El inanimado broche perfecto para la odisea millennial de nuestras vidas

—Apreciación respecto a Toy Story 4 y cómo seguir adelante con los 90 que nos abandonan—

Muchos reniegan de Toy Story 4 como la prolongación innecesaria de lo que tentaba ser una trilogía casi perfecta o perfecta de plano (sobre esta discusión me enfrasqué, cerca de dos horas, con un muy buen amigo y mi apoyo fue y será para la nueva entrega producida por Pixar y Disney).

Considero útil una cuarta parte en la saga porque, al término de la tercera, a pesar de redondear potentemente un aparente final definitivo con semejante antagonista como el peluche Lotso, el ciclo de los juguetes de Andy (Woody y compañía) no podía quedar en un mero traspase de manos a Bonnie, una pequeña y timorata personaje desconocida, como dando la posta de toda una generación: la nuestra; la de los chicos de los 90 y sus ensueños y penurias emocionales afectada por el nuevo milenio entrante y etcétera, etcétera.

Tenía que escarbarse un poco en Bonnie y la nueva relación de esta con Woody, el personaje protagónico de la franquicia. Tenía que ahondarse, mejor dicho, en la posruptura de Woody y su antiguo e inolvidable niño, Andy. Toy Story 4 debía focalizarse en el qué-pasará-conmigo-sin-mi-amigo/soporte-y-si-solo-soy-muñeco-inanimado-sin-utilidad-para-alegrar-a-nadie.

En tal sentido, me seduce mucho el eje conflictivo de esta entrega: se rompe la linealidad del ciclo hasta entonces (el eterno culebrón de retornar a casa con el niño-dueño de la 1, 2 y 3) y el vórtice del problema se arremolina en torno al propio Woody y su crisis existencial de hallarse en el mundo. El —diría— ya clásico y necesario conflicto argumental de «el hombre contra sí mismo». Por tanto, Toy Story 4 me parece una película más humana, cuestionadora, inquisitiva en ciertos aspectos verificables en nuestro día-a-día y mucho más desafiante que sus antecesoras.

No puedo librarme de ese halo azul que pende sobre mi cabeza al recordar el sábado en que la vi. Estaba con S., su hermanito y mi hermanita y el grueso de sus lágrimas fue mi único grandísimo llanto. Allí, en una butaca del Cineplanet de Mall del Sur, he moqueado por tres y me quedo corto. Desde el inicio, la peli despunta un largo y sinuoso trayecto que Woody tendrá que recorrer en pos de resolver el enigma de su «Qué-será-de-mí-más-adelante». Ese flashback con Bo Peep debajo del coche, cuando esta le da luces de un posible porvenir para él en calidad de juguete no servible, es una revelación: Woody, el vaquero de plástico, tendrá que ser valeroso a fuerza de olvido. Como pasa con los personajes de carne y hueso, en nuestra vida original. Y en esa tónica se desarrolla Toy Story 4: es plenamente el drama de Woody y su encontrarse y atravesar su propia odisea. Nada que ver con los tres títulos anteriores en función a un público menos adulto (los chicos de los 90 ya bordeamos los 25 años o estamos sobre esa valla) donde, si bien es cierto se practicó, temas como el fácil abandono por parte del otro (recordar a la vaquera Jessie; al mismo Lotso) no son planteados con tal hondura y vigencia (y esta última palabra la empleo en reminiscencia a una «liquidez de sociedad» o más bien una sociedad inestable, líquida como el agua, que ya anunciaba Zygmunt Bauman la década de ayer para nuestro hoy de vínculos no vinculantes).

Me parece preciso que en la época de Tinder y demás falseo a través de equis plataformas de interacción virtual, donde no comulgamos ni un carajo con la intimidad de nadie, una lectura como esta —que la compartí con otra persona— pueda lograrse desde un largometraje animado «para niños». El hecho de quedarse solo y replantearse el camino desde su íntimo proceso de soledad, de encontrarse en empatía emocional con la concepción de otro (aquí entra Forky: un muñeco-basura), de abocarse a la felicidad-superación de uno como en la de tu semejante con una mirada un tanto altruista/cristiana/budista (el desprenderse de la caja de voz de Woody para regalársela a la villana Gabby Gabby, una antagonista que, sí, no crece en su malicia, no pone en apuros al protagonista con tal de derrocarlo, pero —creo— su personalidad más bien radica en los claroscuros de los rivales modernos, que también son bondadosos o de ánimo

bilateral; una antagonista que, a fin de cuentas, ayuda al crecimiento de Woody y a que este arribe, cual héroe mítico, a su Ítaca) y el decidirse por tomar las cuerdas de nuestra existencia (Woody marchándose con Bo Peep, acaso relevando la saga con Jessie en la simbología de la medalla comisario; las palabras finales de Buzz Lightyear a Rex respecto al vaquero) es un mensaje en conjunto necesario y urgente para el cierre de una historia tatuada sobre la frente de una generación de chicos ya grandes, los de los 90.

Mi muy buen amigo, con quien discutí alrededor de dos horas por si esta cuarta entrega era útil o no, se cerró en sus trece y ve Toy Story 4 como una suerte de spin-off mal adosado a la trilogía inicial. Luego reconoció que él se reflejaba en personajes secundarios como Slinky y el debate nuestro cesó de golpe porque ya no había motivos. Reconoció, como todos, el deslumbrante trabajo de fotografía y, estoy seguro, silenciosamente le auguró un premio a la peli en tal rama. Espero que lea esto y sigamos disfrutando, sino broncas cinematográficas, poco más de buen cine.

Foto de portada: Manuel Araujo, de Arno Comunicación.


BRYAN BARONA GONZALES (Lima, Perú)

Titulado técnico en periodismo audiovisual. Ha publicado en revistas nacionales como El Bosque, Verboser y MOLOK. También en la revista mexicana Monolito. En el último verano fue incluido como parte del Mixtape: El amor transciende el tiempo y el espacio (Ed. Poesía Sub 25) Actualmente prosigue trabajando en su primera obra.

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