual Real o Renmevir, debido a lo complicado del acróstico los usuarios la llamaban “La Matrix”.

—Hasta el momento usted ha acumulado un monto de 3´750, 475 créditos Globotech disponibles. Que tenga un buen día ciudadano 1´999, 345.

Satisfecho con el mensaje de voz. Harold pasó a cambiarse; con un movimiento de mano abrió su guardarropa, pasó de las skins cotidianas, su favorita de caballero Jedi y el único traje de gala que reservaba para una ocasión especial, hasta llegar a su ropa de oficina. Una skin pixelada conformada por un par de zapatos, pantalones y corbata negros, una camisa manga corta blanca con un lapicero (imposible de usar) en el bolsillo izquierdo justo arriba de su gafete: Harold Handrige. Ya desayunado, cambiado y listo, cerró su estación con su clave digitada en un panel virtual y partió a trabajar como cada día desde que salió del instituto.

Harold Handrige era parte del equipo de técnicos encargado de revisar el código de “La Matrix”, desde el interior del servidor más potente de aquella zona del espacio virtual, Harold era responsable de hallar fallas en el sistema y de repararlas antes que causasen problemas a la simulación y alguien despierte, pues se decía que eso sería catastrófico.
Desde hace diez generaciones atrás la humanidad optó por encerrarse en capullos herméticos provistos de todo lo necesario para mantener un cuerpo humano vivo. Todo hombre, mujer y niño que sobrevivió a las “Décadas del hambre” decidió por cuenta propia, negarse a la existencia terrenal para trasladar su consciencia a la simulación de Globotech. Aquellos que se negaron murieron de inanición y tumorosas enfermedades, pues la tierra era un supurante foco infeccioso contaminado hasta su último rincón.

—¿Alguna novedad?— Preguntó Robín, amiga de toda la vida de Harold, de baja estatura y dueña de una potente mirada de ojos azul profundo.

—Todo en orden.— Contestó Harold, con la misma dejadez de siempre. —Códigos y códigos ¿Recuerdas si alguna vez el sistema falló?— Se rascó la barbilla con expresión cansada.

—¡Jamás!— Robín expandió su rostro y su nueva actualización de gestos le permitió deformarse como una caricatura. —Si eso pasara saldríamos de la estasis y…

—¿Cómo hiciste eso?— Harold echó a reír como un niño, Robín tenía la facultad de alegrar el día a su taciturno compañero. Eran inseparables, hasta que a mitad del instituto Handrige supo de la existencia de Emma Banks, una súper idol de la red. Hermosa venus hecha código, nadie creía que fuese real –demasiado perfecta- susurraban las malas lenguas –pagó por esa skin- decía la envidia. Harold estaba convencido que cada 0 y 1 de Emma, sus ojos esmeralda y su cabellera de fuego eran reales, tan verídico que si algún día la simulación terminara y pudiera verla en persona seria igual de inmaculada, pero la realidad virtual era permanente por lo que sólo quedaba la otra ruta: reunir cuatro millones de créditos y comprar una casa en la galaxia Nova, hogar de la élite, de aquellos que lograban millones de comentarios, corazones y likes en sus redes, porque así se ganaba el verdadero “dinero”; Globotech había establecido un sistema de recompensa directa para que los usuarios se vuelvan adictos a la simulación y sea más fácil su homeostasis en la red, el estudio y el trabajo eran simple rutina para que los humanos no perdieran la cordura, la verdad era que en “La Matrix” la popularidad lo era todo.

Harold recibió una nueva notificación, su último estado –en la red popular del momento- logró un máximo de ciento cincuenta likes lo que equivalía a unos mil créditos. —Esto va directo a los ahorros, cariño— dijo con voz socarrona.

