Tres relatos cortos de Aarón Vizcardo

Antes del viaje

El veintitrés es mi número favorito, acabo de apostarlo todo. El sonido de la pelota en la ruleta incrementa mis nervios. Mañana no habrá chances, esos eran mis últimos treinta soles. Mi última esperanza depende de dónde caiga esa pelota. En tres días vería a mis padres en San Francisco y no quiero aceptar que tengo un problema con los juegos de azar.

A lo largo de esta semana, frente a esta misma ruleta, perdí mil soles. Horas antes tomé una pastilla para dormir y evitar el impulso de regresar, no quería darle más plata al casino. En el fondo reconozco, como todo buen apostador, que mientras más pierdo más se incrementa el deseo de recuperar.  La llamada de Rodrigo me despertó: «Hermano, hoy recuperamos».

Rodrigo se fue una hora antes, la ruleta no lo trató bien. La pelota pasó el veintitrés, aparté la mirada. Escuché la velocidad de la ruleta disminuir, regresar, parar. Me preparé para irme, un extraño me pidió dinero. La pelota está en el veintitrés, Jackpot, no lo podía creer. Acabo de ganar diez veces lo que perdí en la semana. La pelota no deja rodar en mi cabeza.

 

Pase a cuartos

Tengo que reconocer que al principio no me pareció una idea brillante. Tacuara Cardozo empató el partido a los treintaiocho minutos del primer tiempo, Libertad y Boca igualan a dos en el Estadio Defensores del Chaco. Sostengo el ticket de mi apuesta. Pienso, falta mucho y  Boca todavía me puede hacer creer. Tonto penal de Jara, tonto. Disfruto este momento porque sé que puede pasar cualquier cosa. Sí gano, podré pagarle a Natalia los dos meses de renta que le debo e invitarla a salir. Sí pierdo, no saldré del cuarto por unos días y empezará a dejarme notas recriminándome de que no soy puntual con las fechas pago y que la perjudico como propietaria.

Quizás deba dejarlo. Ya son seis meses desde que me mudé y conocí a Natalia. Es mayor que yo por diez años y está separada de su esposo desde hace ya buen tiempo. Prefiere el efectivo, dice que los bancos le recuerdan a su esposo. La primera vez que durmió en mi habitación fue porque la encontré tambaleándose afuera del edificio. Llegó con tacos y un vestido escotado, mucho labial, rímel esparcido por todas partes y un aura enorme, gigantesca, por la que seguramente cualquier alcohólico se sentiría atraído. No tenía sus llaves y le ofrecí quedarse conmigo esa noche. Me abrazó y me besó apasionadamente mientras intentaba abrir la puerta. Una vez adentro, reafirmé que las adicciones no son tan malas cuando se trata del azar.

No convivimos pero si estamos juntos. Ella quiere mudarse, empezar otra vida, tener hijos. Por otro lado, yo he construido innumerables historias para no pagarle los dos últimos meses de renta. Todo en tan poco tiempo. Final de la primera etapa. Me despego del televisor, escucho los tacones en el pasadizo y por la ventana logro verla caminar de la mano junto a un hombre. Es un tipo que debe estar bordeando los sesenta, lleva puesta una chompa de rombos y sujeta una bolsa de pan con la mano derecha. Los observo bajar las escaleras y subirse a un auto que los espera en la entrada del edificio.

Pasan los minutos y Boca no consigue transformar su superioridad en el marcador. Siento celos del tipo que caminaba con Natalia. Ahora más que nunca quiero que gane Boca y decirle mudémonos a cualquier parte. Carlitos Tevez pone el tres a dos a los setentaicuatro, Cardona hace lo propio de penal cinco minutos después. Partido asegurado, diez minutos para el final. Salgo a fumar un cigarro y encuentro una carta con mi nombre en el piso.

«La deuda está saldada, he conocido a otro hombre, puedes quedarte quince días más, no te preocupes por lo que me debes. Eso sí, asegúrate de sacar todas tus cosas antes de quincena. Un beso y cuídate, Natalia». Escucho el pitazo final, sé que tengo buscar un nuevo lugar para mudarme, no pienso replicarle nada. Boca enfrentará a Cruzeiro en tres semanas y empiezo a buscar las cuotas de las casas de apuesta para los cuartos de final de la Copa Libertadores.

 

Para empezar la vida

Mi habitación apesta a ron y tengo un número de teléfono escrito con plumón en mi brazo izquierdo. Sí, esto es lo peor de la resaca. Ahora soy incapaz de abrir la puerta. Si me levanto la cabeza me dará vueltas y será peor. En días como estos me recuerdo la frase que todo borracho se dice alguna vez en su vida: Nunca más vuelvo a tomar.

Llamo al número que tengo en el brazo. Lo primero que me dicen es que el señor Bogart lleva desaparecido dos semanas, que no han dejado de buscarlo y que ayer se comunicaron de este número para decirles donde estaba. Pero yo no sé quién es el señor Bogart y por qué tengo ese número en mi brazo izquierdo. Mi teléfono se queda sin batería, giro para conectarlo al cargador, me quedo dormido nuevamente.

El ruido del grifo me despierta, debí levantarme a lavarme la cara y olvidé cerrarlo. Una mujer sale de mi baño con un perro. Señala la puerta y salgo con ella. Caminamos, no decimos nada, solo caminamos. Entregamos al señor Bogart en la Estación Angamos. Ella me invita a comer y me llama por mi nombre todo el tiempo, siento vergüenza de no recordar el suyo. Describe la noche de manera perfecta, me explica que uno de sus pasatiempos favoritos es secuestrar perros para luego cobrar la recompensa, que me lo dijo ayer y que de muy buena manera me ofrecí a ayudarla.

Tenemos cosas en común, es cierto. Regresamos a mi habitación. Me pide que escriba su nombre en la pared y me quedo ensayando la palabra. Se quita el polo y se pone mi camiseta de la U. Empiezo a recordar poco a poco esa noche y quiero pedirle que cada domingo aliente al merengue conmigo.

Foto de portada: Casino Santa Fe.


AARÓN VIZCARDO (Lima, Perú)

Bachiller en Artes Escénicas y Literatura. Ha participado en recitales poéticos y publicado alguno de sus textos en revistas universitarias.

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