Un perro negro apareció de improviso

Piero conduce la camioneta de Carola mientras yo manipulo los botones del equipo de música. Desde el asiento posterior su hermana nos observa y se acomoda para soportar el tráfico caluroso del verano. No estamos yendo a pasar un domingo playero sino al cementerio en Lurín para colocar flores en la tumba de su madre. La noche anterior Carola nos conminó a llevarla y la orden fue tajante a través de sus ojos incandescentes. Aún no perdona las infidelidades paternas y afirma que la depresión fue la causa de muerte de su madre. Yo prefiero mirar de costado y hacerme el desentendido.

Yo también provengo de un hogar disfuncional. Mis padres se divorciaron cuando terminé la secundaria. En ese sentido, mis afectos son más mundanos que dramáticos. Viví con mamá hasta la mayoría de edad y levanté vuelo cuando se fue a vivir a Miami con su prima. Ingresé a la facultad y sobreviví gracias al dinero de papá hasta que mis pendejadas lo aburrieron y cerró el suministro. Así fue cómo recalé en el departamento de los Bartelli.

Carola, en un arrebato de instinto maternal, me adoptó una noche que llegué borracho, lloroso y desesperado por no tener dónde dormir. Se compadeció con mis lágrimas y me extraditó al cuarto de su hermano. Al despertar yo no sabía qué había pasado ni qué hacía ahí. Piero se mató de risa al recordar el papelón que hice y cómo su hermana me metió a la ducha de agua fría. Recuerdo que regresó del trabajo,  me miró y se rió. En la cena y con voz autoritaria dijo que podía quedarme en su casa, siempre y cuando guardase las buenas costumbres. Piero sonrió y esa noche salimos a festejar a Barranco.

Debo respetar las buenas costumbres de Carola, no las mías. Es el acuerdo que firmamos la primera noche que tuvimos sexo. A partir de la borrachera de bienvenida me convertí en su objeto carnal. Con veinte años encima soy un volcán efervescente y ella, frisando los cuarenta, rumbo a la soltería indeseada y dueña de un amplio prontuario de amores fallidos y una vez desairada frente al altar, tiene a disposición el pene esquivo sin necesidad de salir de casa.

Avanzamos lentamente por la autopista y pienso en la ambivalencia de los sentimientos de Carola. En un arranque de ira es capaz de echarme a la calle y a renglón seguido pedirme perdón, llenarme de besos y ser una fiera en la cama. Algún trastorno de personalidad recorre esos pensamientos, analizo sin importarme mucho. Mientras la tenga sedada no me importa el sacrificio. Si algo debo reconocer y aplaudir es su mente abierta para este tipo de relaciones. Tolera mis enamoradas de turno mientras no le falle sobre las sábanas. Sé que también se encama con otros  pero no me incomoda. Ambos tenemos el compromiso de cuidarnos y no contagiarnos alguna venérea. Nuestra diferencia generacional es el muro que separa las fronteras y a la vez el límite para el sentido común.

Por fin Piero cancela el monto del peaje y tenemos vía libre. Carola lo obliga a detenerse en los puestos ambulantes de artículos playeros al paso y desciende para adquirir un sombrero de ala ancha que le proteja los hombros. Voltea para que lo vea puesto y le guiño el ojo aprobando. Gira provocativamente la cabeza y el aire que se filtra por la ventana del carro me trae su perfume. Es una mujer coqueta, veterana en los escarceos amorosos y si la satisfago tengo asegurado el sexo casero y las propinas generosas.

Piero no dice nada. Es un interesado y está feliz recibiendo el dinero semanal. En su cerebro marihuaneado ha compartimentado nuestra sólida amistad y lo que su hermana haga con su cuerpo no le incumbe. Aun no confiesa su homosexualidad y lucha por hallar la ocasión propicia para hacerlo. Soy el único que lo sabe y sufro con sus angustias. Hasta el momento guarda  las apariencias, pero es cuestión de tiempo. Entre nosotros no existe posibilidad de acercamiento porque puse las cosas en claro y esa es la firmeza de nuestro cariño. Los tres llevamos la fiesta en paz en un mundo de armarios, roperos y baúles llenos de inhibiciones y frustraciones.

