Sólo se transmite de generación en generación

Subió al colectivo, pidió boleto hasta Capital, el costo era de tres pesos con cincuenta centavos. Él tenía casi once años y empezó a poner las monedas en la máquina. Cayó la primera moneda pero no quedó, siguió de largo hasta la boca donde cae el vuelto, ésta era de cinco centavos. Matías hizo un gesto, entre asombro y extrañeza, le pareció raro, la moneda brillaba tanto que parecía recién acuñada, la tomó y la metió de nuevo en la ranura, el ruido fue claro y ni necesitó mirar hacia abajo: había seguido de largo otra vez.
Giró hacia el chofer y le dijo:
– Señor mi moneda no queda; pasa de largo.
El chofer lo miró de reojo y respondió
– Es la primera que ponés nene, poné otra.
Matías no quiso, su moneda estaba bien, tenía que estar mal la máquina; así
que…
– Mi moneda es nueva, es la máquina la que anda mal.
– ¿No tenés otra moneda para poner?
– Sí, pero tengo la plata justa, no me sobran, si no entra ésta no voy a
poder pagar el boleto.
– No importa -replicó el chofer-, poné otra cualquiera; una más grande.
El chofer había mirado la moneda y vio que era una moneda chica.
– No tengo más grande.
– ¿De cuánto es ésa, querido?
– De cinco -dijo Matías suelta pero firmemente.
– ¿¡Cinco qué!? -se sorprendió el chofer.
– Cinco centavos.
– ¿¡Vas a sacar el boleto con todas esas monedas de cinco centavos!?
– Sí claro; ¿no ve?
Matías abrió su cartuchera dentro de la cual tenía una bolsita con las
monedas y le mostró una cantidad enorme de moneditas de cinco centavos.
– ¿Hasta dónde vas?
– Ya le dije, a Capital.
– Pero no podés sacar boleto con… -hizo una larga pausa-… ¡¡no sé
cuántas monedas!!

– Setenta -dijo el niño-, y sí, podría si su máquina anduviese bien.
El chofer aprovechó un semáforo en rojo, se dio vuelta y le dijo:
– A ver querido, la máquina anda perfecto, ¿No ves que hay pasajeros?
Ellos sacaron boleto sin problema. Pero mirá, más allá de la máquina, vas a
estar un año sacando el boleto; no podés.
– Dos minutos con treinta segundos, máximo -dijo Matías con rapidez.
Entre los pasajeros que seguían el debate atentamente con alguna que otra sonrisa había una señora mayor la cual se acercó al pequeño, que no daba el brazo a torcer, y le propuso sacar el boleto con la tarjeta de ella y que él le diese sus monedas.
Matías la miró, sonrío amablemente y le dijo:
– Gracias señora, pero no le alcanza.
– Sí, me alcaza amor, tengo diez pesos de crédito en mi tarjeta
– Sí, pero no le alcanza -insistió Matías ahora explicándole-, yo tengo
setenta monedas, usted ¿cuántas tarjetas tiene? – la señora rió con
simpatía pero él seguía con seriedad.- Necesitaría tener como mil
tarjetas para que le alcance.
El chofer al escuchar eso murmuró para sí mismo ‘este está re loco’ y con un
gesto de “mucha importancia para tan poca cosa” pero sin decir una palabra
más, medio enojado, siguió manejando.

– No mi amor, no entendés – empezó a explicar con mucha ternura la señora al chicuelo-, yo te pago con la tarjeta y esas monedas en vez de que queden en la máquina quedan conmigo, es la misma cantidad de plata, ¿Qué decís?
Él con un gesto de resignación aceptó, el chofer irónicamente gritó “bravo” y la señora le sacó el boleto.
Matías le entregó las monedas y se quedó parado al lado de la máquina con su boleto en la mano pese a que el colectivo tenía muchos asientos libres.
La señora volvió a sentarse a su lugar, pero al tercer paso que dio frenó abruptamente y giró; Matías hizo un gesto de “se lo dije…”, ella volvió hacia él devolviéndole las monedas sin decirle nada, y refunfuñando un poco regresó a sentarse.

Nadie de los que presenciaron la pequeña novela entendió ese final, ya que ni la señora ni Matías dijeron palabra alguna en el viaje, pero muchos quedaron intrigados. Ella bajó donde tenía que hacerlo, cinco paradas después. Matías tuvo un largo viaje, de una hora y cuarto, hasta que llegó a su destino.
Al bajar, una chica de dieciséis años que era la única que había quedado de los que habían presenciado aquel curioso momento también bajaba en la misma parada, ésta se animó y se acercó al niño preguntándole:
– Disculpá, pero… ¿Por qué te devolvió las monedas la señora?
Y Matías con cara de “lógico”, respondió:
– Porque pesaban mucho.


FEDERICO DEZA (ARGENTINA)
 
Edad: 37 años.
Hobbies: Pintura, música.
Profesor de tenis. 

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