Robín hizo el ademan de revisar un código, sin embargo de reojo fisgoneaba el panel virtual donde Harold hacia sus cuentas, si seguía ahorrando como iba en cosa de un año tendría lo suficiente para mudarse a la galaxia Nova. —¿Sabías que todo lo que comemos son sólo códigos?— La joven interrumpió los pensamientos de Harold.

Handrige la miró con un gesto extrañado, con más ganas de regresar a sus fantasías que de contestar. —Sí, ya se. Mi latte no existe, esta ropa tampoco… todo este planeta es virtual. Mi cuerpo está acomodado en un capullo especial, flotando en un líquido balsámico, reposando tranquilo mientras mi mente está aquí ahorrando como desquiciado ¿Y?

—Sí, pero te has puesto a pensar ¿Con que nos alimentan las máquinas de Globotech que están afuera? Aprendimos en la escuela que la Tierra estaba muerta… por ahí escuché que nos dan de comer tejido humano reciclado…

—Rayos, Robín, déjalo ahí.— Harold sintió asco, aunque era algo vago. Prácticamente todas las percepciones físicas estaban disminuidas en “La Matrix”; podías tocar, masticar, incluso tener coito pero aún ni la mejor simulación logró recrear la sensación absoluta del contacto auténtico. —Lo que dices puede ser cierto o no ¿pero cómo lo sabrías? Tendrías que haber tenido acceso a lo más profundo de la red de Globotech… no lo creo.

—Yo no.— Robín usó otro de sus gestos actualizados para deformar su rostro convirtiéndolo en piedra. —Te dije que lo escuché; fue un rumor que un técnico escuchó de otro técnico y este de otro técnico que lleva trabajando aquí desde hace mucho tiempo, el suficiente como para saber… cosas.— La muchacha comenzó a manipular el teclado con gestos picaros.

—De acuerdo…— Handrige sonrió y regresó a ver el monótono código que discurría por la pantalla mientras sus pensamientos emancipaban por otros derroteros; se imaginaba viviendo en Nova, siendo vecino de Emma Banks, quizá un día encontrarse con ella en el parque mientras paseaban sus mascotas, entablar una conversación, un romance trémulo, una boda…

Todo se hizo oscuridad. Luego, vino el dolor.

Abrió los ojos a la perpetua negrura. Sintió el cuerpo flotar en un líquido espeso -una mermelada fría-. Harold se halló vulnerable, de alguna manera sabía que era la primera vez que realmente despertaba pues los estímulos que penetraban su sistema nervioso acudían a él con ramalazos de dolor, sensaciones jamás experimentadas en tal magnitud; como si hubiese estado toda su vida en un sueño y ahora, por fin, abría los ojos al mundo. Y eso era exactamente lo que había ocurrido.

La cápsula que contenía a Harold se abrió, el aire exterior ingresó como un soplo de vida sobre la sopa que contenía al humano. Este fenómeno ocurrió con las otras millones de cápsulas repartidas por todo el campo físico de Globotech. La luz de un radiante sol, miles de veces más impresionante que los enormes astros de “La Matrix” iluminó y dio calor al desnudo mono sin pelo. Handrige se repuso haciendo acopio de todas sus fuerzas y notó que tenía una serie de tubos y maquinaria sobre su cuerpo, sellando sus esfínteres y monitoreando sus signos vitales. También se halló desnudo y delgado, casi en los huesos “escuché que nos dan de comer tejido humano reciclado” recordó las palabras de Robín y de inmediato se retiró la sonda nasogástrica, aquello lo llenó de un ardor interno que le hizo desear morir y a su vez fue una sensación tan real que quiso más ¡Más de la vida! ¡Aquello era la realidad!

A su alrededor, siglos de historia sin humanos le dieron chance a la naturaleza de retomar el control, árboles frutales crecían dispersos entre la maquinaria o cubriendo montes enteros, pequeños animales se escabullían entre los cables y circuitos siendo espantados por los vigilantes robots que ahora lucían yertos, pues, por alguna inexplicable razón, la simulación había sido suspendida.

