Cosas de la madurez

Las carrocerías de coches oxidados cubiertas por cardos, pajas y zarzas, no daban ganas de aventurarse hasta el final del terreno, pero no tenía opciones. Por elegir, hubiera optado por continuar oyendo a Caetano Veloso en tanto el auto devoraba los kilómetros hasta el campo de Augusto; pero el puto Honda empezó a hacer ruidos raros y ese galpón poco hospitalario era el único taller del pueblo. Quedarme varada en medio de la nada nunca figuró en mis catálogos de aventuras favoritas.

La huella que corría entre los metales herrumbrados y los neumáticos cuarteados estaba en parte ganada por el matorral, pero el descolorido cartel decía «abierto» y el portón del galpón, corrido hacia un extremo. Frené el auto a unos tres metros, no se veía hacia el interior. Aguardé que saliera algún mecánico,  si no eran sordos debieron oír el motor. Luché contra esa maldita nostalgia que me hacía añorar a Esteban, él se hubiera encargado de todo a la par que me ofrecía una bebida refrescante.  Esteban se había rajado, con su blasón familiar y sus soluciones prácticas, había preferido darle la mamadera  a una bebota de veinte años.

Me embronqué y toqué la bocina no menos de cuatro veces. Un ave oscura aleteó, en el fondo.

Si la fiaca tuvo alguna vez un súbdito perfecto, debió ser el tipo que salió a recibirme. Hasta me contagió el bostezo. Tenía el mameluco a medio subir, un torso engrasado, obeso, las tetas eran más grandes que las mías. Eché una fugaz mirada al retrovisor; mi cabello estaba en orden, mi cara se veía sin marcas de cansancio.

Abrí la puerta, descendí con cuidado de no meter el taco en alguna fosa, que todo era esperable bajo ese pastizal amarillento. Acomodé la falda. El tipo ni se gastó en mirarme, ni que se bajara un hembrón cada media hora en ese sucucho. Había quedado apoyado en la chapa del portón, la vista puesta en el horizonte, las manos negras sostenían una pinza —ambas manos, una pinza.

El campo, Augusto, los chicos; enumeré las urgencias para darme ánimos. Le señalé el auto, como una idiota, al decirle que hacía ruidos raros; ¿quién iba a hacer los ruidos raros, yo?, odié ponerme tan tarada.

Tres bostezos más tarde, el hombre estaba apoyado con ambos puños sobre el capó. Parecía incapaz de sostener la vertical sin un apoyo. Se mantuvo así, sin abrirlo, como si con ello bastara para solucionar el desperfecto. ¿Había caído en un curandero de coches? Jamás había oído hablar de alguno, pero este parecía comunicarse con el motor, a través del capó, por intermedio de la imposición de sus manos; capaz que se comunicaba con un espíritu aburrido en el Limbo para que viniera a hacer el trabajo por él. Algo debió quitarlo de su somnolencia porque me hizo señas. Hablar parecía mucho esfuerzo para el señor mecánico. Metí el cuerpo en el habitáculo y pulsé el botón para que se levantara el dichoso capó. Casi se fue hasta el suelo cuando se alzó.

Se inclinó de nuevo, lo perdí de vista; yo había quedado junto a la puerta, aguardando por instrucciones. Los mecánicos siempre me habían pedido que pusiera en marcha el auto, que lo parara; les encantaba joderte. ¿La verdad?; quería ponerlo en marcha, sentarme y encender el aire acondicionado, el calor era tremendo bajo el sol. Pero no me pidió que lo hiciera; como no sabía —ni sé— de coches, no me atreví a tomar la iniciativa, no fuera cosa que una de esas revoluciones por minuto le agarrara un dedo o le hiciera perder la mano. Estuve tentada de repetir una de las infaltables frases de mi madre, «la servidumbre está imposible». No lo hice, no soy como ella. A ella los hombres no la dejan aunque pasó hace rato los sesenta.

El pronóstico pintaba depresión pero no hallaba la manera de hablar con ese mugriento mecánico y solicitarle que se apurara. No me había preguntado ni cómo eran los ruidos, ¿cómo iba a solucionar el problema? Las cuatro de la tarde, el campo estaba a cuarenta kilómetros, media hora si terminaba pronto mi as de las llaves pico de loro. Me gustó poco lo que vi tras el galpón, un frente gris venía hacia nosotros, con bastante apuro. Odio manejar bajo la lluvia. De sólo pensar que tuviera que pedirle al fastidioso hombre que me llevara hasta el campo, recobré el valor para increparlo.

Fui hasta la parte delantera del auto. El hombre estaba dormido. De pie, las manos sobre el frente, los ojos cerrados. Movía la boca, hablando en sueños. Se me hinchó la garganta de las cosas que se me cruzaron para decirle. Ahí escuché los murmullos, balbuceaba. Acerqué el oído, ni se enteró. Pude haberle seccionado la garganta con una cuchilla y tampoco se hubiera percatado. Las palabras que murmuraban me quitaron la idea de asesinarlo. «Qué buena que está esta mina, qué buena que está esta mina», repetía.

Retrocedí, me acomodé el pelo y me amonesté por haber sido tan intolerante. Quizá el pobre hombre había estado trabajando todo el día. No me costaba nada caminar hasta la sombra y aguardarlo. Si se hacía muy tarde, siempre podía llamar a Augusto para que viniera a buscarme.

Parece inexplicable pero es así, cuando se pisan los cuarenta, una se vuelve comprensiva.

Foto de portada: película Thelma and Louise


JUAN PABLO GOÑI CAPURRO (Argentina)

Publicó: «La mano» y «A la vuelta del bar» 2017; «Bollos de papel» 2016; «La puerta de Sierras Bayas», USA  2014. «Mercancía sin retorno», La Verónica Cartonera. “Alejandra” y «Amores, utopías y turbulencias», 2002. Publicaciones en antologías y revistas de Hispanoamérica. Premio Novela Corta La verónica Cartonera (España), 2015. Colaborador en Solo novela negra (relatos).
Estrenos: Por la Patria mi General; Vivir con miedo; Una de vampiros y salame (Argentina); Bajo la sotana (México) Caza de Plagas (Chile) Si no estuvieras tú, El cañón de la colina (España).

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