Candidato a cadáver

 

Este parque es uno de los tantos en donde paso las mañanas. Soy jubilado, vivo de la pensión estatal y dispongo de tiempo para disfrutar las horas tranquilas del día. Prefiero las primeras porque no hay tanto bullicio, hace menos frío y me relaciono con gente de mi edad. Mi viudez me permite holgazanear y en las tardes duermo la siesta, voy al cine con frecuencia y bebo los tragos que me provocan sin molestar a nadie. Respeto la memoria de mi mujer muerta y ya cerré el corazón y el deseo sexual. Ahora contemplo el futuro de otra manera y he prometido vivirlo sin sobresaltos.

Para mí los parques son mejores que los centros comerciales y han logrado que encuentre la paz en medio de los ladridos de perros, el trinar de aves y alboroto de niños. Hoy amaneció soleado y mi banca favorita me aguarda. A la entrada del lugar el canillita de siempre me vendió el diario y la señora del puesto de café ya me entregó el habitual. Estoy listo para saborear el momento. Sorbo la bebida caliente mientras observo a las nanas llevando a bebés en coches y los paseadores de perros ingresan para diversión de los niños grandes. Hojeo el periódico y el editorial me llama la atención. El director hace un análisis sesudo del incremento de suicidios en la sociedad y concluye que es el final encubierto de la depresión. Le doy la razón y enfrento la sección deportiva. Estoy leyendo la convocatoria de los jugadores para la próxima copa de fútbol cuando siento que alguien se sienta en el otro extremo de la banca. Giro a la derecha y la mirada curiosa del extraño me escudriña desvergonzadamente. Lo miro sonriendo y acepto su presencia inclinando la cabeza.

El recién llegado carraspea, como si aclarara la voz para iniciar la conversación o llamar la atención.

─Buenos días, señor ─saluda con voz entrecortada─. Disculpe la interrupción, pero quisiera tener su atención.

─Con mucho gusto ─respondo─. ¿En qué puedo ayudarlo?

─Me voy a suicidar y busco consejo.

Vaya manera de empezar el día, pienso. Este tipo está loco o formo parte de una broma escondida.

─Muy bien, cuénteme sus dudas ─le sigo la corriente.

─No sé dónde hacerlo, cómo hacerlo y con qué hacerlo…

─Muchas dificultades al mismo tiempo. Vamos por partes…

─Lo escucho y desde ya estoy muy agradecido ─interrumpe y el tono de su voz es angustiante.

─Para empezar, un parque no es el mejor lugar ─empiezo la consejería ─. Como usted ve, hay mucha gente y el hecho perdería solemnidad. El suicidio es tan personal e íntimo que merece un mejor escenario…

─Lo había pensado, pero me gusta la naturaleza como telón de fondo. Odio lanzarme desde un puente o azotea y jamás me envenenaría en la soledad de una habitación. Este sitio es hermoso, lleno de árboles, caminitos de flores y tiene una laguna con cascada al medio. Este paraíso me transporta a lugares inimaginables.

─Entiendo su punta de vista. No dudo que es un oasis en la ciudad, pero, ¿ha pensado en la privacidad?

─No, no se me había ocurrido.

─Hay detalles que cuidar, estimado señor ─retomo los consejos ─ ¿Quiere que el suicidio pase desapercibido y su cuerpo hallado por jardineros entre los arbustos? ¿Llamar la atención y formar parte de los titulares del noticiero? ¿Ser un video viral en las redes sociales?

─Usted piensa en todo, señor ─la inflexión que le da a las palabras lo convencen de mi análisis situacional.

─Por otro lado, y en vista que vamos cogiendo confianza ─acoté con solemnidad ─, supongo que ya definió el método a utilizar…

─Esto se complica cada vez más ─interrumpe para encender un cigarrillo ─. ¿Se refiere al arma?

─Todavía no llego a ese punto. El método a utilizar, en mi modesta opinión, es importante. Implica violencia o tranquilidad.

Hago una pausa para tomar aire. En realidad, el humo me incomoda y se da cuenta. Aspira una larga bocanada y tira la colilla al piso. La apaga con el zapato y vuelve a la carga.

─Otro factor a considerar. Usted comprende, no tengo experiencia en estos asuntos ─ríe con la broma hecha.

Consigue que dibuje una mueca de risa entre dientes. El sujeto está de buen humor antes de matarse.

─La violencia produce alarma, por ejemplo, un balazo y la tranquilidad permite disimular el acontecimiento. No soy psicólogo, pero creo que la personalidad es básica para la decisión final. Cuando el fin del mundo depende de uno, se escoge el método, ¿no le parece?