Con el dorso fuera del contenedor buscó con la mirada a sus conocidos ¿Cómo ubicarlos? Dentro de la realidad virtual los rostros son imperfectos o avatares bastante lejanos del aspecto humano. El mar de cápsulas abiertas daba una clara imagen de lo ambicioso del proyecto transhumanista de Globotech.

—¡Enciéndelo! ¡Enciéndelo de nuevo! —Harold oyó la voz de una mujer a su derecha, enfocó sus ojos, debía acostumbrarlos pues nunca antes los había usado. Quien gritaba desaforada era una famélica joven de cabellos rojos y ojos verdes. Aferraba sus uñas al metal de la cápsula mientras le gritaba, a cualquiera, que encendiera la simulación nuevamente.

—¿Emma Banks? —Preguntó Harold con una mezcla de incredulidad y expectativa. Quien estaba frente a él distaba mucho de la idol virtual, aunque su cabello y ojos la delataban. Harold confirmó que no se trataba de una actualización falsa, su ídolo, su objeto de amor era real.

—¡Si, soy yo! ¡Soy yo! —La mujer extendió su mano huesuda hasta la cápsula de Harold ¿Quién podría creerlo? Todo este tiempo Emma Banks incubaba a su lado. —¡Dame un like! ¡Comparte mi estado! —La pobre mujer temblaba, no por frio, era un síntoma de abstinencia. Harold, que tenía la lengua trabada, quería decirle lo mucho que estaba enamorado de ella, que ahora que la simulación terminó podrían vivir en la realidad, comiendo de los árboles frutales y haciendo el amor como dos seres vivos ¡Vivos de verdad!

—La simulación se reiniciará en quince segundos, por favor, a todos los usuarios se les pide que regresen a sus estaciones de hipersueño.— Dijo una voz metálica y femenina, la misma que le notificaba cada mañana cuanto había ahorrado Harold. Los robots se encendieron y comenzaron a reinstalar a los humanos en las cápsulas.

De inmediato Emma regresó al caldo espeso, con una sonrisa demente, dejándose reintroducir todos los equipos en el cuerpo. Harold confundido se preguntaba “¿Por qué desea volver a la simulación? ¡Esta es la realidad! ¿Para estar con ella debo volver también?” cuando una mano le tocó el hombro, aquello fue el primer contacto humano verdadero que experimentó y la sensación lo embargó de felicidad. Cuando vio de quien se trataba la reconoció de inmediato, pequeña y de ojos azules como el mar.
—Robín.— La voz de Handrige rayaba en el llanto al darse cuenta que su mejor amiga también fue su vecina todo este tiempo.— No sé qué hacer.

—Ven conmigo… Descubrámoslo juntos.— Dijo Robín invitando a Harold a explorar aquella tierra. Handrige, meditabundo, salió de la cápsula siendo conducido mansamente de la mano de aquella pequeña y desnuda mujer.

La pareja se alejó de los campos de hipersueño. Mientras, varias máquinas examinaban el código y la cápsula de Robín para averiguar cómo es que su usuaria logró crear la anomalía que detuvo la simulación.


POLDARK MEGO (Lima, Perú)

Licenciado en Psicología, actor y director de teatro. Estudió literatura creativa en el taller de Escritura de Clara Tiscar “7 pilares para construir una gran historia”. Compuso, actuó y dirigió puestas de microteatro de terror en Lima y Cusco. Ha publicado relatos en las siguientes antologías: Literal (2017), Maleza (2017), Lima en Letras (2018), Es-cupido (2018), Un Mundo Bestial (2018), Paradojas (2018), Cuentos peruanos sobre objetos malditos (2018), Terror en la mar (2018), Un San Valentín oscuro (2018), Cuenta Artes (2018), El Narratorio (2018), Especial Guillermo del Toro  (2018), Líneas de cambio (2018) y Cerdofilia (2018).

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