La noche de Samael: el carnicero del mar

Mi viejo barrio a las orillas del mar. Aquel balneario recóndito que vio crecer y morir a muchos en las orillas de sus aguas. En este lugar, que esconde un secreto maldito, los infantes realizan un juego inocente y siniestro durante el verano. Se reúnen frente a una tapa oxidada de alcantarillado, la más antigua del lugar. Se toman de las manos y giran a su alrededor como un remolino veloz mientras cantan alegremente:

“Silvio Forn, Silvio Forn,

Loco, feo y perdedor.

Bebe agua de los charcos,

Por las noches, devora barcos.

Silvio Forn, Silvio Forn

Loco, feo y perdedor.

Pues su novia lo engañó

Y a su amante, él de-vo-ró”

Terminan la maldita rima y se dispersan entre las calles y árboles. Solo uno de ellos permanece sobre la alcantarilla, el encargado de representar al monstruo. Es el turno del pequeño Jericó. Lanza unos gritos agudos y extiende sus brazos en forma de garras. Luego corre tras sus compañeros, aterriza sobre ellos haciendo ademanes de desollarlos y comerlos.

Todos ríen, otros se molestan con el niño por los empujones y heridas menores. Pero Jericó, brusco y testarudo, es cortes y piadoso. No es como Silvio. No es como ese demonio despreciable que me condenó a esta silla de ruedas donde contemplo como los infantes le cantan esa devoción a la muerte cada verano.

El pequeño Silvio era raro por donde lo mires. Hijo de un empresario inglés que solo le dejó su apellido y una pequeña casa en un balneario adinerado. Todos los niños de aquel lugar les atraía Silvio y su extraño don de hablar con los con los peces y criaturas marinas. No era extraño verlo sentado a la orilla del mar o contemplando con tristeza los peces embolsados que traían los vendedores.

Pero sobre todo, Silvio amaba las tan peculiares serpientes marinas. Una tarde la corriente trajo una de ellas a la orilla: larga y delgada, de escamas rojas brillantes y motas negras. Ninguno quiso acercársele. Nadie excepto Silvio. Se arrodilló sobre la arena y conversó con la criatura hasta caer la noche. Le extendió la mano y la serpiente trepó por su brazo, enroscándose en su cuello y reposando su cabeza sobre el hombro de Silvio. “Su nombre será Kobín” dijo mientras se alejaba. Al día siguiente, el niño que más lo frecuentaba, su primer y único amigo, lo vio ojeroso acompañado de su nueva mascota. Tras saludar cordialmente a Silvio y a la serpiente, Silvio respondió molesto: “¿Kobin? La serpiente ya tenia nombre. Es Samael.”

Pasó el tiempo. Todos crecieron. Silvio y Samael también lo hicieron. La pandilla observó con admiración como su extraño amigo conseguio una novia. La hija de una de las mucamas que trabajaban con la madre de Silvio. Se llamaba Marina y parecía una princesa persa pese a sus ropas andrajosas. Silvio la adoraba. Decía que, junto a Samael, Marina era un regalo del océano. Ese verano fue el último recuerdo feliz que tendrían de Silvio,  junto a su serpiente, su amor y el mar. Pero las alegrías no duran mucho. Y la de Silvio terminó aquel año cuando un niño rico apartó a Marina de su lado vistiéndola de sedas y brillantes. La volvió arrogante y mezquina, la hizo despreciarlo por pobre, loco y bastardo. Al final de ese verano, el patán partió en su yate hacia Trujillo. Llevándose a Marina y la poca humanidad que le quedaba a Silvio.

El hablante del mar, en compañia de su serpiente, se quedó contemplando la playa donde le arrebataron a su princesa. Nadie se atrevió a hablarle, ni siquiera su amigo más confiable. Silvio permaneció inmóvil hasta caer la noche coronada por la luna llena. Solo en ese momento, levantó los brazos hacia la grandeza del astro. Samael saltó de su hombro, destellando la luz lunar con sus escamas rojizas y aterrizó como un torpedo en medio del océano. Clavado limpio, sin chapoteo. Silvio lo siguió, lanzándose de cabeza, como si mordiera la tempestad fría de las olas negras.