La pista es una lengua que reverbera con el vaho que sale del asfalto. Surgen espejismos neblinosos a medida que avanzamos. Veo el velocímetro y marca el límite máximo de velocidad permitido. Piero es un buen conductor y sus mejores hazañas al volante las llevó a cabo en completa ebriedad. En esta mañana ardiente ni una gota de alcohol corre por nuestras venas. Los letreros de los costados se suceden a medida que nos aproximamos a la curva que lleva a la entrada del pueblo. Frente a nosotros, a poco más de un kilómetro, el desvío anuncia la inminente subida. Piero desacelera para enfrentarla y la maniobra está bien hecha, cuidadosa y milimétrica. La radio nos arrulla con una canción de Phill Collins y la baranda de protección de la derecha nos aleja del precipicio. Damos la vuelta sin tropiezos y enfrentamos el desvío. Los márgenes de la pista están invadidos por empleados de los restaurantes locales que invitan a consumir los tradicionales desayunos de la zona. Piero los esquiva con solvencia y devora los kilómetros que faltan para llegar.

Antes de entrar al cementerio, Carola baja de la camioneta para comprar flores. Vemos su paso apurado y comprometido, como si quisiera terminar la visita cuanto antes. Regresa con el arreglo floral y Piero reanuda la marcha. Llegamos a los dominios de los cadáveres enterrados, incinerados y olvidados. Mi amigo aparca la camioneta y descendemos.

 Seguimos a Carola en fila india. Con seguridad y conocimiento del lugar nos lleva a la tumba de su madre. Nos mira solemnemente y entendemos la intimidad del momento. Tomándonos de las manos hace un pequeño círculo, cierra los ojos y reza en voz baja. Piero y yo le seguimos la cuerda. No somos partidarios de este tipo de ceremonias y creemos que es mejor recordar a los muertos que visitarlos. Súbitamente, Carola deshace el círculo y se arrodilla abrazando la fría superficie de mármol. El llanto es incontenible, al punto de perder el sombrero de ala ancha. No se inmuta y aguarda que se lo alcance. Lo hago y le entrego una mirada sorprendida. Parece que un fantasma me la devuelve. Se recompone y  solloza.

─Mamita, sé que tu muerte no fue natural ─musita ahogándose con el llanto ─. Te suicidaste  con el veneno de la depresión.

Piero intenta abrazarla, pero una cachetada lo hace desistir. Tan asombrado como él me interpongo para separarlos. Carola se da cuenta de la reacción que ha tenido y coge a su hermano de los cabellos, delicadamente.

─Traté de ocultarte, pero ella fue más perspicaz y se dio cuenta.

Piero abre la boca y queda petrificado unos segundos. No sabe qué hacer ni decir. Me mira y escupe la pregunta que le anuda la garganta:

─ ¿A qué te refieres?

─Nuestra madre murió por ti y no por papá ─responde Carola, transparentando sus ojos llorosos

Piero gira dándonos la espalda; no quiere que veamos su rostro sonrojado. Lo conozco tanto que está muriendo de vergüenza.

─Perdona, hermanito. Es la verdad que nunca pensé confesar y ahora, al pie de la tumba de nuestra madre, sentí su voz pidiendo que te lo dijera.

La visita está desbordándose, reflexiono convencido. Desconozco a Carola por haber cometido semejante desliz. Tampoco imaginé que supiera  la inclinación sexual de Piero. Si lo sabía, como ha revelado, debió callar y llevarse el secreto a la tumba. Debió protegerlo y no joderle la vida para siempre. El chivo expiatorio, culpable del divorcio, seguiría siendo el padre.

─Volvamos ─. Ordena y se acomoda los lentes ahumados.

Tomo a Piero del brazo y regresamos a la camioneta. Le pregunto:

─ ¿Quieres que maneje?

