Apocalipsis ahora

Siempre tuve fascinación por la Guerra de Vietnam porque un amigo de mis padres, a quien llamo tío, peleó en ella. Tenía él apenas diecisiete años, vivía en la pobreza y carecía de cualquier posibilidad de costearse una carrera. Entonces, se le ocurrió enviar una carta al gobierno de los EE.UU. ofreciéndose como soldado. Aunque fue éste más un acto de desesperación que de esperanza, su carta obtuvo respuesta, y pronto, se hallaba volando hacia aquel país donde las oportunidades eran enormes y los dólares, abundantes.

Tras un entrenamiento intenso, pero veloz, lo destacaron a Vietnam junto a un diverso grupo de muchachitos no blancos. Cuenta mi tío que los afroamericanos solían ser enviados al frente como carne de cañón, algo que décadas más tarde, South Park en su ácido humor llamaría «Operación Escudo Humano». Cultivó eternos lazos de amistad con americanos blancos, puertorriqueños morenos y algunos mexicanos, quienes «se parecen más a nosotros». Todos eran muchachitos con sueños de una carrera y una pensión vitalicia, amantes de contar anécdotas, emborracharse, fumar hierba y mostrarse como quienes eran en realidad: adolescentes ingenuos.

Mi tío fue de los pocos que sobrevivieron de aquel grupo, ya que las embestidas del ejército vietnamita eran siempre inesperadas, invisibles y brutales. «Son unos magos de la selva, aparecían de la nada». Herido de gravedad por la metralla, fue enviado de vuelta a los EE. UU., donde pasó meses en un hospital. Apenas pudo caminar, le ofrecieron la oportunidad de volver a Vietnam. Él se embarcó de inmediato en el primer vuelo, ya que la vida militar se había apoderado de su voluntad, y ese es un vicio que no tiene cura, tal como pudimos ver en The Hurt Locker (Kathryn Bigelow, 2009).

Lo que nos muestra Apocalipsis ahora (1979) es una de las versiones más salvajes jamás vistas de la carnicería vietnamita. En ella, vemos a un joven Martin Sheen (padre de Charlie Sheen) como el capitán Willard, a quien el alto mando encomienda una misión secreta que involucra ubicar en el corazón de la jungla al coronel Kurtz (Marlon Brando), en torno a quien se habían construido la leyenda sobre un desertor americano convertido en divinidad adorada por legiones de vietnamitas y blancos. Su misión es clasificada y no figura en ningún expediente porque consiste no solo en encontrarlo, sino también en matarlo.

Cuenta la anécdota que Brando se hallaba fuera de control por la cocaína, el alcohol y su arrogancia de siempre. Se dedicó a devorar grasa como un animal hasta que terminó tan obeso que fue imposible filmarlo (136 kilos). Se suponía que el coronel Kurtz era un atlético boína verde, no un white trash derrotado por la obesidad y las drogas que apenas podía levantarse de la silla, por lo que hubo que desechar todo el vestuario tan cuidadosamente diseñado para un Brando de muchísimos menos kilos. Por eso, las escasas -pero magistrales- tomas en las que aparece, lo muestran solo de media cara y en planos oscuros. Además, Coppola hace uso de sombras y siluetas para lograr la ilusión de que Brando podía moverse, consiguiendo además el efecto de misterio que, sin saberlo el director, era tan necesario para hacer brillar al coronel Kurtz, y que terminó plasmándose en una de las escenas más sublimes de la historia del cine.

Antes de este infernal rodaje, en los EE. UU. Martin Sheen se trenzaba contra sus propios demonios la depresión, el alcohol y la cocaína atrincherado en un rincón de su habitación, cuando fue convocado de emergencia como protagonista ante el despido de Harvey Keitel. En su lamentable estado, estuvo a punto de no aceptar el papel.

