LA PARED

Solo deseo dormir porque cuando duermo estoy más cerca de ellas.

Esta frase está escrita en la pared de mi celda, en imprenta, con un tamaño muy pequeño y una caligrafía depurada. La descubrí cuando me acosté anoche, al darme vuelta en el catre, buscando la mejor posición para conciliar el sueño. Por algún motivo la oración pudo lograr lo que las pastillas que me dio el médico de la cárcel no hicieron en dos noches.

Hoy por la mañana descubrí, con la luz natural que entraba por la claraboya, que la pared estaba llena de frases. Era evidente, una misma persona había sido su autora y no la sucesión de internos a través de los años. Comprendí que el muro había sido utilizado como una gran hoja para contar una historia.

Hoy es mi primer día aquí, pero para mí ya no existen los días, sólo la esperanza de que ellas me despierten y me digan que todo ha sido una pesadilla me mantiene vivo.

Esta inscripción es la primera, con la pared de frente se halla a la derecha a media altura, la que le sigue se encuentra a la izquierda, al mismo nivel, con una separación de unos cinco centímetros y dice: No estoy arrepentido, es tanto el dolor, es tanto.

Estos pensamientos sueltos no refieren la tragedia que los ha generado, aunque la historia la conozco pues fue de lo único que se habló durante el año pasado en la provincia.

No dejo de llorar, las lágrimas me devuelven la dignidad.

La historia del hombre es la siguiente: en febrero del año pasado dos delincuentes entran en su casa para robar. Violan y asesinan a su esposa e hija. En marzo la policía da con los presuntos homicidas, en abril quedan libres por faltas de pruebas y a principios de mayo son asesinados por este hombre.

La polémica que se instaló en la puritana sociedad provincial duró varios meses. Enfrentó a los más heterogéneos sectores, aunque en los comentarios que se deslizaban por la calle todos estaban de acuerdo con el acto de justicia por mano propia, pero también la mayoría era incapaz de levantar la voz ante el temor del rostro de la justicia, a la que tanto le reclamaban.

Hoy, cuando la luz entró a la celda y me acarició la cara, pude sentir el calor de su cuerpito. Eso me demostró que la realidad no existe.

Yo, un estafador y asesino sin escrúpulos, con la sensibilidad de un pedazo de piedra, me encontraba frente al testimonio de una persona totalmente opuesta. ¿Cuánto me había costado dejar en la calle a esa pareja de ancianos que confió sus ahorros en mi emprendimiento minero? Nada. Ni un pelo se me movió al enterarme, un año después, de la muerte de los viejos. Y si no hubiera sido por la mariconeada de unos ladrones de bolsos de los que me valí para una estafa, estaría libre disfrutando de mis plazos fijos. Pero, como soy una persona práctica, estoy intentando sacar provecho de esta situación, por que he descubierto que en la cárcel se pueden hacer muy buenos negocios.

Frente a la pared estuve toda la mañana, bebiendo la impotencia y el asfixiante dolor de aquellos pensamientos escritos por un hombre simple que al parecer era feliz rompiéndose el lomo todos los días en una fábrica para mantener a su familia:

Soy recuerdo, fotos desteñidas, sensaciones que se escapan. Hoy un ladrón me dijo que en mi lugar no sabría si hubiera hecho lo que yo. Mentira, hubiera hecho lo mismo y más.

Hoy he comenzado de nuevo, me he propuesto revivir cada momento desde el día en que conocí sus profundos ojos negros. La vida no es vida si no están ellas para vivirla.

Casi al medio día, estaba recostado descifrando uno de esos garabatos en la pared cuando la luz, que había aparecido en la unión del muro con el techo, llegó hasta mí y sentí como si alguien me abrazara, un abrazo tan tierno. Me quedé unos minutos inmóvil disfrutando de la sensación.

Cuando ellas me dan su calor nos recostamos abrazaditos los tres y contamos chistes e historias de fantasma, como nos reímos. Hay momentos que sus rostros los tengo que repetir una y otra vez por que me parece que se van a ir, no se pueden ir. Si uno descubre que nada tiene valor fuera de nuestra cabeza, lo único que queda es encerrarse en ella.

