El poder de la imaginación

Acabo de ver la versión cinematográfica del asesinato de Albus Dumbledore. Confieso que no había leído ni visto los episodios seis y siete de Harry Potter —a excepción de mínimos spoilers en Wikipedia y YouTube—, puesto que mi afición por la saga murió allá por el año 2005, al poco tiempo de publicado el quinto libro.

Sin embargo, hace unas semanas, en la librería de viejo donde suelo comprar ejemplares, en las entrañas de Quilca, mi casero exhibía en sus estantes estos dos libros a un módico precio… y en tapa dura. Entonces, quizás por escudriñar en mis recuerdos —por redescubrir la pasión con la que, a los trece años, leía las aventuras del joven mago— o por no dejar pasar esa irresistible oferta, opté por llevármelos a casa.

Así pude leer el amplio volumen de la entrega número seis, con la feliz ignorancia de jamás haber visto la película en su totalidad. Me sorprendió el ritmo narrativo parejo que tiene la novela. Queda claro que no es una obra maestra de la literatura, pero al menos es capaz de brindar durante el tiempo de lectura aquello que Jorge Luis Borges decía de esta: «una forma de la felicidad».

Hice un viaje de quince años atrás y me volví a topar con la impulsividad y esporádica torpeza de Harry, con la candidez y fidelidad de sus amigos, con un mundo repleto de magia, seres mitológicos, conspiraciones y misterios resueltos con oficio por parte de su autora. Y, por supuesto, me reencontré con dos personajes que siempre me fascinaron: Severus Snape y Albus Dumbledore.

Quizás ese mal endémico que tengo por no consumir las cosas “de moda” fue el causante de que justo ahora haya vivido esta experiencia tan particular y hermosa. Yo siempre he preferido leer los libros antes que ver las películas sencillamente porque sigo creyendo en el poder de la imaginación. Y a eso iba cuando al inicio hablé del asesinato del director de Hogwarts.

Luego de terminar la novela, se me ocurrió por fin mirar la escena —sin dudas— más impactante y emotiva. Busqué en YouTube el extracto preciso —cuya duración es de, más o menos, cinco minutos— y le di play. La caracterización de Michael Gambon es intachable, tratándose de un actor de su talla. Al verlo como el debilitado director de Hogwarts luego de haberse bebido la misteriosa poción que resguardaba el Horrocrux de Voldemort, me dije: «Algo así me había imaginado».

Sin embargo, al cabo de unos segundos —y debido quizás al ritmo propio de la narrativa cinematográfica—, el Dumbledore de la película oye un ruido en las escaleras de la torre de Astronomía en la cual se halla con Harry y simplemente le dice al joven que se vaya a la parte baja, que luce abierta a las escaleras —cuando, en la novela, se trata de un lugar cerrado con una puerta de hierro—.

El joven mago le obedece y se queda allí, mirando por entre las aberturas cómo Draco Malfoy, varita en ristre, amenaza al anciano malherido. Detalle fundamental: Dumbledore, al igual que en la novela, intenta razonar con Malfoy y le habla como a un hijo, pero de manera torpe, en un determinado momento, saca su varita, luego de lo cual el joven lo desarma con un simple Expelliarmus. Mientras tanto, Harry, como un pelmazo, observa que están a punto de matar a su maestro, al único protector que le queda tras haber perdido a sus padres y a su padrino, Sirius Black. Pregunto: ¿es eso verosímil?

Como se recordará, en la novela ocurre así: Harry y Dumbledore llegan en sus escobas hasta la torre de Astronomía luego de ver la Marca Tenebrosa en el cielo de Hogwarts. Harry está bajo la capa de la invisibilidad y Dumbledore tiene su varita oculta en su túnica. Ambos descienden y de pronto, luego de que el director le pide al joven mago que vaya por refuerzos, se escucha un ruido detrás de la puerta de hierro. Y este es, para mí, el detalle fundamental que convierte a la literatura en el mejor espacio para que la imaginación del ser humano trabaje y le otorgue una experiencia única: al tiempo que Draco Malfoy irrumpe en escena, Harry —siempre bajo los efectos de la capa invisible— es inmovilizado repentinamente por su maestro y lanzado a la pared, por lo que Malfoy puede desarmar a Dumbledore y así tenerlo a su merced.

Notable diferencia, ¿no es así? En el lenguaje cinematográfico —en el caso concreto, uno dirigido a niños y adolescentes—, ¿sería admisible o «funcional» que Harry permaneciera invisible y solo se viera a Michael Gambon hablándole al aire? Harry permanece visible en la película, por lo que lo narrado en la novela debe ser reformulado y ello, a mi juicio, le da un golpe mortal a su sentido de verosimilitud. Porque Harry, como un cobarde, obedece a Dumbledore luego de un simple: «¡Confía en mí!», y sale de escena mientras observa cómo están a punto de matar a una persona que tanto estima y con la que ha vivido una intensa aventura en pos de acabar con el maléfico lord Voldemort.