La bulla circundante nos abruma y obliga a guardar segundos de silencio. El parque recupera la calidez de siempre y nos permite reanudar el diálogo.

─Me gustaría invitarle una empanada ─ofrece y añade ─: Tengo hambre, algo raro en alguien con mis intenciones. Debe ser que estoy nervioso…

─Gracias, pero no deseo. A esta hora un bocadillo de ese tipo me produce agruras. Volviendo al tema que…

─Tiene razón, a lo mejor me cae mal y me despido de este mundo con vinagreras ─suelta una risotada.

─Estimado amigo, ¿ya sabe con qué se va a matar?

─Tengo varias opciones, pero aún no decido. ¿Sería tan amable de ilustrarme al respecto?

─Será un placer. Ya que estamos en un parque, las alternativas son escasas. Si decide colgarse de un árbol, no hay uno lo suficientemente fuerte para resistir su peso. Y si lo hubiera, es un fastidio cargar la escalera, ponerla al pie de la rama, anudar la soga, hacer el lazo corredizo y luego dejarse caer delante de todos. ¿Imagina el espectáculo? Los vigilantes lo detendrían no bien lo vean ingresar con la escalera…

─Sin duda algo llamativo. Me moriría de vergüenza. Lo descarto.

─Excelente. ¿Un balazo le parece bien? Es lo más rápido y efectivo si se apunta correctamente. Hay que tener el arma, ¿la tiene? Imaginemos que sí. Usted llega, toma asiento donde quiera y ¡pum! Un charco de sangre, los sesos desparramados y como daño colateral un par de ancianos infartados y unos niños marcados de por vida. ¿Le parece justo? No lo creo.

─Yo tampoco. Qué asco convertirme en una mazamorra de coágulos. Imposible para mi gusto.

─Nos vamos quedando con pocas opciones. ¿Piensa ahogarse en una laguna de un metro de profundidad? El ridículo en su máxima expresión. Se reirían al verlo chapoteando para hundir la piedra que amarró al cuello. De solo imaginarlo me da risa.

─Ni hablar, jamás lo intentaría. Soy muy friolento, además…

─Se me ocurre la última, tal vez la más clásica: Lanzarse al vacío. ¿Ha visto la altura de las construcciones en el parque? Tienen un piso y trepar hasta el techo para tirarse y terminar con huesos rotos o inválido de por vida. Muy estúpido, me parece…

─Usted desanima a cualquiera. Parece que su misión es mal aconsejar a los candidatos.

─Le he mencionado lo tradicional. Me faltó incluir el envenenamiento. Supongamos que usted ingiere el veneno y a los pocos minutos los dolores, espasmos musculares y convulsiones le confieren la agonía más terrible del mundo, delante de los que visitamos el parque. Nuevamente injusto …

─No siga por favor, señor. Acudí a usted porque lo estudié y me convencí que es un profundo conocedor de este parque. Apelé a su sabiduría para escoger mi forma de muerte en este lugar y me ha decepcionado…

─No todo está perdido. Tengo el último recurso.

Lo miro fijamente y extraigo del bolsillo del saco un frasco y una jeringa.

─Solo tiene que escoger la banca o jardín y lo dejo dormido para siempre. Le prometo privacidad, tranquilidad y ningún sufrimiento…

─Ni hablar, tengo pánico a las inyecciones. La última vez me desmayé y me convertiría en un problema para usted…

─Muy bien, no todo está perdido ─digo al mismo tiempo que del otro bolsillo del saco extraigo una botellita cerrada que almacena un líquido transparente.

El tipo levanta las cejas y dibuja una sonrisa de aprobación.

─Vía oral, no sabe a nada y cien por ciento efectivo, sin dolor ─ofrezco sin miramientos.

La sirena de una ambulancia rompe la monotonía de la mañana e interrumpe nuestra conversación. Vemos que los paramédicos bajan presurosos para auxiliar a un anciano dormido al costado de un árbol de la laguna. Observamos los esfuerzos por reanimarlo y cómo lo cargan en una camilla.

─Se llamaba Eloy. Muy tarde, ya está muerto…

Foto de portada: Christian Hopkins


OSWALDO CASTRO ALFARO (Piura, Perú)

Médico. Administrador de la página Escribideces – Oswaldo Castro. Publicaciones en físico y en más de 30 plataformas, portales y revistas on line. Premios literarios y menciones honrosas.

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