El extraño

Había tenido un día largo. Ir de aquí para allá, una rápida visita al hospital y un horrible almuerzo. Sin embargo había llegado a casa, y lo único que deseaba era descansar.

Luego de una rápida cena acompañada del silencio de su madre y su hermano, fue a su cuarto, que daba a la calle. Parecía una habitación abandonada. Todas las piezas estaban cubiertas de una gruesa capa de polvo a pesar de que dos días antes lo había limpiado completamente. Era una molestia tener que limpiar cada semana, pues al otro lado de la ventana había un desierto.

Se cambió la ropa sin prisa y sacudió la cama por si algún bicho se había colado en ella durante el día. Una última ojeada a su celular y se quedó dormido. Era de madrugada cuando abrió los ojos, algo aturdido. Su cabeza estaba caliente y veía manchas por la habitación, las paredes y el piso. Le dio poca importancia al fenómeno óptico, pues le pasaba seguido. Pero luego observó algo, una inconfundible silueta al otro lado de la puerta de vidrio. Una figura negra mirando hacia adentro. Estaba asustado. Se había imaginado ese episodio muchas veces, pero solo como algo lejano, brumoso. Ahora era real. Alguien lo observaba.

Pensó, lo mejor que pudo, en qué hacer. Llamar a su papá, a su mamá, a su hermano: todas eran opciones válidas, pero difíciles de llevar a cabo. Se levantó un poco, sin hacer ruido, hasta casi sentarse en la cama. Su cuerpo estaba rígido por el miedo, y sus movimientos eran torpes. Por su cabeza cruzó la idea de que fuera uno de sus amigos jugándole una broma. Sabían que era un poco nervioso, aunque a juzgar por la hora, era poco probable. Ni siquiera el más entusiasta de sus amigos habría tenido suficiente voluntad para hacer tal broma. Se armó de valor y preguntó “¿quién está ahí?”. La figura echó a correr.

Por largo rato se quedó inmóvil, sentado en la cama y con la mirada fija en la puerta de vidrio.

Lo siguiente que pudo recordar fue que ya era de día. Apenas si recordaba que alguien lo había visitado la noche anterior, y si lo recordaba, era solo un sueño. Se levantó y se vistió. Luego fue un día común como tantos.

Despertó agitado en medio de la noche. Otra vez las manchas que pintaban la habitación aparecieron. Todo igual a la noche anterior. Ahí estaba la silueta observando por el vidrio de la puerta. Respiró de manera escandalosa, fijos los ojos en la cara de la figura negra. No podía distinguir ninguna de sus facciones, pero se las imaginaba: unos ojos grandes llenos de locura, una boca torcida de dientes podridos, una nariz magullada, dedos delgados casi esqueléticos. La intensa luz amarilla de los postes de la calle ocultaba su rostro. Cerró los ojos con fuerza. La cabeza le dolía como una punzada en el cerebro. “¡Largo de mi puerta, mierda!”, gritó al sentir el rostro que le respiraba en la nuca. La silueta retrocedió lentamente. Él tomó un libro de la mesa de noche y lo arrojó hacia la puerta. Fue un golpe seco. La silueta escapó. Corrió al baño y vomitó.

A la mañana siguiente se quedó en cama. Todo lo demás había quedado en segundo plano. La sensación de sentirse observado invadió su cuerpo y lo hizo enfermar. Apenas comió y no habló con nadie fuera de casa. Llegada la noche, se resistía a dormir. Se mojaba la cara constantemente, le pidió a su hermano dormir con él, intentó dormir en el sofá. En su desesperación, limpió su cuarto de arriba a abajo. Retiró todas las capas de polvo que se habían acumulado en cuatro días de no hacer limpieza, y le pareció que el polvo no solo entraba por la puerta de vidrio, sino también por las paredes, el techo y las esquinas de la habitación. Luego se dio un baño frío, pero ya moría de cansancio. Rendido, se dejó caer en la cama y durmió.

Abrió los ojos. Intentó obligarse a no ver hacia la puerta de vidrio, pero sabía que estaba allí. Se levantó de la cama. La silueta siguió su movimiento mientras salía del cuarto. Fue a la cocina, tanteando las paredes para no tropezar y tomó la escoba. Regresó, deseando que la silueta se hubiese ido, pero allí estaba, observándolo. Tomó sus llaves y fue a la puerta principal. Ya no tenía miedo. Solo furia. Abrió. Su mano se congeló en la última vuelta de la cerradura. Temblaba. Afuera no había nadie. Examinó el perímetro, buscando alguna presencia, pero nada. Caminó hacia la puerta de vidrio, siempre alerta, buscando sin saber qué. Sí que me dio un susto, pensó. Entonces escuchó un ruido desde el otro lado de la puerta de vidrio. Pensó que quizá lo habían escuchado salir y habían ido a ver qué pasaba. Se apoyó en la puerta para ver mejor, pues la luz de afuera no era muy fuerte. Estupefacto, vio que alguien se levantaba lentamente de la cama, y miraba nervioso hacia afuera. Vio cómo ese individuo apenas si respiraba por el miedo, vio cómo evitaba hacer ruido. Sin dejar de ver hacia la puerta de vidrio, el de dentro, tomó un zapato con movimientos torpes. Una voz gritó “¡Fuera de aquí!”. Era su voz. Escuchó el crujir de un vidrio que había sido golpeado por un zapato. Dio un par de pasos hacia atrás y se fue corriendo.

Portada: propiedad del autor.


AXEL MONTESINOS (Lima, Perú)

Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Tecnológica del Perú, cursa el 5to ciclo de la carrera. Tiene un importante número de poemas escritos y  actualmente trabaja en una recopilación de cuentos.

 

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