Pequeño fragmento de un recuerdo adolescente

A Sam

Y corrí hacia la pista o hacia algún lugar, entonces me detuve frente a algunos focos, y pensé que la historia iba a terminar ahí. No lo sé, fue muy surreal, como los estallidos amarillos del sol. Además, nadie lo sabía. Me hallaba extraviado. Estaba en un séptimo piso, extrañamente cubierto de nieve. El viento soplaba a una velocidad soberana, como ave o flor, un viento triste, por cierto. Todo se precipitaba. ¿No te digo que estaba cayendo de un séptimo piso? Había un azul verdoso en las paredes, en las ventanas, en el mundo. Es una historia triste. Lo sé. Y pensaba en la última vez que la vería. ¿Has visto las flores de un país deshabitado? Ella parecía caminar a través de la selva como dentro de sí misma, como un abismo. Nadie ha visto al último ser vivo caminar sobre la tierra. Y sin embargo las luces caían en un radio de 500 metros. Algo increíble de ver. La noche se encuentra hecha pedazos. Los diálogos de una película empiezan a navegar o a deslizarse a través de las calles. Es ahí cuando piensas en lo eterno, en la frágil luminosidad de los planetas. Es absurdo. Viajar y volver siempre al principio. Entonces es cuando te pones a pensar: ¿de verdad está sucediendo? Y la chica está ahí. Tú estás muy cerca, acaricias su mano y hablan de cualquier cosa, tal vez de un secuestro o de las consecuencias que pueda traer una atemporal excursión al Limbo. Siempre vuelves al principio. Y piensas: tengo que decírselo. Ella está ahí. Todos están mirando. Lo sabes. Y no te importa. Hay dos líneas de cocaína en la mesa del fondo. Un rollo de luces incandescentes. Alguien más, que no es de los otros, también mira. Y ella se acerca y tú te quedas helado. ¿Y la última radiografía de mis huesos?, le preguntas. Discúlpame, olvidé las llaves en el auto, te responde. ¿De verdad? Sí, dice ella. Quizás no vuelva. Lo sabes. Tiene un pequeño lunar en el hombro izquierdo. ¿Hacia adónde vamos? Entonces lo olvidas. Y no sabes cómo decírselo. Acaricias su rostro, su cabello. La tomas de la mano pero ella se va. La observas irse. Todos observan eso también. Alguien te coge del brazo para que no salgas corriendo detrás de ella. Han pasado unas horas después de eso. Se han quebrado algunos vidrios. Entonces solo te quedas parado, miras las luces, y te dices a ti mismo que el tiempo, las líneas alternas, todo, carece de sentido.

Portada: R.V.


JOSE LUIS FLORES CÁNOVA (Lima, Perú)

Alguna vez quedó como finalista en el concurso “El cuento de las mil palabras” de la revista Caretas; desde entonces nunca más volvió a intentarlo. Ahora se dedica a perder cosas de suma importancia. Apenas escribe cuentos. A veces da la impresión de que solo está de paso, lo que puede ser cierto. Le tiene pánico a las multitudes. Actualmente trabaja como mozo en un restaurante, empleo que, por cierto, está a punto de dejar.

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