Concédeme tu ausencia

Día 1

Simplemente abrió los ojos, intempestiva e inesperadamente. La primera imagen: el techo con la marca oscura de una sandalia y un fino resquebrajamiento que atravesaba, de lado a lado, su maculada totalidad. La invadió el enojo fácil, el primer sentimiento en toda su pureza después de un sueño bien aprovechado. Un pequeño giro y ya estaba sentada, se quitó las lagañas con los dedos índice. Doña Fortuna, sentada en la silla junto a la puerta, intentaba abrir la cortina para que entre fresco, pero no entendía el mecanismo para abrirlas.

—Con esas pitas —dijo Doña Amelia, señalando las cuerdas de yute desmayadas bajo la silla.
—Sí, pero ya me olvide cómo eran los nudos —se excusó avergonzada Doña Fortuna, acostando la cabeza en el respaldo.
—¿A qué debo el honor?
—Pensé que me necesitaba, pero al llegar la vi bien dormida y me quedé aquí sentada, mirando —respondió taciturna, perdiendo la vista en el fondo de algún pensamiento.
—Es que anoche soñé con mijo —dijo arrastrando los pies hacia la hornilla para calentar agua.
—¿Otra vez con lo mismo? —preguntó Doña Fortuna, entrelazando los dedos sobre los muslos.
—Seguro que en estos días me llega carta o me manda mi platita. Hay mi Dieguito, ya se me está acabando el kerosene —respondió mirando hacia arriba, distraída.
—Yo ya conozco a su hijo, no se ilusione, ya lo he visto, puros recuerdos —dijo señalando al lado de la cama.

Las dos mujeres fijaron la mirada en la desvencijada mesa de noche, adornada con bobos de tul blanco y franela roja de aspecto seboso. De un cajón asomaban papeles mal guardados, a punto de resbalar al suelo, antiguos libros de repostería dormían empolvados en un compartimiento inferior y en la superficie un pequeño frasco de loción lavanda hacía la vez de florero a un geranio casi marchito, cubriendo la fotografía que Doña Amelia, detrás del vidrio, intentaba ver: la del rostro de un muchacho, en algún lugar lejos.
Agitó su respiración, vertió una cucharadita de café y media de azúcar al ras en cada jarro y no se volvió a mover, apresurando el agua con su impaciencia para que hierva de una vez. Doña Fortuna la miraba un tanto medrosa, con las palabras atoradas en la garganta. La teterilla comenzó a dar tímidos silbidos avisando que su contenido estaba a punto de hacer ebullición En cuanto exhaló los primeros vapores, Doña Amelia sirvió nerviosa el agua caliente dentro de las dos jarras de plástico. Primero extendió un jarro en dirección adonde se encontraba Doña Fortuna, sorbiendo con cuidado el contenido del otro; pero, al notar que ésta no lo recibía, miró molesta a donde estaba sentada diciendo “agarre”, y se dio con la sorpresa de que en la silla ya no había nadie. Inmediatamente después tres golpes secos sacudieron la puerta, caminó a la ventana y abrió un poco la cortina, lo necesario para ver quién era, pero sin ser vista, era la redondeada figura del cobrador del cuarto. Pensó en quedarse quieta sin responder, de no ser por el pitillo de la tetera que había vuelto a poner al fuego y que delataba su presencia, así que aspiró aire y lo botó diciendo “¡Ya va!” y abrió estoicamente la puerta.

—¡Jóven Hernán, cómo le ha ido, pase y siéntese, justo mire usté como adivinando le hice un cafecito, sírvase, con confianza no más —saludó la vieja mujer extremadamente solicita.

El cobrador entró sin devolverle el saludo y revisó acuciosamente toda la habitación, pasó la mano por una de las paredes que parecía tener una mancha de humedad, se miró con repugnancia la mano y se la limpió extrayendo un pañuelo hecho bola del bolsillo de su arrugada guayabera.

—¿Café, con este calor?, vengo por la pensión señora, ya van dos meses y hasta ahora nada de nada —dijo el cobrador con voz cansina.
—Justito en estos días ya me va a llegar mi encomiendita ya de m´ijo, ahí no más que llegue yo lo llamo de la esquina jovencito de la esquina para que venga por la platita —se justificó Doña Amelia, subiendo cada vez más el tono de su voz tras cada gesto de insatisfacción del cobrador.

El hombre arrimó, con el mismo asco de hace instantes, los cachivaches de cocina de la pequeña mesa y depositó su manoseado maletín sobre ella, sacando del interior un impecable documento por triplicado y un lapicero escolar.

