Se soba lisiado

1

Nací en algún recodo del Amazonas, en un sitio alejado de la civilización pero cercano a la realidad mágica y fosforescente del río. Nuestro caserío escondido, terruño de gente trabajadora, inocente y seguidora de costumbres ancestrales, desapareció una tarde de agosto cuando el afluente que lo alimentaba incrementó su volumen y, sin dar la voz de alarma, se llevó casas, sembríos, animales y tres vecinos.

Recuerdo que dos días antes temblaba sin fiebre. La mirada perdida con la que acostumbraba recorrer el follaje distante, y por la que mi madre sostenía que estaba embrujado desde que nací, reconocía el movimiento extraño de las aguas. La noche anterior a la inundación el cielo había protestado como nunca y llovió sin tregua. Al amanecer cumplí quince años de edad y muy temprano supe que algo raro se avecinaba. Lo advertí y no me hicieron caso porque desde pequeño se acostumbraron a mi temperamento introvertido y pensaron que era una más de mis extravagancias. Se rieron y burlaron.

La tarde de la desgracia tuvimos tiempo de salvar algunas pertenencias y protegernos en lo alto del monte. Para el caserío, que no figuraba en las cartas geográficas y que, a decir de muchos, era un espejismo fantasmal en el derrotero de las embarcaciones, fue la destrucción total. Cuando regresamos solo quedaba el árbol principal de la explanada y los pilotes de las chozas arrancadas. En medio del desastre las piraguas amarradas al muelle artesanal se mecían como hojas en el aguacero. Recuperamos las nuestras y, con lo poco que rescatamos, remontamos el ramal desconocido. Después de varios días llegamos a Requena, donde una tía materna nos socorrió unos meses y finalmente recalamos en Iquitos.

Me forjé en medio del calor sofocante de la ciudad y aprendí el tráfico de frutas, pescados, plantas y raíces milagrosas. El aparente dislate de mi naturaleza se convirtió en un regalo maravilloso para enderezar personas, calmar angustias y socorrer desvalidos. Mis manos, intuición natural y sicología callejera desarrollaron el don de sobar personas. Lo que fue considerado en el caserío inundado un gesto extravagante de mi personalidad se perfeccionó con el tiempo. La profundidad de mi mirada, en la que veían a los bufeos nadando, y los extraños temblores que me castigaban al entrar en trance completaron la etiqueta de sobador de lisiados.

Los años sucesivos me permitieron hacer la maestría autodidacta en este arte y de a poco logré renombre y fortuna. No mencionaré las veces que enfermé al incorporar el sufrimiento ajeno ni contaré con detalles las cuatro veces que estuve a punto de morir por culpa de locos, cancerosos y atropellados. Si no morí en el desborde del río fue porque la vida me dio una segunda oportunidad para hacer el bien y torcer el destino de los sufridos.

2

En cambio, tú, criatura mal hecha, naciste en un barrio acomodado y de gente altanera, sobrada y que mira por encima del hombro. Para colmo de tu desdicha eres producto del amor incestuoso de dos hermanos. Lo lamento, pero contra la naturaleza no se juega y la debacle es el desenlace común.

Tu madre me ha contado que naciste morado, con la mirada pasmada. El paladar deformado que obstruye la garganta y la lengua desviada te impide articular palabras. Caminaste a los cinco años. Caminar es un decir, pues arrastras los pies y te es más cómodo gatear. Tu torso está girado groseramente sobre su eje, lateraliza el cuello hacia la derecha y eleva el mentón. Tus labios están desplazados como si bebieras de costado y los ojos miran hacia el techo, en un rictus de agonía perpetua. La frente abombada y los incisivos prominentes te dan aspecto de rata y te falta chillar para pensar que eres una mezcla abominable de hombre con roedor. La columna vertebral comprimida aplasta las vértebras y produce dolores intensos que te encogen en posición fetal para pegar las rodillas al pecho y estirar los nervios. Por si fuera poco, tu mano izquierda toca permanentemente el hombro opuesto, tratando de coger la otra que se ha colocado en la axila desde el nacimiento.

