Trance Progresivo

Trance Progresivo: La relación Dario Argento y Goblin

CINE, MÚSICA Y TERROR: TRIADA TRASCENDENTE

El cine y la música están comprometidos en una relación inquebrantable, casi simbiótica. La presencia de la música en el cine no solo colabora con la transmisión de sentimientos y emociones de las actuaciones, sino que propone y ejecuta. «Lee» lo que el guion establece y sobre este diseña o elabora una nueva puesta en escena. La música en el cine ostenta un poder ordenador, orienta o reorienta los significados derivados de las imágenes y dota al producto final de un aliento especial, novedoso. Tiene el don de darnos a conocer aquello que los personajes sienten, y nos aproxima, casi como unos infiltrados, a sus caracteres y personalidades. Esta, si se quiere, debe suplir aquello que los actores no logran señalar; es decir, debe tener la capacidad, en un equilibrio acertado, sin tutelajes ni subordinaciones a las imágenes, de ofrecernos lo que las palabras no alcanzan a decir o traducir.

En el cine de terror, la música genera una atmósfera particular, diría fundamental. H. P. Lovecraft señaló en su momento algo parecido sobre la literatura de terror: lo crucial es la atmósfera. Hay en el terror una emergencia de los medios arcaicos, inherentes al ser humano. Una primera vinculación de carácter sensible que tuvo el ser humano con el entorno fue el terror a lo inexplicable y diferente, expresado en la naturaleza y/o en la muerte. Desde mi perspectiva, el terror vendría a ser, entonces, una suerte de esfera de influencia en la que se asiste a una constatación o encaramiento del yo ante la instancia última de la muerte, vale decir, el aniquilamiento definitivo. Y para que esto se materialice, tiene que acontecer necesariamente un estremecimiento, una suerte de desacomodo (surgido del exterior del cuerpo o del cuerpo mismo del sujeto), que propulse la conexión entre los miedos atávicos, es decir, aquello que fuimos, con lo que somos ahora, y especialmente con aquello que pretendemos ser y/o deseamos personificar. Este estremecimiento, luego del shock inicial, deberá propiciar un acercamiento válido y significativo que permita «leer» nuestro entorno y «leernos» nosotros mismos de la manera más cabal. Solo bajo una dinámica de esta naturaleza, el terror asumirá su verdadero rol y sus insospechados matices.

ARGENTO Y LA ESENCIALIDAD DEL MIEDO

La ópera prima de Dario Argento (Roma, 1940), director, productor y guionista italiano de cine, fue El pájaro de las plumas de cristal, de 1970, una cinta giallo, probablemente la primera de estas, un género basado en las publicaciones de los años 20 en Italia y que trataban de asesinatos y misterio. La música de esta primera obra corrió a cargo de Ennio Morricone, uno de los íconos del cine de todos los tiempos por su versatilidad y maestría. Esta asociación se mantendría incluso en El gato de las 9 colas, de 1971, y Cuatro moscas sobre tercipelo gris, también de ese año, segunda y tercera entrega de la trilogía denominada Animales.

La cinta Los cinco días, recreación histórica de una revuelta anti-austriaca de 1948, contaría con el trabajo musical del pianista, compositor y director italiano de orquesta de jazz Giorgio Gaslini, con el que fecundaría la celebrada Rojo oscuro, de 1975, en la que se establecería, además, el incio de la celebrada unión con el grupo italiano de rock progresivo Goblin, cuyo afianzamiento mayor se da hacia esa época con Walter Martino en la percusión, Massimo Morante en las guitarras, Fabio Pignatelli en el bajo y Claudio Simonetti en el piano y los sintetizadores. Cherry Five constituyó, a inicios de la década de los 70, el preludio de Goblin. La formación inicial estuvo integrada por Claudio Simonetti en los teclados y Walter Martino en la batería, procedentes ambos de una agrupación llamada Ritrato de Dorian Gray. A ellos se unieron Massimo Morante en la guitarra, quien venía del colectivo Era di Acuario; Fabio Pignatelli de Rivelazioni; y Tony Tartarini en vocales. Contratados en 1975 para hacer la música de Rojo oscuro, Cherry Five varía su nombre a Goblin (Duende, en español). Ellos reestructuraron la música que, para Rojo profundo, había compuesto inicialmente Giorgio Gaslini, cuyos resultados no habían sido del agrado de Argento. Además, componen algunos temas propios, como el principal del filme.

