LA NOCHE DE SAMAEL: La niña en la lluvia ácida

Mariam despierta de golpe. Un mal sueño, solo un mal sueño se repite. Se levanta de la cama, se dirige al baño para enjuagarse el sudor frío que le corre por el rostro. Abre el grifo y se avienta agua a la cara como si tratara de ahogarse. Siente el salpicar, las gotas que caen a sus pies. Este líquido es diferente, no es rojo ni apesta, es agua, el agua la limpia, la purifica, no la mancha ni la ensucia. Mariam comienza a toser, ha conseguido atorarse con una bocana de agua. Cierra el caño y se pone a llorar, se alegra que sus lágrimas también sean líquidos que se mezcla con el resto del agua. Alza el rostro y busca una toalla para secarse. Cuando abre los ojos para mirarse al espejo, nota tras su reflejo un rostro familiar y una sonrisa amenazante. Es ella. Mariam grita y lanza un golpe al espejo. El vidrio estalla salpicando trozos lumínicos por todo el cuarto. Mariam mira a todos lados. Solo encuentra las baldosas blancas y frías de su baño. Está sola. Se desploma sobre el piso completamente mojado, llora de miedo e impotencia mientras que el sudor frio vuelve a súrcale el cuello y el recuerdo de la sangre caliente recorre su mano cortada.

Toca dar su testimonio a la policía otra vez. Mariam se venda la mano herida y se dirige a la comisaria mientras que recibe insultos y maldiciones de las madres y familiares de aquellos que no sobrevivieron. ¿La odian por vivir? ¿Hubiera sido mejor morir con el resto? No fue elección suya. Ella hubiera escogido estar muerta también.

Llega a la sala de interrogatorios como de costumbre. Los oficiales a cargo la hacen pasar con tantas veces lo han hecho. La oficial Vernan trae algo de té. Mujer corpulenta, de unos treinta años aproximadamente, casi nunca habla, eso a Mariam le molesta, pues tiene una bella e imponente voz, piensa ella. Luego de unos minutos entra Cambel, rascándose la nunca como siempre mientras suelta el típico bostezo de cansancio. Mucho menor que Vernan, a Mariam no le agrada ni le incomoda, pero desearía que por una vez sea solamente ella y la bella oficial de treinta años.

Le hacen las preguntas de siempre. Ella contesta con las respuestas de siempre. Sobre ellos, una pequeña televisión sintoniza el canal 4 donde su foto sale junto a unas letras grandes y rojas: “sospechosa del asesinato de 58 jóvenes y la desaparición de una joven”.

– ¿Quien puso esa mierda? – dice Cambel.

– Tú sabes que el comisario quiere aprovechar el escándalo como sea- responde Vernan mientras apaga el televiso

Mariam mira de reojo los muslos firmes y carnosos de Vernan mientras se estira para apagar el televisor. Cambel la interrumpe y empieza con las preguntas.

– Conocía a las víctimas?

– Sí.

Euforia, hormonas, alcohol, adolescentes encamados cuyos cuerpos parecen retorcerse en las paredes. Agridulce lujuria que se mezcla en el sudor rancio y el olor a sexo de pubertos en celo.

– ¿Qué relación tenía con la chica desaparecida, Amy Robles?

– Ninguna.

Amy, la rara, la apartada, la paria. Vestido negro y maquillaje oscuro. Ojos profundos. Mirada perdida. Amy. El cuaderno de Amy. Trazos errantes, tinta esparcida. Demonios y monstruos delineados por los filos del lápiz. Amy. “Mariam”. Amy. “¿te gustan las serpientes?”. La serpiente del cielo. “De mordida carmesí”. El veneno divino. “Que pudre el alma humana”.

– !Ey! Señorita Elvian. Comprendo su cansancio. Por favor, no se distraiga. Así terminamos con esta mierda rutinaria y mandamos a todas esas viejas escandalosas a sus casas.

Prosigue Cambel.

– ¿Dónde estaba el día del incidente?

– En la fiesta.

Estallido de esperma y fluidos. Dos sillas solas. dos personas solas, juntas. Mariam busca al cielo. Amy, absorta en su cuaderno, no deja de garabatear “58” una y otra y otra vez. Cada vez más retorcido y distorsionado. Unos dedos largos y delgados sostienen el cuaderno. Las hojas vuelan por el patio y aterrizan en la piscina de la casa. Risas y burlas. Dedos largos arroja un vaso de licor hacia Amy. Explosión eufórica de carcajadas insufribles. Amy se levanta. Sus ojos escurren dos cascadas de maquillaje oscuro. Extiende la mano hacia delante y sonríe. “Quémate”.

– Como única testigo presencial de lo ocurrido. ¿que ocasionó la muerte de los involucrados?

– Una implosión.

“Quémate”. Sigue el ensordecedor bullicio. No paran hasta que dedos largos comienza a asfixiarse, luego a toser, cae de rodillas al piso. Las risas cesan, se vuelven murmullos de preocupación. Le vienen arcadas seguido de un vomito negro. Grita de dolor. Entonces su cuerpo estalla.

– ¿Una implosión?

