Pandillas

Conocí a L el 28 de abril del 2016. Lo recuerdo con claridad porque el día anterior acababa de cumplir treinta años y esperaba que pasara una tragedia. Caminaba por la calle con la consigna de que algo terriblemente malo sucedería en cualquier momento.

Era mediodía cuando me llamó Carlos. Me dijo que ya todo estaba verificado, que mi misión no tendría ningún riesgo. Son choros sin gracia, fueron sus palabras exactas.  Yo nunca me lo tomaba enserio, por eso, en vez de guardar una pistola, como solía hacer para estos casos, metí dos y una cuchilla. Me puse unos lentes sin medida, me desordené el pelo y me disfracé. Tenía que meterme en el papel de escritora esa noche.

Ahora, L no me conocía a mí, pero yo sabía quién era desde el 2014. Llevaba dos años siguiendo los pasos de M, el líder de su banda. L para nuestro mapeo era el segundo al mando, pero todos nuestros testigos coincidían en que era terriblemente cruel en sus interrogatorios y el que tenía más conexiones con los cárteles en Madre de Dios y Bolivia.

Me dije que tenía que andar con cuidado esta vez. Tomé la primera casaca negra de mi cama y me despedí de Luciana. Y todo sucedió tan rápido que en mi cabeza por momentos siento que esa escena ocurrió al final y primero fue el tiroteo y luego la huida. Otra parte de mí, cuando me miro al espejo saliendo de la ducha y me veo ojerosa y con el cabello mojado sobre el rostro; otra parte de mí, cree que estoy en la mitad del camino, cree que estoy tirando dedo con él hacia Colombia y le cuesta mirarse en el espejo. Pero la primera escena fue cuando me acerqué a M. No, la escena primera fue mucho antes. Sí, claro, llegué a la feria del libro, compré dos poemarios con portada blanca. Hice la cola para que los autografíe y mostré mi mejor sonrisa. Fue bastante fácil.

Luego estábamos en un bar y mi objetivo iba de maravilla. Había prendido la grabadora, saqué el poemario de Rodolfo, ganador del copé de ese año. Aparentemente no habría nada de qué sospechar en un poeta ganador de un premio entregado por Petro Perú, pero lo raro de su libro era que la editorial de M, en asociación con VichamaCompany, habían publicado no un tiraje de 300 o 1000, que es lo común; sino de 8000 libros. Incluso hasta esta parte de la investigación Carlos solía no tenerme fe, pero a fines del 2015 descubrimos que las portadas de los libros hechas de cartón, cuando eran abiertas ligeramente con una cuchilla, oilá: coca de la más alta calidad.

Que si la misión era sobre el poemario, absolutamente, no. Que si teníamos un interés en la editorial de M, tampoco. Pero el accionar de M hasta ahora sigue siendo el mecanismo más simpático que hemos encontrado. M venía distribuyendo coca en todo el Perú con sus libros. Se los pasaban de mano en mano. En Puno lo llevaban hasta Bolivia con ayuda de los pobladores de Uros, donde no emplean la moneda, los seguidores de M los habían captado con otro tipo de incentivos.  Primero fue una tienda pequeña de recuerdos, luego un transporte de ropa, hasta que por fin, encontramos un poemario y ya estaban los interrogatorios. Necesitábamos algo que inculpe directamente a la editorial para poder  meterlo de una vez a la cárcel.

M me preguntó si me gustaba la coca, le dije que sí. No había calculado muchas cosas ese día. Luego de que abrió su propio libro y armó tres líneas, me dijo: Las mujeres primero. Lo miré llena de rabia y no supe qué hacer. Me cogí el cabello, balbuceé un poco y luego terminé cediendo. Acto seguido M llamó a todo su séquito y supe que estaba irremediablemente perdida.

Por la coca y la cerveza me sentía descompuesta, no podía calcular la ubicación de mi nariz y mis entrañas empezaron a dar vueltas. Tengo horas vacías en mi memoria, hasta que uno de los sujetos, no recuerdo su nombre, me dijo: ¿Carla?

Lo miré y le dije que me llamaba Angélica. Tu cara se me hace familiar, me dijo. Mi nariz era mi centro de atención entonces: me ardía, la sentía helada. Me relamí un poco los dientes para intentar vanamente salivar las fosas nasales y luego otro de los sujetos dijo: Te me haces familiar.

No me daba cuenta de nada. En un momento L me miró fijamente. Intenté evitar la mirada, pero fue una flecha, una invitación, una leída del tarot de cuatro segundos, fue un recorrido de cinco kilómetros a pie en nuestras cabezas, no sé a ciencia cierta qué fue, pero fue eso mismo.

Me tomó la mano y me dijo: Corre. Retiré mi mano y lo miré ahora más enojada que nunca y volteé la mirada hacia la mesa.

Todos me miraban. M me preguntó sobre dónde había publicado mi “poemario”. Le dije: La marmota editores. No existe, me dijo más calmado que nunca. Nos miramos. Rodolfo se paró: Ya recuerdo dónde te he visto. Fue en el prostíbulo en Juliaca. Es policía.