El éxito incial de Goblin supone la salida del grupo de Martino y Tartarini, quienes pasan a formar un nuevo colectivo denominado Libra. Con los reemplazos, el baterista Agostino Marangolo y el guitarrista Carlos Pennisi enfrentan Suspiria, el nuevo proyecto de Argento, considerada por algunos como la obra más atractiva del director italiano y la cima más alta de la colaboración de este con la banda italiana. Esta afortunada complicidad artística se afianzaría especialmente en Suspiria, película de 1977, primera entrega de la trilogía bautizada como Las tres madres, y en la que el mismo Argento contribuiría con algunos de los temas.

En el año 1978, los integrantes de Cherry Five son convocados por el director, escritor y actor de cine norteamericano George A. Romero para su obra fundamental El amanecer de los muertos, de la que Argento también sería responsable. Antes de su transmutación en Goblin, Cherry Five sacó en 1976 un LP titulado Roller, cinta de rock progresivo; Il fantástico viaggio del bagarozzo Mark, en 1978, una ópera en línea roquera acerca de un niño que persigue el sentido de la vida al lado de un insecto bautizado como Mark; y Volo, en 1982.

Infierno, de 1980, una suerte de continuación de Suspiria, es la segunda entrega de Las tres madres. En esta, la música corrió a cargo de Keith Emerson, pianista, tecladista y compositor inglés, quien formó parte de The Nice y especialmente de la mítica Emerson, Lake & Palmer, supergrupo de rock progresivo. Los excelentes efectos especiales de este flm fueron atendidos por Mario Bava, el verdadero iniciador de la corriente cinematográfica denominada giallo. Tenebrae o Tenebre, cinta de 1982 que cierra el ciclo de Las tres madres, volvió a reunir a Claudio Simonetti, Fabio Pignatelli y Máximo Morante, tres de los miembros de Goblin, quienes se reunieron a pedido expreso de Argento.

Apreciada por los entendidos como una precursora del thriller sobrenatural, Phenomena o Satánica inocencia es una cinta de Argento de 1985. En esta, una vez más el director italiano vuelve a contar con la participación de Simonetti y Pignatelli, además de la colaboración del en ese entonces bajista de la banda británica The Rolling Stones, Bill Wyman, responsable del sobrecogedor surco «Valley», y de Simon Boswell, quien compuso el tema altamente perturbador «The Maggots». La banda sonora del filme se completa con temas de las legendarias agrupaciones (de heavy metal) Iron Maiden y (la banda de rock) Motörhead.

Opera, también conocida como Terror en la ópera, es una cinta de 1987.  No sería tan recordable si no fuera porque su director lamentó en su momento el haberla hecho, y especialmente porque la música corrió a cargo del británico Brian Eno, una de las figuras claves para entender el desarrollo de la música electrónica y experimental. Con Trauma, cinta de 1993, con guion del mismo Argento y del escritor y editor norteamericano T.E.D. Klein, el director italiano recurre a Pino Donaggio para la música de este filme. Donaggio, cantante, letrista y compositor italiano, también colaboraría musicalmente en la cinta de 1990 Los ojos del Diablo, escrita y dirigida por Dario Argento y George A. Romero.

Con El síndrome de Stendhal o El arte de matar, la dupla Argento-Morricone vuelve a unirse, asociación que se prolongaría incluso hasta la siguiente película, El fantasma de la ópera, de 1998. El síndrome de Stendhal es un thriller psicológico de 1996, considerada la primera cinta europea en emplear imagen por computadora. El fantasma de la ópera, en cambio, adaptación cinematográfica de la novela del mismo título de Gastón Leroux, es fruto del guion del mismo Argento y de Gérard Brach, un escritor francés conocido por sus colaboraciones con Roman Polanski y Jean-Jacques Annaud. En ambas cintas, el director italiano vuelve a poner en escena a su hija Asia.

Insomnio, del 2001, marca el regreso de Goblin en asociación con el director italiano. El guion de Argento y Marco Ferrini marca una suerte de regreso al estilo giallo. Ferrini y Argento volverían a unir sus potencialidades en El jugador, cinta del 2004. Aquí, la música fue compuesta por Claudio Simonetti, ex integrante de Goblin, así como en la cinta posterior de Argento, Terza madre o La madre del mal, del 2007. Antes, en los trabajos para la televisión del 2005, ¿Te gusta Hitchcock?, Argento vuelve a trabajar con Pino Donaggio; y en las piezas Jennifer (2005) y Pieles (2006), ambas para la icónica Masters of Horror, una vez más con Claudio Simonetti.