Pero no todo es tan malo…

Eres capaz de comer piedras encebolladas para saciar el apetito desaforado que desgasta la economía de tus padres, evacuar el intestino media docena de veces al día y orinar como caballo. De alguna manera estas funciones biológicas, en medio de tu calvario, te mantienen vivo aunque no lo quieras.

3

Esto me lo confesaste, impía, cuando me visitaste en mi gabinete de Belén. No pronuncio tu nombre para no cometer sacrilegio. Revelaste que una amiga, en un viaje de recreo por Nanay, se torció el tobillo al desembarcar de la lancha y el patrón de la misma la llevó hasta mí, Yo, con una sesión de sobadas no solo le ajusté los tendones estirados sino le alineé el cuello, desapareciéndole el adormecimiento de las manos. Quedó maravillada y en un café lo relató. Escuchaste en silencio mi hazaña, madre indigna, y me contactaste. En la primera visita, para ver qué podía hacer por el fenómeno de hijo que trajiste al mundo, te arrodillaste pidiendo perdón y suplicaste clemencia por la atrocidad cometida. No está en mí juzgarte. He visto, conocido y tratado tantos ejemplos de la decadencia humana que uno más no me hace daño. Uno construye su infierno en esta vida y es acá donde la paga. Esta tarde voy a conocer a tu hijo y si crees en Dios, mujer abominable, empieza a rezar para que pueda ayudar al desgraciado que no tuvo la culpa de tu pecado y que por él lo estás matando en vida.

Lo que has descrito del pobre desgraciado, degenerada, es un cuento de hadas. Ante mí tengo el cúmulo de la aberración carnal. No me sorprendo más de la cuenta sino que me pongo en el pellejo de esta criatura inocente. Veo sus ojos elevados al techo y mi corazón se desboca con la angustia inmerecida que le has dado. Lo encaro para interpretar su sufrimiento y nuestras miradas se cruzan. Cierro mis párpados porque no soporto lo que me dice. Gimotea y las lágrimas que derrama son los cuchillos que me atraviesan la carne. Le acaricio los cabellos y una extraña sensación de apuro se apodera de mis dedos y experimento la correntada que recorre mis nervios. Lo suelto y pido que lo desnudes para enfrentar la maldita obra que has engendrado con la lujuria prohibida. Los dejo y me retiro a la habitación contigua para calmar mi desesperación y refrescarme la cara con agua de lluvia y pétalos de rosas. Frente a la imagen del Corazón de Jesús hinco las rodillas y rezo con devoción. Humildemente solicito al Altísimo sabiduría y coraje para lo que haré. Termino de encomendarme y bebo un trago largo y sostenido del brebaje de raíces que reservo para estas ocasiones. El calor en el pecho me anima y unto mis manos con una pomada de mi creación. Escucho tu voz cercana anunciando que el muchachito está listo y salgo para combatir los fantasmas venidos desde lejos.

4

La desnudez de tu hijo, madre descorazonada, es horrible. Estoy impactado por las heridas que adornan sus rodillas y pies. Son las condecoraciones infectadas del esfuerzo hecho para caminar o gatear. Las erupciones que lastiman su piel adquieren relevancia en espalda, hombros y pecho; gritan por esas demarcaciones irritadas y el escozor sangrante se resiste a dejarlo. Mi gabinete se impregna de olores desconocidos. No son solo los efluvios de las heridas sino también el ardor invisible que camina por el piso y paredes. En pocos segundos la maldad y resignación se dan la mano, parándose frente a mí con ojos interrogativos. Colocamos a tu hijo en la camilla. Las lesiones dérmicas son consecuencia de su deformidad corporal y no me detengo a curarlas. Mi objetivo es enderezar ese cuerpo alterado y colocar en su sitio aquello que está fuera de lugar. Te tomo del hombro, madre irresponsable, y en una esquina de la habitación te advierto que el trabajo es complicado, excepcional, riesgoso y de resultados imprevistos. Sollozas y me autorizas a hacer cualquier acto heroico. Con la venia obtenida regreso y lo unto con pomadas, ungüentos y le derramo oraciones. El muchachito, como manso cordero, se deja llevar por mi arte. Empiezo a sobar el torso. Aflojo los músculos agarrotados para enderezar la columna. Las contracturas ceden lentamente y la fiebre se apodera de mí. Sudo profusamente y el cansancio me obliga a beber agua. Experimento desagradables sensaciones que me provocan náuseas y en mi piel curtida suben y bajan los pensamientos atormentados de la criatura. Se anudan, deshacen y rebelan para no dejarlo. Es una batalla encarnizada entre la mala genética y el infierno lleno de demonios que lo atrapan sin piedad. Retomo la sobadera y consigo que la mano izquierda caiga péndula sobre el abdomen. La derecha, que siempre ha estado en contacto con la axila, desciende pausadamente hasta quedar con el codo flexionado. A punto de desplomarme comprendo que incorporo las fallas de este malnacido. Necesito descansar, reagrupar energías y consolidar la fuerza mental.

