Londres

a mi papá y mi hermano

 

Llego al fin de estas crónicas, escritas durante y posterior (muy posterior: ¿deja la crónica de serlo por lo diferida? ¿se puede escribirla?; ¿se puede usar el pretérito?) al viaje por Gran Bretaña, que llamo «Cuaderno real»; y como para el final quedó Londres, una especie de cuco ya conocido antes de poner un pie sobre él, voy a apelar a un recurso. En una entrevista reciente Elvio Gandolfo rescató a H. G. Wells de la siesta en la que lo había dejado Borges en su firmamento literario inglés; Gandolfo valora la ética de Wells de no engañar al lector y darle lo que prometían los títulos de sus libros. Estos, libros y títulos, fundan también las diferentes variantes de la ciencia ficción clásica; yo voy a citar para sortear Londres La guerra de los mundos (1898).

«Me volví hacia el norte, mirando los portales de hierro de Hyde Park. Estuve tentado de ingresar en el Museo de Historia Natural y escalar a las torres, a fin de ver el otro lado del parque».

Del parque hablaré después, donde sí entré fue al Museo Británico. Entrada gratis, la primera después de 4 o 5 museos y castillos a £15 la entrada; una forma de expiar el saqueo del Imperio que se atesora ahí. Poder es saber y los niños tienen servido el paseo virtual por la historia universal. Una delegación de momias —sin duda, la vedette para chicos y grandes—, un corán deshojado, una espada vikinga negra de herrumbre. No todo es “descubrimiento” de los arqueólogos ingleses; lo que no se presta entre museos se compra. En la galería dedicada a la cultura koreana, se deja constancia de las dificultades con la República Popular Democrática de Corea, finalmente superadas, para consolidar la mayor colección en occidente de objetos provenientes del actual territorio de la RPDC. Diplomacia y capital. Por favor no tocar.

«Cuanto más me adentraba en Londres, tanto más recóndito se hacía el mutismo. Pero no era tanto el silencio de la muerte, sino más bien el del suspenso y la expectación».

Subiendo la cuesta de un barrio residencial, una iglesia —¿la Abadía?—, se llega a Abbey Road: una parada de colectivo, el estudio y después. No se puede sacar la foto, sin caer en la parodia, a manos de la supremacía argentina (y algunos paraguayos). «Memoria viva de las cosas muertas», eso es la tapa del disco; la ilusión del paso de cebra, aunque un poco despintado y descolocado en la perspectiva del recuerdo, tentación artificial, como un muestrario de fragancias.

«Alrededor del pozo, y salvada como por milagro de una ruina total, se extendía la madre de las ciudades. Los que han visto Londres sólo velado por sus nebulosos mantos de humo no pueden imaginar la desnuda luminosidad».

Mañana radiante para ver a Isabel. Palacio sin reina, capital sin atentado. Los azulejos del túnel de la estación de subte recuerdan la batalla de Waterloo; el corredor arbolado que desemboca en el palacio, a los héroes británicos pero extranjeros —periferia imperial— que lucharon las guerras siguientes. Miles de personas como fans de Justin Bieber ante las rejas del palacio, esperando ver al otro Nessie. «Hoy no sale» escucho en perfecto porteño. Tampoco los icónicos guardias reales: apenas dos o tres allá al fondo, vestidos de azul. Insolándose, esperan algunos desde el promontorio de la plaza, posición privilegiada para ver a la reina.

«Pero mientras sonaba aquella voz, la soledad había sido soportable; en virtud de ella, Londres había parecido vivo, y este detalle me mantuvo. Luego ocurrió el cambio, sucumbió algo —no sé qué— y el silencio se volvió aplastante».

El perímetro de los Jardines de Kensington, «el otro lado del parque», es como el Botánico de Buenos Aires, enclavado en plena avenida. Una vez que se pasa por la reja —casi una tranquera— acaban las comparaciones: se ingresa a un paraíso mudo, verde encantamiento de senderos sin medida. Pasando patos, pasando «picaditos» de fútbol y una escultura de un jinete de un tal Watts llamada «Energía Física», se levanta, finalmente, el monumento al príncipe Alberto. Dorado. Los cuatro pies representan los cuatro continentes (falta Oceanía) en su dimensión económica hacia el siglo XIX. Bajamos la escalinata, entramos al Albert Hall. La sinfónica de Gales y un director chino: la Novena. Memoria viva de las cosas muertas. Y memoria de las imágenes que supo inocularnos Stanley Kubrick; tan eterno como Beethoven. Al final, entre los aplausos y la euforia del «Himno a la Alegría», una pareja en el mismo palco desplegó la bandera azul de la Unión Europea, buscando la atención de las cámaras de la BBC que transmitían en vivo.

«Londres parecía mirarme».

 

Foto de portada: Big Ben  de Lorges Ossa


GABRIEL OSSA (Comodoro Rivadavia, Argentina)

Reside en Buenos Aires. Estudió Letras, trabaja como docente. Intenta todos los géneros, busca publicar una nouvelle y un libro de poemas.

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