FLASHES

Aguda discontinuidad de la memoria, ajena al olvido, mejor producida por la química prosaica de artilugios adquiridos a escondidas a cambio del último billete, que por intrincados mecanismos de defensa de la psique. Estás sentada a mi lado, muy apretada a mi cuerpo, como si tuvieras temor de caerte quién sabe dónde, como si no hubiera más espacio en el mundo del que ocupamos, casi uno encima del otro, en el último rincón del sillón. Sin embargo, no es cierto que estemos juntos, y la cercanía física no alcanza para sustituir aquello que en realidad falta.

El resto del pequeño universo circundante resbala suave por delante de los ojos vidriosos sin entrar en contacto, y no resulta mas real de lo que pudiera parecer un viejo film de los años treinta. Los sonidos se perciben lejanos, y hasta podría afirmarse que no son los originales, que sólo constituyen el eco distorsionado de lo que alguna vez fueron. Las voces suenan apagadas, apenas desconectadas de los labios de sus dueños, tal como si hubiera habido un ligero, casi imperceptible desfasaje entre el comienzo de la película y el de su correspondiente banda de sonido. El resultado no me parece agradable, y el intentar entender qué es lo que están diciendo implica un esfuerzo demasiado grande. De todos modos, no importa, ni vos ni yo estamos en condiciones de oírlos, ni podemos ni queremos oírlos.

Comienza a hacer calor. Y es extraño, porque hace un rato no más, me pediste el abrigo que guardaba en la mochila y te lo dí con resignación, como suponiendo que pronto iba a necesitarlo yo mismo. Sin embargo, ahora siento deseos de salir a la calle así, en mangas de camisa, a respirar el aire fresco de la madrugada, y poco me importan la llovizna, la escarcha que comienza a hacer brillar sus cristales junto al cordón de la vereda, o que el resto de la gente se abrigue con dedicación digna de latitudes polares.

De repente y sin que medie razón alguna, pasás tu brazo pálido y delgado por encima de mis hombros y me besás con fuerza, casi con violencia. Durante algunos segundos interminables tu lengua explora mi boca pastosa y alcohólica en un torpe intento por parecer apasionada, por recuperar en un solo beso lo que ya no existe desde hace rato, y no te importan mi aliento a demasiados cigarrillos y whisky, ni que tus amigos nos observen con recelo, como desaprobando con sus miradas nuestra presencia en el lugar. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que me besaste de esa manera? Probablemente, siglos. Me dejo besar, pero no estoy acá. No puedo evitar pensar en otro tiempo, en la pareja que alguna vez intentamos y nunca fuimos, en el hombre y la mujer que cada uno de nosotros nos inventamos, capaces de llenar cada instante de nuestra vida.

El resto del mundo (y esta vez te incluye) ha desaparecido. El tiempo se ha detenido, estoy solo y me recuerdo a mi mismo ayer (¿ayer?), preguntándome si te quería, si alguna vez te había querido. Te juro que estuve horas pensando la respuesta, hiriéndome con cada pensamiento, oradando más y más en cada herida. Es que esta vez buscaba una respuesta verdadera, de esas que son fundadoras de las escasas decisiones que tomamos con algún margen de libertad a lo largo de nuestra existencia, una respuesta que fuera sintética de lo que me sucede hoy con vos. Es obvio que no la encontré, todo hubiera sido tan fácil… Lo único hallado fueron algunos momentos rescatados azarosamente por la frágil memoria, todos ellos diferentes, tan discontinuos como esos flashes que toman por asalto mi cerebro. A veces, un poco como para consolarme, pienso que las cosas no pueden darse otra manera, que siempre ha resultado igual, que en definitiva, a todos le sucede lo mismo pero lo ocultan con celo pertinaz de la mirada ajena ( y de la propia conciencia ) a fin de poder soportarlo. El único inconveniente con esto es que no me siento capaz de semejante esfuerzo.

Quisiera por un instante poder decir “Te quiero”, y que esas ínfimas palabras, sencillas y francas, descubrieran el velo que oculta los sentimientos, pero la sóla idea de hundirme en el tópico vulgar me hace sentir aborrecible en el acto de la mentira. ¿Cómo contarte lo que siento? ¿Cómo superar las barreras de un lenguaje mal preparado para estas (para todas las) circunstancias? ¿Cómo sortear las trampas que nos tiende nuestra propia lengua y por una vez ser sincero? No lo sé.Tal vez diciéndote que preferiría sacarte de acá, llevarte a otro sitio donde pasar juntos el resto de la noche (de todas las noches) en lugar de que sigamos aspirando del espejo, pero creo que eso también nos sonaría a falso melodrama y, de todos modos, ya abriste el papel.


SERGIO ALEJANDRO VAZQUEZ

55 años. Docente y profesor de historia. Vive en San Antonio de Padua. Utiliza gran parte de su tiempo en la actividad política, en la izquierda radical, muy cercano a Razón y Revolución. El texto presente es un relato de 1999, que luego formó parte de una pequeña novela titulada “El círculo nostálgico de lo único”.

 

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