Toda la vida, toda la muerte

Me encontraba en el bus, adormecido, pues ya habían pasado tres horas de viaje y las fuertes lluvias y la gélida ventisca que aún penetraban en el vehículo colaboraban con mis ganas de echarme una siesta. Mi objetivo: llegar a la morada de mi abuelo. Sí, tal vez sea un bicho raro por rechazar una salida para acampar con mis amigos, por ir de visita a la lejana casa de un viejo decrépito, pero, sinceramente, el abuelo es genial; un anciano chiflado que parece haber perdido sus últimos cachos de cordura en la guerra. Es obvio, nadie en su sano juicio se quedaría a vivir en ese horrible pueblucho alejado hasta de la vista de Dios, cuya única utilidad era servir de refugio para los heridos en la guerra.

Estaba divagando en mi mente cuando una violenta fuerza me empujó hacia adelante despojándome de mi asiento: el bus había frenado. El conductor me vociferó sin siquiera dirigirme la mirada: “Último paradero, mocoso”. Entonces bajé del vehículo.

Cualquiera hubiera pensado que yo me encontraba perdido, pero no era así, pues otra de las maravillas de la villa de mi abuelo es que solo se podía llegar hacia ella viajando a pie. Estuve caminando unos cuarenta minutos, hasta que logré llegar. Era fácil de reconocer un pueblo como ese: feo hasta más no poder, con calles tan estrechas que harían correr a cualquier individuo que sufriera de claustrofobia, un silencio de ultratumba y una niebla tan espesa que se podía sentir con el tacto. Ese lugar, tal vez por mis excéntricos gustos, despertaba un mí sentimiento de emoción.
Me dirigí a la casa del viejo. Se alegraría de verme, pensé. Siempre gusta de alguien que escuche todas sus disparatadas ideas. Al llegar a la puerta, mi entusiasmada sonrisa transmutó en una mueca de desasosiego al ver un cartel de madera que decía “Regreso por la mañana”. Asesté un golpe de rabia contra la puerta. Me senté en el pórtico. Tenía dos opciones: regresar a casa, pero no antes de caminar por dos horas a la siguiente parada de autobuses, sin mencionar la llovizna y el frío, o quedarme en el pueblo y buscar refugio en la casa de algún vecino (si es que había alguno), y aguardar ahí hasta que regrese el viejo.

Opté por la segunda opción y me puse a tocar de puerta en puerta las casas aledañas. Todas parecían estar abandonadas por completo desde hace mucho tiempo. Cuando estuve a punto de darme por vencido, divisé un cartel a lo lejos —cosa extraña, pues la niebla casi ni me dejaba ver mi propia nariz. El letrero tenía inscrito “Taberna de la gruta: descanso y regocijo para los visitantes”. Sin dudarlo entré en el lugar. Tenía la certeza de que también estaría deshabitado, pero cuando ingresé, me di con la sorpresa de que estaba esmeradamente limpio y muy bien amueblado. Celebré mi propia suerte y contemplé la comodidad del lugar. De repente una voz horrenda me heló la piel: “Sea usted bienvenido, lo estábamos esperando, venga, guste de la posada, está preparada especialmente para usted”. ¿Para mí? ¿Me estaban esperando? Pero si yo no avisé que vendría, ni siquiera al abuelo. ¿Cómo sabría de mi visita? Ese viejo desgraciado, siempre un paso adelante. Tenía algunas interrogantes para aquel extraño hombre, pero estaba lo suficientemente cansado como para planteárselas. Así que me arropé en la cama. No pensaba dormir, simplemente descansar los músculos. A pesar de la amable recepción, ese tipo no me inspiraba confianza en lo absoluto. Bastaba con solo verlo: de baja estatura, jorobado, con dos ojos completamente disparejos y con un bulto de legañas en cada uno, una gran nariz con un grano en la punta —parecido al de una bruja de cuentos—, calvicie total pero compensada por una selva de pelos en sus orejas, y sus uñas amarillentas y sus dientes podridos colaboraban con su apariencia repugnante.

Definitivamente no me echaría una siesta con ese tipo acechando en la casa. ¿Qué tal si me clava un puñal apenas me duermo? No me dormiré, no mientras ese monstruo esté aquí, no me dormiré, no me dormiré, no me dormiré…

Bueno sí, dormí. El hombre extraño desapareció. Al menos ya debería ser de mañana. Hora de ir donde el viejo. Pero no era así, no podía entender lo que sucedía. ¿Acaso me dormí un minuto? El tiempo estaba exactamente igual, aunque ya me sentía descansado. Salí del lugar, tal vez la niebla no dejaba notar que ya era de día. Me dirigí a la casa del abuelo, pero todo igual: el mismo letrero seguía ahí. Toqué la puerta para confirmar que no había nadie y después de unos minutos me fui. Decidí divagar sin rumbo por la villa.

