Wiñaypacha: tiempo y mundo eternos

«Para mí, esas grandes ciudades han cambiado a nuestro hijo», menciona Willka, «Un día me dijo: Hablar el aymara es vergonzoso», le responde Phaxsi. Este breve diálogo es con el que se promociona el tráiler de Wiñaypacha, palabras que resumen con destreza este gran filme. Y es que Oscar Quispe Catacora, joven puneño autodidacta, es el genio detrás de esta película que marcó un antes y un después en nuestra, cada día más diversa, cinematografía peruana. El reto de grabar una película de tal calidad en tal naturaleza y el de mantener el conflicto en torno, únicamente, a dos personajes son hazañas que cualquier cineasta desearía realizar.

Este filme expone una excelente fotografía que no sería posible sin nuestro bello paisaje serrano, pero muy aparte de los logros técnicos, Wiñaypacha es una película completa: genera cuestionamientos, abre la posibilidad y la interpretación a diversos discursos, y nos relata la idiosincrasia que creíamos perdida. Además, busca exponer parte de nuestra identidad cultural; por ello, recurre a actores no profesionales y de vivencias cercanas a la de los personajes. Aunque por ese lado se logre un nivel elevado de verosimilitud, no es una obra artística que se concentre en la creación actoral, puesto que su fuerte está en la atmósfera brindada (fotografía, sonido) y en los sucesos de los personajes (fábula).

Asimismo, es interesante analizar cómo Wiñaypacha utiliza el idioma aymara y no el quechua. Más allá de ser Catacora puneño, esto conlleva a la revalorización de un idioma casi olvidado que ha sido opacado por otro cada día más popular. El filme también expone la migración a causa de la centralización que se da en nuestro país. Todo ello genera un largometraje de corte documental, ópera prima del director, que representa el cine regional y que, por primera vez, tuvo una gran acogida en las salas de cine de la capital.

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Uno de los escenarios de la película

1. La idiosincrasia y la globalización

El Perú necesita ver otra de sus «realidades» y no quiero decir «realidades» de otras regiones, puesto que en otras regiones también hemos olvidado esa otra idiosincrasia: la rural. Es por ello que Wiñaypacha nos hace cuestionar la globalización, la información y los recursos no llegan a infinidad de lugares como muchos nos forzamos a pensar. Y es precisamente esa globalización la que llega a corromper a los personajes y a desencadenar su tragedia: deben ir a la ciudad a comprar una cajetilla de fósforos. La línea dramática del filme va desde su situación actual (personas viviendo en zona rural) hasta la esencia misma del hombre (nómadas), pasan de tener una vivienda, animales y comida a finalmente no tener nada y forzar a Phaxsi a deambular en busca de recursos (aislamos aquí la carga poética).

Por otro lado, la exposición de las tradiciones aymaras se observa en la ideología de vida de los personajes, en sus creencias, en los rituales y en sus costumbres. A consecuencia de ello, el filme sirve de análisis antropológico, muy propio de las películas de carácter documental. Es dentro de esta idiosincrasia que la presencia de escenas oníricas no le restan verosimilitud al filme ya que los protagonistas creen auténticamente en la interpretación de sus sueños, además de que los sueños, a manera de presagio, son cumplidos: Phaxsi sueña con el feto muerto de una llama.

Otro elemento a resaltar es el amor de pareja que presenta el filme, el cual no es un amor pasional, sino un amor casi platónico, una forma de amar pura y desinteresadamente.

2. La tensión dramática ocasionada por la vejez de los protagonistas

Cabe resaltar que nos referimos a los personajes y al contexto representado. En ese sentido, Wiñaypacha va «de mal en peor»: la pérdida del rebaño, el incendio de la casa, escasez de comida, etc. Esta característica casi melodramática tiene como detonante la falta de fósforos y se basa en el impedimento de los personajes a realizar tareas de exigencia física a causa de su vejez: la edad como impedimento para coser un nuevo poncho, para ir a la ciudad a comprar la cajetilla de fósforos, para controlar correctamente el fuego, etc. Igualmente, dicho recurso es utilizado también para el logro del suspense: se plantea muchas veces la posibilidad de la muerte de Willka.