La conclusión de la trilogía sobrenatural Las tres madres la constituye la ya nombrada Terza madre. En esta aparecen tanto la hija del director, Asia Argento, como su compañera sentimental, Daria Nicolodi. En la cinta, Simonetti hace acopio de música clásica con resonancias medievales en los coros. Su trabajo estuvo influenciado por sus composiciones para televisión, creaciones de Argento, y por compositores como Carl Orff, Jerry Goldsmith y Bernard Herrman. «Dulcis in fondo», la parte final del filme, fue interpretada por Daemonia, la banda de heavy metal de Simonetti.

En Giallo, cinta del 2009, Dario Argento trabajó con Marco Werba, compositor de origen español radicado en Italia. Werba ya era un conocido de Argento, pues había hecho la música para el filme de 1988, Zoo, dirigido por Cristina Comencini, en el que Asia Argento tuvo el rol principal. Con Drácula 3D (2012), Argento vuelve a formar dupla con Claudio Simonetti.

ROJO OSCURO Y SUSPIRIA: CASOS PARADIGMÁTICOS

En Rojo profundo, si algo define el ideario de su apuesta musical, es la utilización del teclado y el bajo. Su trámite es marcadamente esteticista, en aleación con una de las propuestas más influyentes y enriquecedoras de los años 70 en cuanto a géneros musicales: el rock progresivo. En la línea de Stockhausen, Brian Eno, ELP, Yes, Van der Graaf Generator, Jethro Tull, Pink Floyd, Frank Zappa o Genesis, por nombrar algunos, trabaja tonalidades enervantes y sobrecogedoras, con importante apoyo de los sintetizadores y acopio de sonidos atmosféricos que le otorgan a las melodías el peso onírico que estas demandan. Sin embargo, es evidente que las secuencias visuales y musicales más recordadas del filme son aquellas en las que una voz femenina repite una y otra vez una tonada, casi como en un juego de niños, acompañada de una sesión de vientos, mientras se suceden las acciones más dramáticas y/o sórdidas propias del giallo más genuino.

En Suspiria, en cambio, hay volutas de terror, ondas en un estanque de miedo que van creciendo y modelando la escenografía hasta colmar el espectro musical y alcanzar costas de una crepitación o maceración semejantes a la desesperación o enajenación. Su ritmo es pulsátil, primitivo y lacerante. Estas, sin lugar a duda, son bandas sonoras inmejorables del cine de terror. Su temple va de la mano, en incuestionable equilibrio, con el estilo visual del filme, próximo al expresionismo y orlado de un recargado empleo del color y unos escenarios límpidos, de tintes modernistas. Anticipatorios e inquietantes, en la medida en que sugieren o anuncian la concreción de las escenas más mórbidas o teatralmente macabras, los acordes de esta banda sonora configuran con paso firme el camino hacia el sadismo y el dolor en un marco de deslumbramientos épicos y barroquismos sonoros irrepetibles.

Por estos días se estará estrenando la nueva versión de esta ya mítica película original de Dario Argento, cinta de terror sobrenatural ítalo-estadounidense, bajo la dirección de Luca Guadagnino y escrita por David Kajganich. Esta vez el peso de la música ha recaído en Thom Yorke, vocalista y compositor de la banda británica de rock alternativo Radiohead. Esta es la primera vez que Yorke acomete un proyecto de esta índole, a diferencia de sus compañeros de grupo como Johnny Greenwood, quien lo hizo con “The Master” y “El hilo invisible”; y Phil Selway, con “La huella del pasado”. Si bien Yorke había escrito antes música para cortometrajes y se le propuso hacer el score de la película El club de la pelea, cuestión que no prosperó, consideró que sería inútil replicar o hacer referencia a la banda sonora de Suspiria por Goblin y se inspiró, más bien, en representantes de la música concreta, artistas electrónicos modernos y actos del krautrock como Faust o Can. Veremos qué nos depara este nuevo ensamblaje musical y cuánta persistencia y robustez continúa prodigándonos el artefacto sonoro de Goblin.

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