El director, Francis Ford Coppola, vivió el infierno del rodaje en las Filipinas con tal tensión que le costó un infarto y estuvo al borde de la muerte. Además, sufrió de un fuerte ataque epiléptico y una crisis nerviosa constante que lo llevó al borde del suicidio en al menos tres ocasiones. Como si esto fuera poco, el Tifón Olga arrasó con todo el set de filmación y el estudio se negó a enviar más dinero, mientras los actores y técnicos aprovechaban el descanso para emborracharse más, drogarse más y acudir a más prostitutas. Coppola tuvo que poner treinta millones de dólares de su propio bolsillo para que el rodaje pudiese continuar. Hubo peleas a puño limpio entre Martin Sheen contra Coppola y otros actores que se hallaban también al borde del colapso nervioso. Se habla del rodaje de Apocalipsis ahora como el más tóxico y miserable de la historia, y tal fue el sufrimiento que causó éste a todos los que participaron en él, que Coppola declaró: «Mi película no es sobre la Guerra de Vietnam. Es Vietnam».

Completamente drogado y sumergido en su personaje, un semidesnudo Martin Sheen se arrastró sigilosamente por el set hasta darse cara a cara ante un espejo. Horrorizado ante el personaje en que se había convertido (una mezcla de los atormentados Willard y Sheen), destrozó el vidrio con la mano. Lo que vemos en la película es, entonces, su sangre real, así como las expresiones de dolor, el sudor y la ira que estallaban a cada minuto en los rostros del resto del elenco. Esto vuelve a Apocalipsis ahora una película única: aquella que jamás debió filmarse o cuyo rodaje y edición se completaron de puro milagro.

Olvidaba mencionar que en Apocalipsis ahora podemos ver también a Harrison Ford con treinta y siete años, anteojos de nerd y un rostro de chiquillo imberbe en el que nadie reconocería a Han Solo. A propósito, dentro del concierto de desastres que significó Apocalipsis ahora, fue George Lucas el director que los estudios escogieron inicialmente para rodar la película. Sin embargo, fueron tantas las limitaciones de locación y presupuesto, que Lucas se negó a participar y prefirió embarcarse en un disparatado proyecto llamado Star Wars.

Una de las escenas más emblemáticas es la del surf en pleno bombardeo. Willard llega hasta una playa donde un joven Robert Duvall (el Consigliere de El padrino, 1972) en el papel del teniente Kilgore, permanece impasible ante el bombardeo y el fuego que cubre las olas, se desnuda el torso y se lanza a surfear con sus subordinados en aquellas aguas donde caen los misiles y las ráfagas de metralleta. En lo alto, sobrevuelan helicópteros. (Por aquel entonces, Filipinas se hallaba bajo el régimen de Marcos y en plena guerra civil, por lo que Marcos se hallaba constantemente solicitando esos mismos helicópteros del rodaje para combatir a los rebeldes de la vida real). Años de guerra han insensibilizado a los soldados a ese extremo. Lo que importaba no era vivir o morir, sino surfear. Willard, sin saber qué pensar, ni qué sentir, continúa en su búsqueda del coronel Kurtz, una que llegaría a su fin en un escenario dantesco, real maravilloso y donde las leyes del sentido común se van rompiendo una a una. Consigue, en efecto, llegar cara a cara con aquel hombre vuelto divinidad que es Marlon Brando a media luz. Enloquecido, como mi tío en el frenesí del matar para no ser matado -y con las muertes recientes de tantos amigos a cuestas- Willard se sumerge en parajes emocionales desconocidos y fascinantes que son capaces, por momentos, de cubrir su mente con una rara quietud. Esta paz, sin embargo, no duraría mucho.

Un dato encantador en medio de tanta desgracia es que Laurence Fishburne —Morpheus en The Matrix y actualmente con cincuenta y ocho años— tenía solo catorce cuando participó en Apocalipsis ahora. Tuvo que mentir sobre su edad para ser tomado en serio durante el casting, y consiguió así su primer papel en el cine.

No sé si sea ésta una película para todos. Lo que les aseguro es que jamás han visto nada parecido.

 

Foto de portada: Liverdades


CARLOS CAVERO (Lima, Perú)

De muy niño, quedó prendado de las artes plásticas y la literatura, placeres que dejó por muchos años para ocuparse de labores conocidas como funcionales: estudios y trabajo.
En 1997, ganó el Primer Puesto de los Juegos Florales Toulouse-Lautrec en Cuento y Poesía. No volvería a participar hasta Voces y Silencios de 2018, donde se adjudicó el Cuarto Puesto en Poesía.
En 2018 dictó el taller de narrativa Contemos una historia y publicó su primer poemario, Capturas de escafandra (Editorial Apogeo), cuyo universo piensa expandir a la prosa para completar una saga.

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