Los niños terminan el juego. Jericó consigue atraparlos a todos. Ríen y vuelven a sus casas. Jericó pisotea la vieja tapa de alcantarilla antes de irse. Esa misma alcantarilla donde encontramos, guiados por la sangre y tripas, los cadáveres triturados de Marina y su amante. Esa noche de luna llena, mientras sacábamos los restos de la cloaca, reapareció Silvio frente a nosotros.

Pero esa cosa… esa cosa no ya no era Silvio. Eso era un monstruo de ojos amarillos, escamas azules trepando por su cuerpo, garras palmeadas y seis tajos braquiales que se contraían al ritmo de su respiración. Al ver que nos llevábamos su alimento, se abalanzó sobre nosotros. Decapitó al más cercano de un mordisco, luego estrujó la garganta del siguiente. Intentamos huir, pero esa bestia logró encontrarnos y destazó a todos mis compañeros como si arrancara tripas de pescados.

Terminada su masacre, recogió las vísceras ensangrentadas y se dirigió a su escondite bajo la tapa metálica. Yo fui al único que dejó con vida. Silvio volteo a verme con sus ojos amarillos y su sonrisa de navajas. Antes que se adentrará en las cloacas, un impulso de ira y frustración me hizo correr hasta el borde de la alcantarilla.

-¡Silvio, maldito monstruo! -grité- ¡Regresa aquí y mátame también si te atreves!

La bestia regresó de inmediato. Clavó sus garras en mi pierna, desgarrándome la carne. Grité y tiré de ella creyendo que sería arrastrado hacia el fondo de las cloacas.

-Dilo –me respondió el demonio–. Di mi nombre. Solo una vez. Dilo. Mi verdadero nombre.

-Silvio… Silvio Forn.

-No –me sonrió– la serpiente me lo ha dicho. Yo ya tenía un nombre. ¡Es Forneus!

Me arrancó la pierna de una mordida y desapareció entre las aguas residuales tras el estruendo metálico de la tapa contra el suelo. Mientras gritaba de horror y me desangraba, miré al cielo. Solo para toparme con la figura inmensa de Samael surcando la noche, mirándome con una mueca de burla y satisfacción antes de zambullirse en medio del océano.

Desde ese día, Silvio ha vuelto numerosas veces al balneario. Lo sé por las playas manchadas de rojo y las entrañas roídas a la orilla del mar. Pero este verano es diferente. Silvio o Forneus. No importa. Aquella bestia me dejó un muñón en vez de pierna y una escopeta cargada por veinte años a la sombra del mar.

Por eso observo cada verano a los niños que bajan a las playas en busca de conchas y piedras. La gente me cree un loco, un enfermo, un depravado. No me importa. Esos idiotas ignoran que el verdadero monstruo viene todos los años a descuartizar y comerse a sus hijos. Al igual que hizo con todos mis amigos. Por eso espero pacientemente al infante que encuentre a la maldita serpiente que desató el infierno en este balneario.

La playa está desierta y el sol a punto de morir. Se acerca la hora. El pequeño Jericó camina solo por la orilla. Se detiene. Recoge un largo animal rojizo brillante de la arena húmeda. Alisto mi arma. A lo lejos el agua burbujea, el mar se estremece, mostrándome los amarillentos ojos de mi viejo amigo, quien vuelve una vez más a casa para su último festín.


LEANDRO CABRERA (Lima, Perú)

Estudiante de Literatura de la Universidad Científica del Sur. Ha participado en el III CONGRESO INTERNACIONAL DE NARRATIVA FANTÁSTICA y en I CONGRESO ANTONIO CORNEJO POLAR, como parte del Comité Organizador. Actualmente, es codirector de MOLOK. Revista de arte y literatura.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s