Después de pasear por algunas calles decidí volver a la entrada del pueblo y esperar ahí el retorno del viejo. Al encontrarme cerca pude ver un letrero en medio del camino que nunca había visto ahí: “Sea usted bienvenido, lo estábamos esperando, venga, guste de la posada, está preparada especialmente para usted. Lo estábamos esperando… esperando… toda la vida… toda la muerte…toda la maldita muerte.”

La atmósfera se llenó de peligro y mi piel empalideció hasta hacer juego con la neblina. El silencio de ultratumba cesó con los ruidos de fuertes pisadas que ahora resonaban en eco en las casas de madera que ya no parecían deshabitadas. El ruido era cada vez más estridente y se detuvo del otro lado de cada una de las puertas, como si lo que sea que se encontrara dentro de las casas fuera a salir en cualquier momento. Esto no es bueno. Ese extraño ruido, esas fuertes pisadas. Nunca he escuchado algo como ello. Debo huir y rápido.

Me jugué la carrera más grande de mi vida. Bosque abajo, así podría escapar. Sin embargo, cuando divisé la carretera desde arriba, noté a una extraña criatura, cuadrúpeda, de unos cuatro metros de altura y con un cuerpo cubierto de pelaje negro. Su rostro era como el de un humano, con expresión de una eterna desdicha. No poseía globos oculares y de las cuencas brotaba sangre que lo empapaba hasta las patas. Su boca se mantenía abierta y estática, pero de ella se emitían aullidos humanos. Se podían distinguir alaridos de hombres, mujeres e incluso el llanto de infantes.

Yo no podía ni moverme, mi respiración fue cortada involuntariamente y mis manos sudaban a borbotones. De pronto se movió lentamente hacia mí. Yo me mantuve estático en el camino. Cuando lo tuve a unos cuantos metros cerca, di marcha atrás y me puse a correr lo más fuerte que pude. El piso retumbaba detrás de mí, la criatura me seguía, era muy rápida, y se estaba acercando.

Volví a la entrada del pueblo y sin vacilar ingresé corriendo hacia lo más profundo y me oculté en una casa. Al exterior se oía a la criatura buscándome, emitiendo sus desesperantes gritos que jugaban con mi cordura, y a eso se sumaban aún los ruidos en el interior de las casas, incluso en la que yo me estaba ocultando. Me senté en una esquina a esperar lo que suceda, mi corazón latía como un tambor y todo mi cuerpo temblaba. Al cabo de unos minutos, tuve suerte: las pisadas y los horribles aullidos parecían alejarse hasta perderse en la nada. Sentía que mi alma volvía a mi cuerpo. Suspiré aliviado. No entiendo esto, dije.

—Lo mismo digo—escuché.

Me quedé frígido al oír esas palabras. Sin parpadear, atiné a voltear lentamente la cabeza y allí estaba. Un hombre con un disfraz de payaso sentado junto a mí que al instante se puso de pie de un ridículo salto. Su complexión era raquítica y el traje estaba completamente desteñido y de aspecto putrefacto. Era totalmente desagradable, su cuerpo era tan débil y huesudo que apenas podía mantenerse en pie y caminar.

—No entiendo por qué. Me encanta hacer reír a los demás, nada me da más gozo que ver cómo sus gargantas se mueven al ritmo de sus carcajadas—me dijo.

Dicho esto se puso a hacer un extraño baile, que más que entretenerme me perturbó. Él notó mi expresión de horror y desagrado y estalló en un escandaloso llanto.

— ¿Por qué no te ríes como los demás? ¿Por qué tu garganta no se rompe a risotadas? ¿Es que acaso tendré que hacerlo con mis propias manos? ¿Tal como lo hice con ella?

En eso se acercó lentamente con las manos extendidas y con una obvia intención de estrangularme. Su notoria locura era reflejada en la maníaca expresión de la máscara. Yo estaba paralizado por completo. No podía hacer nada más, solo resignarme a morir. Pero cuando tuvo la oportunidad de hacerlo se detuvo, e hizo el ademán de estar pensando. Luego de unos segundos gritó:

—¡Lo tengo! Serás testigo de mi acto estelar. ¡Me quitaré la máscara! No podrás resistirte. Eso a ellos les encantaba. ¡Hacían enormes filas para verme realizarlo! ¡Todo el día! ¡Todos los días! Incluso cuando partí a la guerra, las filas seguían. ¡Ellos seguían esperando! Toda la vida… Toda la muerte… ¡Toda la maldita muerte!