En la novela, en cambio, Harry es inmovilizado a la fuerza; es obligado a permanecer así porque Dumbledore no quiere que le pase nada malo y sabe que la impulsividad del joven mago podría llevarlo a cometer una locura, por lo que se ve en la necesidad de lanzar un hechizo contra él, porque su vida es más valiosa y es «el Elegido».

Así, en la obra escrita, la dimensión heroica del mago de barba blanca nos deja en el corazón una huella de sobrecogimiento y admiración. En la película, de más está decirlo, resulta cándido y hasta inocente pensar que Harry, a sabiendas de que todo Hogwarts se halla en peligro y de que Dumbledore está moribundo, lo deje sin más ni más a merced de sus enemigos, esperando como un niño bueno a que maten a su maestro.

Pero eso no es lo peor con respecto al protagonista de la película: mientras Dumbledore continúa con sus esfuerzos por persuadir a Malfoy, y al instante llegan los demás mortífagos a apoyar al muchacho, el profesor Snape sorprende a Harry, lo apunta con su varita y le pide que guarde silencio. ¿Se puede creer que Harry, quien debería estar desesperado, indignado y con el corazón latiendo a mil, sería capaz de quedarse callado al descubrir que Snape es un mortífago y está a punto de sorprender tanto a Malfoy como a Dumbledore para darle muerte a este último ante la ineficacia y dubitación del alumno de Slytherin?

En el libro, Malfoy, acompañado por otros mortífagos y por el hombre lobo Fenrir Greyback, prácticamente cercan a Dumbledore. Él está solo contra el mundo, completamente solo, porque su discípulo se halla inutilizado e invisible. En eso, irrumpe Snape y sin más asesina a Dumbledore.

¿Cuál de estas situaciones resulta más verosímil, más hermosa, más simbólicamente poderosa y significativa? En este filme, el pasaje más electrizante de la obra se ve mermado por la vacuidad narrativa, la torpeza y cobardía de Harry, la muy forzada condescendencia de Dumbledore, la poco verosímil intervención de Snape; en suma, por la desventaja del lenguaje cinematográfico frente al lenguaje escrito como aliciente  para estimular la imaginación y darle contundencia a lo narrado.

Al finalizar el video, decidí quedarme mil veces con el libro: con el trepidante ritmo narrativo; con la impotencia y furia de Harry al no poder ayudar a su mentor; con la valentía y dimensión heroica (e inteligencia, como se verá más adelante) de un Dumbledore que prefiere sacrificarse con tal de que a su mejor alumno no le pase nada, porque confía en su poder y su capacidad; en la sangre fría de un Snape que, consumado el asesinato, huye junto a Malfoy y los demás mortífagos, luego de lo cual es tenazmente perseguido por Harry.

Así, el libro le gana por K. O. a la película. Los detalles contados con la palabra son inconmensurables, inabarcables en su totalidad para el ojo humano: deben intervenir necesariamente la imaginación, el alma, los sentimientos, la concentración del lector.

El cine es un arte maravilloso, pero hay ocasiones en que no le puede arrebatar la corona del poder de la imaginación a la literatura. Y, en este caso en concreto, la imagen mostrada palidece frente a la imagen pensada.

En pleno siglo XXI, somos cada vez más tributarios de la imagen, que nos ametralla con anuncios, películas, series, videojuegos, filtros de Instagram, etc. Pero bien vale la pena darse una vuelta por una biblioteca, coger un libro y, en soledad y en silencio —de preferencia—, sumergirse en una historia, dibujarla en la mente y otorgarle a nuestro espíritu «un poco de felicidad».

Portada: Getty Images


ROY ALFONSO VEGA JÁCOME (Lima, Perú)

Egresado de Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su poemario Rumores de un arpa retorciéndose en la hoguera (Dedo Crítico, 2014) obtuvo una mención honrosa en el VII Concurso Nacional de Poesía «José Watanabe Varas 2011», organizado por la Asociación Peruano Japonesa. En el 2015, su poemario Muestra de arte disecado (Ediciones Copé, 2016) se hizo merecedor del Premio Copé de Plata de la XVII Bienal de Poesía, otorgado por Petroperú. En el 2017, su libro Etapas del espíritu / Runas grabadas en la piel resultó ganador del X Concurso «El Poeta Joven del Perú», mítico galardón que no se entregaba desde 1999. Textos suyos han aparecido en las antologías Recitales «Ese puerto existe». Muestra poética (2011) y Versos en el aire V (España, 2016), así como en las revistas Lucerna (2013), Bitácora de Vuelos (México, 2016) e Ínsula Barataria (2017). Actualmente se desempeña como corrector de estilo, redactor cultural y librero.

Correo electrónico: roy.vega.jacome@gmail.com

Facebook: Roy Vega Alfonso Jácome / Librería del oso

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