En el almuerzo los que trabaron amistad con él escritor de la pared me contaron la historia del hombre dentro del penal. Si bien Juan, tal su nombre, tenía un físico imponente su cara lo delataba, todos coincidieron en que era más bueno que el Quaker. Y también que era casi imposible creer que un hombre así fuera capaz de hacer lo que hizo. Los primeros meses Juan se relacionó muy bien, pero de a poco fue retrayéndose. Pasaba más tiempo en su celda, por lo general durmiendo, cuando salía al patio no conversaba con nadie y, a veces, se lo podía ver por la parte más lejana de la cancha de fútbol hablando sólo. Las últimas semanas casi no comía, estuvo un tiempo en la enfermería, después lo devolvieron a la celda. Pasaron dos días hasta descubrir que había muerto. En el rostro, dicen, tenía la sonrisa más tierna que uno se puede imaginar.

Para qué seguir después de haber perdido todo. ¿Solo por egoísmo? Por egoísmo se vive más encerrado que en esta cárcel. Me he dado cuenta de que dejé de ser yo para ser con ellas. Hace rato que he muerto.

Al llegar a la celda corrí el catre para seguir leyendo, pero mi sorpresa fue grande al descubrir que sólo había una inscripción más. Juan no podía hacerme esto. ¿Acaso no tuvo más tiempo para seguir escribiendo? ¿Le ganó la locura o la muerte? He buscado por toda la celda, por cada rincón, hasta en la madera del catre, pero no hay una sola letra.

Esto pudo empezar así. No me haré más preguntas. Cuando uno se hace demasiadas preguntas sobre lo mismo he aquí que en muy poco tiempo se encuentra en la imposibilidad de volver a hacer nada, la única salida es que se esté decidido a hacer desaparecer esa pregunta recurrente. Poco importa cómo se produjo eso. Eso, decir eso, sin saber qué. Quizá lo que hice fue corroborar un viejo estado de cosas. Pero no hice nada. Parece que hablo, y no soy yo, que hablo de… el tiempo por decir algo, y no es de mí. Nunca me gustó que me trataran como a un tonto. ¿Cómo hacer en la situación en que me hallo, cómo proceder, si esas marcas en la pared me delatan? Por pura aporía o bien por una acción definitiva que no deje dudas. Esto de un modo general. Debe de haber otros aspectos. Lo cierto es que no dudé en pegar aquellos dos tiros, simples, directos, sin explicación; si de todas formas la plata ya la tenía perdida. Notar, antes de ir más lejos, que digo aporía sin saber lo que quiere decir. ¿Se puede hacer una buena acción aun cuando el objetivo de dicha acción sólo es guiado por la perversidad? Lo ignoro. Se dice eso. El hecho parece ser, si en la situación en que me encuentro se puede hablar de hechos pasados, no sólo que voy a tener que hablar de cosas de las que no puedo hablar, sino también lo que aún es más interesante, que yo, ya no sé, lo que importa. Sin embargo, estoy obligado a hablar, porque esa pared me ha devuelto la conciencia que nunca he tenido, nunca. Nunca.

Escribo en mi libreta de apuntes, donde anoto las lógicas de futuras estafas, porque no puedo sacarme de la cabeza lo último que garabateó Juan. Es como si lo hubiera escrito sabiendo que yo lo leería, como si hubiera sabido que algún día yo estaría frente a esta pared y me pudiera agradecer haber hecho lo que él no se atrevió a hacer:

Si hubiera llegado cinco minutos antes habría conocido su rostro y no hubiera hecho falta esta pared como nexo entre usted y yo. Gracias por ahorrarme la sangre en mis manos.

Foto de portada: Deviantart


MARIO MARCELO HERRERA (San Juan, Argentina)

Como poeta ha participado en diferentes antologías. Libros publicados EL LADO OSCURO, del sol (2017), Matar no cuesta nada (2018). Ganador de dos concursos provinciales: primer premio en el Certamen “Molinos harineros del norte de San Juan”, primer premio en el Certamen “Por mis Letras” organizado por la fundación Casa Natal de Sarmiento, segundo lugar 17º Certamen literario Leopoldo Lugones 2018, categoría cuento breve.

 

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