Luego de decir esto, puso sus dos huesudas manos sobre la máscara, y empezó a empujar hacia arriba. Parecía estar atorada, pues el pobre hombre daba uso de todas sus fuerzas. Dio un gran grito continuado de una risa chillona y logró desprender la máscara de su cuerpo, con todo y su cabeza. De ella brotó un chorro de sangre que empapó todo su cuerpo y el piso.

—¿Qué tal? Graciosísimo, ¿no es así?… ¿Qué sucede?, ¿aún no te ríes? Bueno, esto es solo la mitad del acto. Ahora el carismático anfitrión regalará la máscara a su estimado espectador.

Se acercó con la máscara en sus manos, con el propósito de que yo la usara. Quise oponer resistencia aprovechando mi ventaja sobre su débil cuerpo, pero él tenía mucha más fuerza de la que aparentaba y fácilmente logró su objetivo, sujetando su repulsiva máscara en mi cabeza, mientras yo exhalaba mis últimos alaridos.

— ¡Ah!, un cuerpo vivo es el lugar más agradable para alojarse.

Desperté de golpe en la cama de la taberna, pálido y con respiración lenta. Solo fue una pesadilla, pensé. Me desarropé y con un inseguro caminar abandoné el aposento. Apenas salí, pude ver a mi abuelo abriendo la puerta de su hogar. Él me notó y con un gesto de sorpresa y consternación, se me acercó:

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué sales de la vieja taberna? No debería haber algo interesante en lo absoluto, pues ya hace casi un centenar de años que se encuentra cerrada.

El abuelo es un chiflado, pensé. Quise burlarme de la expresión de su rostro cuando se enterara de que la taberna seguía en funcionamiento y muy bien cuidada por ese raro anciano, así que abrí la puerta para hacerle notar su equivocación. La cara de asombro me la llevé yo: el lugar estaba completamente descuidado, despintado, lleno de polvo, las maderas podridas y los muebles llenos de insectos y larvas. ¿Cómo podía ser este el lugar que abandoné hace apenas unos segundos?

—Sí, este lugar era la reunión de la vieja pandilla. Cómo olvidar al viejo Rick diciendo siempre: “guste de la posada, está preparada especialmente para usted”, o al flaco Damián, mi mejor amigo, y sus ocurrentes payasadas que nos hacían ahogarnos de risa. Siempre llevaba consigo una ridícula máscara para hacer reír a Nora, la angelical camarera. Ella tenía una hermosa sonrisa, pero Damián nunca se animó a decirle lo que sentía. Sí, es una pena que él no haya sido correspondido: ella solo lo veía como un entretenimiento.

—¿Qué sucedió con Nora?

—Desapareció sin dejar rastro. A Damián parecía no importarle, pero se notaba inexpresivo y con la mirada perdida en la nada. Hubiera deseado cambiar esa expresión en su rostro, pero no pude. Tal vez la afilada cuchilla que utilizaron contra él en la guerra puedo separar su cabeza de su cuerpo, pero nunca cambió ese gesto en su rostro. ¡Ah, cuánta nostalgia! Los estragos que causa la guerra. Esos estúpidos radicales no tuvieron piedad de hombre, mujer o niño que se les atravesase. Se llevaron todo, incluyendo la vida de mis amigos. El único que sobrevivió fue Rick, pero la pena por perder a sus clientes lo mató irremediablemente, a él y a este lugar. Él los esperó, él siempre los esperó, toda su vida… toda la vida…

Noté cómo al abuelo se le escapaba una lágrima. Lo miré con una profunda tristeza y mis palabras salieron inconscientemente.

—Toda la vida… toda la muerte…toda la maldita muerte.

El viejo me vio algo desconcertado y luego estalló en un ataque de risa.

 

Portada: Joshua Hoffine


MAURICIO CABRERA (Lima, Perú)

Estudiante de 19 años que cursa la carrera de Ingeniería Electrónica en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. El presente cuento resultó ganador de un concurso en su colegio. El premio no fue gratificante en lo absoluto, pero es reconfortante para el autor saber que alguien invertirá un poco de su tiempo en leer aquel conjunto de perturbaciones.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s