5

Tú, madre maravillada y horrorizada, ves que el producto enfermo de tus entrañas adopta forma humana. Te persignas y lloras en silencio. Consigo sentarlo en la camilla. Estoy al límite de mis fuerzas y los temblores que me sacuden integran las anomalías de ese cuerpo imperfecto. Se me nubla la visión y falta poco para terminar la primera sesión. No sé cuántas más requerirá para salvarlo del oprobio y humillación. Al enderezar la columna vertebral escucho el chasquido de los huesos anquilosados, soltando los conductos nerviosos adormecidos por falta de movimiento. Las piernas se estiran y están en condiciones de adoptar la posición erguida. El muchachito sigue con la mirada clavada en el techo. El cuello se resiste a ceder ante el milagro de mis manos y tú, madre entusiasmada, pides que lo enderece. Estoy agotado, desfalleciendo. A punto de desmayarme escucho tus ruegos. Sacudo la cabeza para estremecerme y tomar un segundo aire y, en contra de mis principios, obedezco tus súplicas.

Antes de la maniobra final miro los ojos del muchachito y comprendo que está harto de esto. Sabe, lo interpreto en su silencio, que es una curación transitoria, que mañana volverá a ser el fenómeno de siempre. Abrumado por tu petición, madre miserable, giro y sonrío cínicamente. Sé que puedo arreglar el futuro y que no hay vuelta atrás. Me abrazas y siento la taquicardia de tu corazón, madre esperanzada. Tu espíritu está desbordado de alegría. Regreso donde el muchachito, lloro con él y acepto la revelación de su mirada. No soy juez para decidir la vida de nadie, pero el sufrimiento desborda mi juicio. El monstruo escondido que repta en mí, esa abyecta criatura que trastoca mis valores, el mismo que una madrugada usó mis manos sanadoras para intentar ahorcarme porque le quité al más allá el cuerpo de Remigio, emerge. Me observa con ojos desafiantes y no rehúyo su presencia. Intentaré dejarlo en lo profundo de mi infierno, como ente agazapado, invisible en esta habitación.

Sé lo que debo hacer, madre maldita. ¿Quieres que tu descalabro baje la mirada? Nuestros destinos están superpuestos y maldigo tus ilusiones. Decido lo indeseado. Mis manos, guiadas por la maldición que surge desde mi deseo subterráneo, atrapan el cuello alterado de tu hijo sufrido y en la vuelta que daré para alinear su eje cervical, desconoceré mi fuerza y apagaré la vida miserable que le faltaba vivir.

Portada: Julien Legars


OSWALDO CASTRO (Piura, Perú)

Médico-Cirujano. Colaborador de Escribideces-Oswaldo Castro (Facebook) con Fantasmas extemporáneos, Fantasmas trashumantes (relatos breves) y Fantasmas desubicados (microrelatos). Publicaciones en Voces polisémicas (2017), The Wax (2017), Ucronías Perú (2017), El Narratorio (2017, 2018), Penumbria (2018), Historias Pulp (2018), Revista miNatura (2018), Cuenta Artes (2018).  Al borde de la caverna (2018), Círculo de Lovecraft (2018). Su cuento “Paternidad” forma parte del libro Cuentos peruanos sobre objetos malditos de la editorial El gato descalzo, recientemente presentado en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

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