Si bien es cierto que se plantea la problemática inicial en base al retorno del hijo, el filme no habla de ello, es un conflicto aparente que se disuelve y forma parte de uno de los tantos cuestionamientos que mantienen y genera esta pareja. El filme se basa en la exposición de la fragilidad de sus protagonistas de la manera más realista y, por ende, más cruda posible. Vemos cómo la edad es un factor determinante en la realización de sus actividades y cómo el hecho de estar alejados de la «civilización» desencadena sus tragedias.

3. Cuestiones técnicas

No podíamos dejar de lado el gran logro artístico que se dio a nivel técnico. La dirección de fotografía a cargo de Julio Palomino y el mismo director del filme es arte por sí misma. Así como su autor menciona, la fotografía contribuye a que la violencia psicológica ejercida por la naturaleza logre mostrar al paisaje como antagonista, dulcemente contradictorio si nos ponemos a pensar en la gran importancia que le brindan Willka y Phaxsi a todo su entorno. Por otro lado, las tomas generalmente son estáticas independientemente del movimientos de los actores (muchas veces existe voz en off por el mismo motivo). Es por ello que en la mayoría de planos generales, los personajes entran y salen de los mismos, la acción no determina la imagen sino la fotografía en sí.

Por todo lo mencionado anteriormente, podemos afirmar que no se observa casi ningún plano detalle y cuando por fin podemos apreciar uno, observamos un primer plano de los protagonistas, ahí es cuando nos damos cuenta de su vejez, de su mirada, de los años pasados y de cómo ello los hace parte del paisaje, Willka y Phaxsi también son naturaleza. La iluminación natural es otro factor a resaltar, esta contribuye a brindarle esa organicidad al filme que es tan aclamada por la crítica.

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Willka y Phaxsi

La dirección artística y el diseño de vestuario a cargo de Hilaria Catacora es digna de reconocimiento, puesto que el encontrar prendas de vestir realmente «puras», hablamos de las tradicionales parchadas, es algo prácticamente inexistente en la actualidad. A esta construcción del espacio representado, contribuye Clemente Quispe como escenógrafo, dicha escenografía muestra la condición de precariedad de los protagonistas sin brindar una condición degradante. La utilería es la justa, la exacta y necesaria.

Igualmente, la edición de sonido es una disciplina sobresaliente, Edwin Fredy Riva (sonidista) y Rosa María Oliart (la diseñadora de sonido) logran embargar al espectador y hacerlo participe de la naturaleza. El mismo hecho de dominar tan hábilmente la dramaturgia sonora ocasiona que la presencia de un soundtrack sea innecesaria. Los únicos momentos musicales presentes son los elaborados por los propios protagonistas que, a su vez, están acompañados de sonidos yuxtapuestos casi inadvertidos. Es ahí donde el dominio del silencio cobra gran relevancia, porque funciona como metáfora de temor, de amor, de resignación: los personajes tienen pocos diálogos, hacen y no dicen. Se reduce el modo de comunicación a su forma más pura, ya sea por su vejez, por su forma de vida, por ambas o ninguna.

4. La eternidad de Wiñaypacha

Wiñaypacha formará parte de la eternidad, quedará aferrada al pensamiento colectivo de nuestro país. Eternidad que no solo se refiere al título, sino también a Willka, a Phaxsi, al anhelo de los protagonistas, de los espectadores, y a nuestra cultura. Por eso y mucho más, este largometraje se convirtió en una obra de arte que ningún cineasta o cinéfilo peruano debe perderse. Wiñaypacha no te purga de las emociones que genera, las deja abiertas como una herida que debe sanar con critica o acción, pero siempre posterior al filme, deja esa herida abierta tanto artística como humanamente. Tiempo y mundo eterno, eso es Wiñaypacha, una película que logra hablar de nosotros sin exportar exotismo.


MARCELO FARFÁN ÁVALOS (Cusco, Perú)

Estudiante de Artes escénicas de la Universidad Científica del Sur. Nacido en Cusco en el año 1998. Cursó sus estudios escolares en la institución privada Salesiano del Cusco donde escribió y dirigió su primera obra teatral.  Se trasladó a Lima donde ha llevado curso de construcción de personajes en la Escuela de Cine de Lima.

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