La policía, repitió M. Y ahí mi memoria termina. Recuerdo luego que hubo una balacera. Estaba detrás de una mesa que usé como barricada con mi segunda pistola con cargas. Hasta que pum, se acabó. Y pasó lo inimaginable.

Rodolfo sacó una escopeta, me la puso en la cabeza y pensé que eso era todo. Fue más que una sorpresa un milagro de los ateos. En ese momento L le disparó. Luego sacó una granada y tomó mi mano y me dijo: Corre, carajo.

En piloto automático, le hice caso. Corrimos por toda la av. Camaná hasta llegar a Plaza Francia, hasta que recordé que había dejado la camioneta en el Centro cívico. Caminamos. Lo miré, me devolvió la mirada. Gracias, le dije.

No dijo nada. Caminamos por unas cuadras cuando me confesó que me conocía. No entiendo nada, le dije masticando las palabras. Fue entonces que todo perdió más sentido aún. Tengo recuerdos borrosos de L recitando poesía en medio de la nada, de mí bailando y hablando de un poeta llamado T.S Eliot. Luego nos sentamos en una banca y me dijo que tenía que huir del país, que me iban a matar.

Le dije que tendría seguridad de la policía y la DEA, pero me confesó que tenían infiltrados. Me dijo que mi socio era uno de ellos. Me quedé helada, y luego nos recuerdo cogiendo un papel y escribiendo en una banca títulos de música: Dylan, Beatles, The smiths, The strokes, Oscar de León, La india, otra vez Beatles, Oasis, y así hasta que llenamos cuatro páginas.

Luego me dijo que hagamos otra de poesía. Lo miré y miré la luna, gigante, rosada ese día. Lo miré y solo lo hice pensando que estábamos en una burbuja, que me estaba desdoblando. Le respondí que nunca había leído un libro de poesía y al segundo sacó una hoja.

Hicimos una lista, me decía nombres, de acuerdo a como sonaban los íbamos incluyendo: Las flores del mal, Los cantos de Maldoror, no, quién será Maldoror, le dije. Él solo me miraba, como si estuviera en esa burbuja también. Luego me recitaba un verso suyo y me convencía de ponerlo. Cuando nos dimos cuenta eran las 4:00 a.m. Corrimos hacia mi camioneta, le dije que estaba muy ebria. Le dije: huyamos.

Fue un segundo. Las losetas estaban en el aire, un balazo pasó por mi oreja, otro por su brazo. Nos arrastramos hacia la camioneta. El lanzó una granada y empezó a arrancar el carro. Corrimos a toda velocidad hasta mi departamento en Miraflores. Cuando estábamos por llegar le dije que parara.

Le dije, quiero saber quién es Maldoror. Me miró. Me dijo que huyamos, que podíamos refugiarnos en Medellín. El dirigía un cartel de droga allá y era competencia directa de M, ellos te protegerán mejor que la DEA.

Recuerdo besarnos por veinticinco minutos en la camioneta. Recuerdo que los vidrios se caían en nuestras caras y le dije que nos encontraríamos en el Jorge Chávez a las 8. Me  dio su número, me dio la lista de bandas y de poemarios, me dijo que debería ser poeta y en ese segundo le creí y lo besé de nuevo. Me sacó un libro de su mochila, era Pound, me dijo que lo necesitaba para a vida y algo en esa noche le dio sentido a esa frase. Fue un sentido trascendental. Recuerdo echarme a llorar y leer el primer verso. Recuerdo pensar que no entendía nada, pero era cierto. Una verdad pegada en la piel, en las encías superiores y en la mucosidad de las orejas.

Llegué a mi casa, saqué dos maletas y procedí a meterle toda la ropa posible. Empaqué lo necesario y cuando estaba por cerrarla Luciana empezó a llorar. Entró al baño y me preguntó a dónde iba. La miré, miré la cara de L con los 1350 libros de poesía en su cabeza, lo vi con una escopeta, con una ametralladora, con una moto recorriendo Latinoamérica. Nos vi asaltando bancos y me vi recorriendo el mundo con píldoras con droga en el estómago y el ano y me eché a llorar sobre la maleta. Luciana lloró conmigo.

Recuerdo que el llanto se extendió en toda la casa y las hojas con las listas lloraban más fuerte. Era un coro, una polifonía de la derrota.

Al día siguiente cuando fui al quiosco de periódicos, como de costumbre; ya sabía de antemano lo que leería.

Foto de portada: Lisa Carrasco


MARÍA FONT (Lima, Perú)

Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Se especializó en Gestión Cultural en el Museo de Arte de Lima. Ha publicado Blue tragedy o el panfleto del gatito negro (Editorial Feminista La Otra Voz, 2018). Este año publicó su segundo poemario, Aprendiendo a enterrar a los muertos, con Hipatia Ediciones.

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