Tres poemas de Hildebrando Pérez Grande

Flora

Provocaste una tempestad que nadie olvida en la ciudad

de las siete colinas. Las palabras que te apretaban el corazón,

aún mantienen el fulgor que envidian las nieves de enero. En un bar

oportunísimo (amable desahogo para nuestros fantasmas comunes),

tu famoso nieto es un afiche triste que todavía se pregunta:

¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? Y en verdad,

Flora, ¿hacia qué puerto avanzamos? ¿Qué lienzo severo

recogerá la luz y las penumbras que ciegan nuestros ojos?

Sin un perfil definido, transcurro estas calles empedradas de cristales.

(Amuralladas de silencio, la ciudad respira indiferente a mis pasos).

Desde el frenesí que encendiste en estas minas de carbón, Flora,

contempla el paisaje metálico que florece en nuestras tierras:

un río de pumas acerados que avanza incontenible, incontenible.

¡Ah, Peregrina del amor! ¡Pasionaria de la igualdad! ¿Paria eterna?

Saint-Etienne, enero, 1985

Perro suelto

Hay poemas que muerden,

Que arañan sin piedad. Bestias

Insaciables que destrozan

Los fundillos, tus mundillos.

Hay otros que ciegan con su resplandor,

Y cierta gracia que le dicen. Fluyen

Sin tropiezo, hasta el nicho

De una antología preciosista.

No faltan los que han sufrido

Algún accidente gramatical

O los que heredaron

La maldición de un padre borracho.

Hay poemas que son un terremoto,

Un tsunami que te arranca el pellejo,

Las vísceras, tus oscuras duplicidades.

Y qué decir de los perros muertos,

Poemas sueltos

Como este. Perros

Que marchan a la deriva,

Canoas que hacen agua.

Poemas errantes, balas

Perdidas que buscan tus ojos,

Tus abrazos,

Tu perdón. Perros

Querendones como la muerte.

Poemas que labran su resurrección:

Aullidos que se apagan

En algún cuaderno olvidado.

De: Soledades de Solange

19 de julio

Yo soy el río que viaja por las calles…

Javier Heraud

Los viejos maestros dicen que nuestras vidas son los ríos interminables

Que pasando permanecen como un espejo encendido. Dones de la sabiduría

O el acaso, lo cierto es que en más de una ocasión brota el río

Como una rosa encarnada, es decir, las mieses y el mercurio de la vida.

Ríos que desbordan cualquier mapa como el Amazonas, bayetas

De cristal que relampaguean a orillas del Mantaro, piedras

Eternas que hablan por los hijos del sol sobre el pecho del Urubamba,

Y qué decir del Rímac sórdido y triste y luminoso en las manos de Humareda.

Pero ninguno nos conmueve tanto como el río que bramando baja

Por las calles, halando obreros, campesinos, mineros, maestros,

Mujeres y niños en Marcha hacia el Palacio de Gobierno, que es el morir.

Que es el morir de una clase que aún detenta el poder de matar

Nuestras ilusiones (para qué hablar ya de los overoles mustios,

El horario corrido, el trigo sin cortar, la historia pisoteada).

La Unidad de Servicios Especiales procura en vano contener,

Dispersar aquel río que corre echando chispas a los cuatro vientos:

Llorando, amando, cantando, gritando libertad, despedidos reposición.

Río de gritos que se prenden y se apagan como avisos luminosos. Río

Incontenible que arrasa charreteras, tanquetas, material deleznable,

Pips, aguas servidas, orden de allanamiento, fuegos fatuos, perdigones.

(Por un recodo de La Victoria, el río acrecienta su metal de torbellino

Insurrecto. Y recordamos que hay ríos apacibles, sencillos como los pueblos

Que brillan en nuestras serranías; mientras con dolor contemplamos

El río de nuestros muertos, nuestros heridos, nuestros presos).

Ríos que nacen en el Parque Universitario, en la Plaza Dos

De Mayo, o no lejos de la María Angola en el Cuzco. Ríos que renacen

Con bravura en alguna calle harapienta de Villa El Salvador. Ríos de manos

Cuarteadas que incendian la noche que agoniza en los arenales de Comas.

Ríos de pan, de no hay vacante, de azúcar, de vuelva usted mañana,

De mi hijo se muere doctor, de pompas de jabón. Ríos

Profundos, enmielados, transparentes, ensangrentados, libres.

Los viejos maestros dicen que muchas veces un río se quiebra como una

rama seca,

O se abre como una mujer enamorada o se cierra en línea recta como la mira

de un fusil.

Pero lo cierto es que el río de los pobres siempre corre buscando

La Unidad, la tierra fértil, el rumor de la palabra compañero.

Ser una gota de aquel río planetario es nuestro más caro, humilde deseo.

En: “Casa de las Américas”. La Habana, Enero-Febrero, No. 124, 1981, 120-121.

Portada: Newton, William Blake.


HILDEBRANDO PÉREZ GRANDE (Lima, Perú)

Profesor Emérito de la UNMSM. Director Académico de la revista de Artes & Letras Martín, de la USMP. Premio de Poesía Casa de las Américas, 1978. Premio de Poesía “Rafael Alberti”, 2013. Autor de Aguardiente, forever. Actualmente, ejerce la docencia en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

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