Bus camino a Lima

La madre en el bus interprovincial despertando de un letargo poco reparador abría perezosamente sus henchidos ojos, el hombro de su comadre que aún duerme a su vera le sirvió de dura almohada, también de sostén de todos sus laberintos oníricos, hombro que mojó con una saliva ácida, una saliva de sueño intranquilo y pesadillas, una baba densa que se asemejaba al pegamento. Fue el ininterrumpido lloriqueo de un infante lo que la devolvió a ese bus interprovincial atiborrado, caliente, oloroso de frutos podridos y mostaza, de vinagres y cabeza sucia, de sudor rancio, de abandono inveterado.

La madre en el bus interprovincial adormecida, puestos los ojos entreabiertos a la ventana, contemplando sin interés un inhóspito e inverosímil paisaje plagado por momentos de innumerables flores silvestres multicolor, salpicadas en torno a extensos e irregulares campos que parecían derretirse a las faldas de los cerros que copaban el derredor; cerros a veces granates, a veces verdosos, otras grisáceos; cerros guardianes amontonados o esparcidos, montañas arrogantes que siguen a aquella madre cado paso del sinuoso camino, cerros horizontales que juegan a comenzar y terminar con un cielo que se perfilaba diáfanamente azul, interrumpido apenas por la blanda pomposidad de algunas nubes espaciadas. Los riachuelos, las quebradas, la camaleónica tierra, la falta de poblados, de hombres y mujeres, la irremontable soledad del bus interprovincial… De pronto una choza en medio de una planicie desértica sin nada ni nadie alrededor, burlándose de todos, le abría la puerta al absurdo: ¿Quién puede morar en medio de la nada?.

Si aquella madre no tuviera que estar en ese bus camino a Lima para reconocer el cadáver de su hijo Nabucodonosor, tal vez pudiera apreciar, fijarse siquiera, en ese irrepetible paisaje.

Pero los ojos no estaban puestos en el apócrifo paisaje, solo miraban hacia el interior, a las admoniciones de la memoria, al recuerdo del hijo perdido que se inmiscuía en la madre, las imágenes que irrumpían y consumían su pensamiento todo, agitadamente, como el fuego al papel. No lo miraba hacía mucho, hace tantos años que se había marchado de su casa que ya ni se acordaba cuándo; se fue a Lima a trabajar, no le gustaban las cosas del campo ni trabajar solo para comer, siempre estaba intranquilo con el ojo puesto más allá de los cerros. La madre recordaba a Nabu, como ella lo llamaba, como en un sueño antiguo contemplándose por largos momentos en los espejos usualmente quebrados de la casa. Tenía un primo en la capital y se largó a la primera oportunidad que tuvo para trabajar, para sufrir su provincianismo e intentar la felicidad ¿Cómo la habrá pasado?; la madre no sabía del trajín de Nabucodonosor en Lima, el teléfono más cercano a la casa estaba en un poblado que quedaba a dos horas de ardua caminata, tampoco sabía leer, así es que no recibiría cartas del hijo. Sólo después de un tiempo, una vecina, que había estado en Lima, le contó sin rodeos que su hijo se había transformado, que ahora era maricón, que usaba el pelo largo, teñido rojizo rubicundo, se había operado la nariz, se había puesto tetas, y ostentaba un enfático culo, sabía también que trabajaba en una peluquería y ya no se llamaba Nabucodonosor, ahora se hacía llamar Raffa (sí, con doble ff); aparentemente le iba bien pues siempre le mandaba dinero a su madre. ¿Cómo luciría Raffa?, ¿Cuán cambiado estaría?. Preguntas sin respuesta, la madre sólo imaginaba a Nabu con el pelo rojo y sonreía, pero no dejaba de quererlo ni un poco, ni un momento.

Pero la madre tampoco sabía que su hijo-hija tenía una pareja, un gasfitero, un mercachifle casado por iglesia: Juan, un gasfitero de barrio pobre acostumbrado al hedor cloacal, a las manos sucias y grasientas y a las manchas en la ropa, un mil oficios que al ver como día a día Raffa se transformaba con su plata de peluquería, poniéndose más exuberante, más como mujer, éste iba alimentando unos celos irrefrenables, mortales. Un día Raffa salió a un baile del barrio y no contestó ninguna de las cincuenta y cinco llamadas telefónicas de Juan, quien iba encendiendo una inextinguible chispa de delirio. Un delirio que lo llevaría a golpear a Raffa, amordazarlo a una de las sillas de la peluquería, ahorcarlo, quemarle los dedos y, finalmente, ya sin saber si seguía con vida, hundirle el cráneo con una rotunda piedra.

