Historias de papá

PARTE I: ZAPATAZO, NUEVO COLEGIO Y MURCIÉLAGOS FUMADORES

Durante mi adolescencia, era raro que la armonía se rompiese en casa, ya que mi padre siempre fue de muy pocas palabras y pragmatismo zen. Por eso me llamó la atención oír un día a mi madre levantándole la voz mientras él leía un libro. Papá volteó la página como si mamá no existiera, ante lo cual ella se exasperó más y se marchó dando un portazo. Le hice la pregunta entonces, esperando oír la respuesta cliché «Por imbécil»:

Papá, ¿por qué te casaste?

Porque estaba soltero.

Quienes recién lo conocen suelen pensar que su absoluta indiferencia y enfrascamiento en sí mismo son causa de la edad. Pero no. Ya en 1942, a la edad de diez años, era mi padre un témpano de hielo para los demás y una fuente de placer sin límites para sí mismo. Fue entonces que mi abuela lo comió a gritos por alguna travesura que él ya no recuerda. Tan furiosa andaba la pobre vieja sufrida viuda con cinco niños terribles que al borde del colapso nervioso llegó a gritarle a su hijo menor:

¡Hijo de putaaa!

Bueno, mamá, tú sabrás por qué lo dices.

Mi padre solo recuerda el impacto de un zapato en su ceja y un río de sangre correrle por la cara hasta pintarle de rojo la camisa, los pantalones cortos y el piso de madera. Luego e imagino yo esta escena como una postal del Renacimiento mi abuela abrazándolo y llorando a mares. El niño silencioso, en shock. La cicatriz le quedó hasta el día de hoy por haberse pasado de la raya con mi abuela, quien vale aclarar, no era puta sino santa.

Ese mismo año había fallecido mi abuelo, de quien papá heredó su peculiar forma de ser. Era este hijo de un iraní misterioso que jamás quiso decir una palabra sobre su país natal y llegó al Perú asegurando ser italiano. Solo se descubriría su verdadero origen, junto con su nombre real y su fe religiosa, el día que, ya muy anciano y en su lecho de muerte, suplicó a sus compungidos nietos -reunidos allí con todas sus madres y madrastras- que le trajeran su Corán con hilos de oro, acaso el único objeto que había traído desde el Medio Oriente además de su camisa y su pantalón. «Tu bisabuelo llegó al puerto de El Callao sin zapatos», me contaría en cierta ocasión mi padre. Hasta hoy, nadie sabe de qué venía huyendo, tal como se desconoce de qué huía su abuelo materno, quien llegó de Suiza envuelto en el mismo halo de misterio (aunque eso corresponde ya a otra historia).

El día que mi bisabuelo se acordó de Alá, no le fue posible refugiarse en el Corán, ya que sus descendientes lo habían encontrado primero y se habían encargado de venderlo, tal como cada objeto medianamente valioso que encontraron en su redada por la casa cuando fueron a ver al agonizante Alí Esfahani (alias Antonino Castelletto). «Creo que hasta los dientes de oro le quitaron al pobre viejo, unos conchesumares eran mis tíos», cuenta papá riéndose a carcajadas, «y mi viejo también».

Algo de este oro habrá caído en manos de mi abuelo, ya que mi padre vivió muy decentemente durante toda su infancia. Sin embargo, un cáncer al esófago se lo llevó temprano por su rotunda negativa a que lo alimentasen por medio de un tubo en la garganta. Su lógica era: «Para qué carajo voy a vivir si no voy a poder tragar». Así fue cómo entre la muerte y una vida sin lomo saltado, mi abuelo escogió la muerte. En serios aprietos económicos (creo que ya mencioné el tema de los cinco hijos y el hecho de que todos eran terribles), la abuela se vio forzada a mudarse a una pequeña casita y trasladar a sus hijos a un colegio del Estado. Sí, mi padre fue de los pocos privilegiados que asistía a un colegio particular y religioso en aquellas épocas, aunque dicho privilegio le duraría solo hasta el día en que mi abuelo «se fue a la mierda», que es como mi padre suele referirse al acto de fallecer. Se convirtió entonces en el típico niño asustado que pisa una escuela pública, en cuya puerta su madre lo despidió llorando. Papá bromea hoy asegurando haber visto un cartel que daba la bienvenida a los niños pitucos con la siguiente inscripción: «¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!»

Papá trató de ganarse la amistad de sus nuevos compañeros con jergas y chistes y canciones como aquella que dice: «En el bosque / de la China / una china se perdió». Sin embargo, el tonito y el vocabulario de este polluelo proveniente del privilegio no cayeron nada bien entre los demás niños, quienes vivían solo de las migajas que al presidente Manuel Prado Ugarteche le provocaba arrojarles de vez en cuando. Se fueron así encima del niño exrico caído en desgracia y le propinaron la pateadura de su vida. Imagino a papá entonces como una especie de pequeño Renato Cisneros en un hipotético primer día en el Guadalupe hablando en la jerga más artificial e insufrible del Perú. O tal vez un Jason Day dándoselas de muy malote por Twitter. Sí, esa misma reacción fue la que causó entre los mortales: ganas de ponerle fin a su miseria.

Lo bueno es que estas pateaduras no solo sucedían en caso de un Cisneros o un Day llegando de la manito de mamá, sino que eran una forma de decirse «Hola» entre los chicos de ese colegio, así que pronto papá se acostumbraría a repartir golpe y fue pasando de año mientras jugaba fútbol de cárcel (eran válidos los codazos en la cara y las patadas en los huevos) y crucificando murciélagos en las paredes de madera para ponerles un cigarrillo en el hocico y ver cómo fumaban: «Carlos ¡te juro que fumaban!».

Foto de portada: YouTube


CARLOS CAVERO (Lima, Perú)

De muy niño, quedó prendado de las artes plásticas y la literatura, placeres que dejó por muchos años para ocuparse de labores conocidas como funcionales: estudios y trabajo.
En 1997, ganó el Primer Puesto de los Juegos Florales Toulouse-Lautrec en Cuento y Poesía. No volvería a participar hasta Voces y Silencios de 2018, donde se adjudicó el Cuarto Puesto en Poesía. En 2018 dictó el taller de narrativa Contemos una historia y publicó su primer poemario, Capturas de escafandra (Editorial Apogeo), cuyo universo piensa expandir a la prosa para completar una saga.

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