-Si, una implosión. Seguido de un incendio

Implosión de fuego y carne. Los restos ardientes caen sobre los presentes, incendian los pastizales, creman las cortinas de la casa. Un estallido de sangre hirviente empapa a Mariam y a Amy. Gritos y agonía, mientras la pequeña gótica extiende su mano a otra víctima y da la orden. “Quémate”

– ¿Cómo explica la sangre y los cuerpos mutilados?

-La implosión, luego el incendio. Luego otra implosión. Después otra.

Otro invitado revienta como globo. Mariam quiere gritar, pero no puede. El líquido rojo arde sobre su piel. Amy sonríe mientras riega el patio con fuego y entrañas de sus compañeros. Unos intentan huir, pero explotan al instante. Otros son devorados por las llamas. Algunos logran lanzarse a la piscina en un intento de sobrevivir a las brasas. Amy se detiene. Coloca su palma sobre la membrana del agua. Aterrados intentan salir. Ella pronuncia: “surge, veneno divino. SA-MA-EL”. El agua se vuelve tinta oscura que comienza a succionar y tragarse a los desafortunados. Luego se retuerce y crece como un torbellino que se eleva en forma de serpiente. Amy extiende los brazos para recibir a la criatura mientras que su tinta negra se vuelve rojiza a medida que asciende. Sigue extendiéndose hacia el firmamento nocturno. Aparece la cabeza, le sigue la boca junto a un alarido incomprensible. Despliega seis pares de alas, luego explota. La lluvia de tinta, sangre, papel y entrañas bañan por completo a Mariam, mientras que Amy festeja con risa demente, abriendo su boca para saborear su malévola ponzoña.

El dolor del recuerdo hierve. Mariam grita y golpea su cabeza contra la mesa de la sala de interrogaciones. Su cabeza le arde al igual que la herida de su mano. Todos los recuerdos vuelven, tan claros como el agua de su baño; tan turbios como la sangre que la inundó esa noche.

– Señorita Elvian ¿qué le sucede?

– ¡AMY! ¡AMY!

– Está descontrolada, Vernan ayúdame a sujetarla.

Ambos oficiales se levantan. Retienen sus brazos, los apartan de su cabeza. Mariam no se detiene. Sus ojos se inyectan de sangre, su cuerpo no deja de retorcerse y temblar. Vernan le habla, trata de calmarla. Siempre le ha gustado escuchar su voz y ahora no puede oírla. Los carnosos labios de Vernan se acercan a ella. Están frente a ella. Tan cerca. Más cerca. Sus labios rojos, rojos y delgados, los labios de Amy, frente a ella. Ambas bañadas en sangre. Amy acerca su boca a la de Mariam. Sus labios se unen. Mariam siente una calidez que va creciendo hasta llegar a quemar. Reacciona tarde. No. No es un beso. Está vertiéndolo, vertiendo aquella lluvia ardiente en su boca. El líquido le hierve la boca, le corroe las entrañas. El dolor es insoportable que se siente desfallecer. Lo último que recuerda antes de desmayarse, son dos ojos vacíos mirándola desde la oscuridad.

La pesadilla termina. Mariam despierta en la comisaria. Solo fue un mal sueño, le repite Vernan. Cambel habla por teléfono pidiendo una ambulancia. No es solo un mal sueño. Ya no lo es. Sus lágrimas corren su maquillaje formando dos riachuelos oscuros en cada una de sus mejillas.

-Fue ella. Fue Amy. Ella los mató a todos.

Vernan y Cambel quedan paralizados.

– A todos. Menos a mí. ¿por qué? ¿por qué no hizo? ¿por qué me dejó vivir?

Los dos policías no salen de su asombro. Después de meses de interrogatorio, esta era la primera vez que la chica decía algo nuevo. Lo que más les sorprendía y aterraba era que, con solo ver el rostro de la desesperada joven, sabían que lo que todo decía era cierto.

El día termina, impera la noche. Miriam permanece en la sala de interrogación. Vernan permanece a su lado cambiando los vendajes de su mano. Cambel sale a recibir a los paramédicos que la llevaran al hospital. Frente a la puerta de la sala, Cambel se detiene. Las palabras de la joven lo inquietan. No importa cuán improbable eran sus declaraciones. Una sensación extraña le decía que es lo que estaban buscando. Que la responsable de todo era Amy Robles y debían encontrarla cuanto antes. Esa misma sensación le helaba la sangre mientras un escalofrío trepaba por su espalda mientras giraba la perilla de la puerta. Un sudor frío recorre el cuello al encontrar a su compañera desplomarse hacia el suelo vomitando sangre negra. Lo último que alcanza a ver el oficial Cambel son dos ojos vacíos que lo observan en la profundidad de la sala y una mano vendada que le ordena “Quémate”.


LEANDRO CABRERA (Lima, Perú)

Estudiante de Literatura de la Universidad Científica del Sur. Ha participado en el III CONGRESO INTERNACIONAL DE NARRATIVA FANTÁSTICA y en I CONGRESO ANTONIO CORNEJO POLAR, como parte del Comité Organizador. Actualmente, es codirector de MOLOK. Revista virtual de artes.

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