Piedra. Piedras que se resbalan imperceptiblemente de los cerros, caen rebotando y se reinstalan; ¿cuántas por día? incontables, y nadie se percata de eso. ¿El tiempo pasa igual en ese despeñadero donde las piedras se desbaratan una tras otra sin testigos? La piedra aislada cayendo, transformando al cerro, construyendo un nuevo paisaje del que nadie se percata en esas periferias olvidadas por los pasos del hombre, el cerro de ayer no es el de hoy gracias a esa piedra que cae, que se desliza sin ambages como el sueño de la madre que vuelve a adormecerse dentro del soporoso bus, sueño que viene lentamente, resbalándose tímidamente junto al sonido constante de los tenues ronquidos de la comadre que la acompañaba a Lima y le ofrece, indulgentemente, su hombro-almohada húmedo de babas, su desinteresado amparo.

La angustia, de pronto la vigilia, el recuerdo intranquilo, la sensación de pérdida, el descanso frustrado por la premonición de ausencia del hijo-piel-pecho, sobresalto, incomprensión, tristeza: pobre el hijo degollado por un gasfitero, las manos quemadas, el cráneo hundido, pobre el hijo-hija que salió adelante en Lima y hasta pudo mandarle dinero cada mes para ayudarla, peluquero, maricón, transformado con nueva cara, nuevo cuerpo y nuevo nombre, al final eso es no importa para aquella mujer sentada en la desdicha tibia de aquel bus. Pobre madre en un abandonado bus sentí-pensando a su hijo quien verá por última vez en una abyecta morgue limeña, lo verá tan transformado por su deseo y su dinero, pero además tan magullado por la pulsión asesina de Juan enfermo de celos, que le será difícil reconocerlo. Pobre madre que va a una ciudad de la cual solo ha oído decir que es la capital de su país, donde no conoce a nadie y su poco dinero (aquel que le quedaba de lo que le mandaba Raffa) no le alcanzará para nada. Pobre madre en un atiborrado bus interprovincial yendo a un lugar donde probablemente no entenderán su casi nulo castellano. Aquel lugar en el que se verá frente a su hijo y pronunciará su nombre: Nabucodonosor, clara y lentamente para traerlo por última vez con ella, aquel lugar donde llorará frente al cuerpo inerte de Raffa mojando nuevamente el hombro de la buena comadre, esta vez, con lágrimas infinitas.

La ventisca acelerada, impredecible, alborotando lo que encuentra a su paso, arrojándolo violentamente contra el solitario bus, el hombre nunca ve donde acaba el viento; este que está chocando, resistiendo, presionando y tratando de tocar la cara de la madre acongojada que no despega los antiguos ojos de desesperanza de la empañada ventana, mirando, dándose cuenta de que el camino cambia, que el cielo abandona el azul, que el gris y la humedad se apoderan del horizonte, que muy pronto estará llegando a su destino.

Portada: Alonso Tejada Polar


JOSÉ WALTER BUSTAMANTE (Lima, Perú)

Nací en Lima en diciembre de 1980, pero me trasladé desde niño a la ciudad de Arequipa de donde es mi madre y donde vivo actualmente.

Estudioso de la literatura y la realidad latinoamericana, psicólogo de profesión. Publiqué mi primer artículo sobre la relación del “Ulises” de James Joyce con el pensamiento de Ortega y Gasset en “La Rebelión de las Masas”. Después, basado en las ideas de mi tesis, publiqué un libro sobre la relación del Mestizaje y los rasgos de personalidad Borderline en el Perú. Interesado en la historia y los procesos de formación social en Latinoamérica.

Abocado estos últimos tiempos a la creación literaria, he publicado un libro de cuentos llamado La Agonía del Camarón y una novela corta titulada Angustias de Domingo. Actualmente estoy buscando los medios para publicar mis obras.

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