Piero niega con la cabeza y enciende el motor. Salimos del cementerio con el corazón adolorido. No era el momento ni lugar para explicaciones, reclamos o insultos, razono vagamente. Ya habrá oportunidad de hacerlo cuando las cosas se enfríen y predomine el buen juicio.

Piero tiene la mirada al frente, está en piloto automático. Avanzamos, esquiva los carros que nos preceden y de una curva escondida aparece un perro negro, peludo, grande, escapando de algo. Piero lo ve e intenta no atropellarlo. Lleva el timón hacia la derecha porque en sentido contrario viene un ómnibus lleno de pasajeros. Alcanzamos a ver cómo el enorme vehículo despedaza al animal. La maniobra evasiva de la camioneta hace que derrape hacia el costado, levanta polvo y cascajo. Sin dirección da varias vueltas de campana y mi cinturón de seguridad está suelto y salgo disparado por la luna delantera. Vuelo, veo el suelo a poco más de un metro de altura y, antes de cerrar los ojos, observo el puesto de sandías que amortigua mi caída.

Voces desconocidas rompen el instante, clamando auxilio. Estoy atontado y el dolor de cuello me impide rotar la cabeza con facilidad. Abro los párpados y el sol me castiga las pupilas. Saboreo sangre y con la mano temblorosa sobo la frente para descubrir que está cortada. No puedo analizar lo sucedido y solo acepto que estoy vivo, lleno de jugo y con una clavícula quebrada. No hay dolor y la adrenalina me incorpora en contra de lo que dicen los curiosos. Tambaleando distingo a Piero zigzagueando como autómata y sus pasos erráticos lo alejan progresivamente. Tiene el rostro desfigurado y el cráneo abierto, del que emerge algo de masa encefálica. Es un milagro que esté vivo, pienso. Quiero asistirlo, es un decir, pero el mareo que experimento me nubla la visión. En cualquier momento perderé el conocimiento y ojalá la ayuda médica ya esté en camino. Mi amigo se confunde en el gentío y de repente huelo el perfume de Carola. Remedando a una fiera herida gatea sobre la arena y se toma el abdomen. Logra incorporarse y sus manos presionan algo que parece un pedazo de intestino saliendo. Corro hacia ella y me dirige una mirada de incertidumbre. Me acerco para abrazarla y contener la inminente salida de sus vísceras. A pocos pasos de ella escucho que me llaman. Sin oponer resistencia me acuestan en una camilla, colocan un collarín cervical y alguien introduce una aguja en mi vena. Luego mi cuerpo es llevado apuradamente hacía una ambulancia. El árbol del camino se yergue roto, astillado y sus ramas, semejantes a puñales afilados, me indican la crueldad de la escena. Al pasar al lado de la camioneta destrozada distingo el interior y mis amigos están discutiendo. Piero agarra el timón y Carola se arregla el sombrero de ala ancha.

Portada: Súper Curioso


OSWALDO CASTRO (Lima, Perú)

Médico-Cirujano. Gastroenterólogo. Administrador de Escribideces-Oswaldo Castro (Facebook) y colaborador con Fantasmas extemporáneos, Fantasmas trashumantes (mini relatos) y Fantasmas desubicados (micro relatos). Publicaciones On line en Voces polisémicas: (2017), The Wax (2017, 2018), Ucronías Perú (2017, 2018), El Narratorio (2017, 2018), Penumbria (2018), Historias Pulp (2018), Revista miNatura (2018), Revista Cuenta Artes (2018).  Al borde de la caverna (2018), Círculo de Lovecraft (2018), Revista Ibidem (2018), Revista Poiesis (2018), Revista Molok (2018), Revista Aeternum (2018), Revista Equinoxio (2018), Revista Nocturnario (2018), Revista Espejo Humeante (2018), Revista Fantastique (2018). Mi cuento “PATERNIDAD” se incluye en la antología “Cuentos peruanos sobre objetos malditos” de la editorial El Gato descalzo (2018). Mi cuento “QUEROVILCAY”  integra  la Antología internacional de ciencia ficción y narrativa fantástica en un contexto neo indigenista a ser publicado por PEN BOLIVIA (2018).

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