—Firme aquí, aquí y aquí señora —dijo el cobrador, respirando con prisa.
—Cómo no joven ¿Aquí no? —accedió solicita.

El cobrador la miraba respirando con mayor agitación, impaciente. Cuando la anciana terminó de firmar los papeles él desprendió una hoja y las demás las guardó rápidamente, le arrebató el lapicero de la mano, cerró enérgicamente el maletín y salio presuroso.

—Tiene usted tres días para dejar vacío el cuarto señora, si consigue la plata antes me avisa y queda sin efecto el desalojo —dijo inmutable, dándole la copia del documento.
—Ya, ya papito apenas tenga lo llamo no se preocupe usté, más bien ¿Unos diítas más no me puede dar joven?, ya voy a recibir mi pensión y de ahí le pago hasta que llegue mi propinita de mi Diego.
—No señora, ya firmo ya —pronunció apurado, tirando la puerta.

La mujer se quedó impávida, sujetando el papel con las dos manos, bajó la mirada y comenzó a leer: “AVISO DE DESALOJO” rezaba en enormes letras rojas. Cuando acabó de leer el escrito ya estaba sentada en su viejo catre y por un momento quiso saber dónde se encontraba, un miedo atroz, como cuando era niña la invadió rápidamente, miró a ambos lados, cerciorándose si seguía ahí y comenzó a llorar desconsoladamente, no tanto por haberse perdido un momento, sino por haber caído recién en la cuenta de la gravedad del documento que estrujaba bajo su rostro, para secarse las lágrimas.

Día 2

Llegando de comprar el pan encontró a Doña Fortuna saliendo del callejón, aceleró su caminar y la interceptó antes de que diera vuelta a la esquina.

—Toca y toca, pensé que algo le había pasado, ya iba a llamar a los bomberos ¡Ja ja! —reía estentórea Doña Fortuna.
—No hija, fui a comprar tres pancitos para mi lonche que de paso será mi cena —explicó con voz entrecortada al final de la frase.
—¿Otra vez se acordó de su hijo? —preguntó llevándole del brazo a su cuarto enfadada—, ya le dije, es mejor que no mire más para atrás, usté se ha quedado sola y sola debe defenderse…
—No es eso, ayer me avisaron que si no pagaba me iban a botar y ando preocupada, no tengo dónde ir.
—¿Ni ahorritos para emergencias, nada?
—Nada, todo lo vendimos cuando vivía mi esposo para que Dieguito se fuera para allá y de ahí él nos iba a devolver, claro, me quedé con alguito pero todo se me fue al enterrar a mi viejo. Ya van dos meses que m´ijo no manda nada…
—Claro, su hijo, como si no supiera, en fin, la dejo acá en su puerta comadre, yo me voy a hacer espacio en mi casa, hay un cuarto medio lleno de cosas que hay que botar y ahí se viene usté conmigo, que tal lisura, faltaba más.
—¿Cómo dice comadre? —preguntó extrañada Doña Amelia.
—Ya pues hija, no se me haga la sorda, hace tiempo la idea me estaba rondando, ya no puede seguir viviendo así en este cuartito de mala muerte. No le vamos a dar gusto al chancho apestoso ese del Hernán de verla buscar debajo de las piedras la plata para pagarle.
—Pero Fortuna, ya somos viejas, cada persona tiene sus mañas…
—No no no no no , ya esta decidido, se va conmigo a vivir, yo también estoy sola y me aburro a veces, necesito compañía, pero usté en su cuarto y yo en el mío y hacemos la casa con nuestras pensiones.

Doña Amelia la contempló inexpresiva largo rato, luego hizo un sonido con la boca y se llevó las manos a la cara.

—Nada de lloriqueos amiga, después de todo lo que ha pasado ya es hora de que algo le salga bien —dijo Doña Fortuna.
—Es que no sé qué decir, yo no esperaba que me dijera eso —se explicaba con la voz cortada.
—Escúcheme, mañana a las tres espéreme en el parque Libertador frente a la iglesia Santo Tomás para irnos a mi casa, deshágase de lo que no le sirva y me espera quietecita, con sus cosas ahí sentada en la banca.
—¡Es usté una bendición del cielo! ¡Cómo agradecerle! —le contestó sollozando aún.
—¿Cuántos años me ha estado escuchando?, ahora me toca a mí pues y ya me voy mejor sino me mariconeo yo también, la veo mañana —le dijo despidiéndose con un beso en la mejilla.

Doña Amelia esperó a que doble a la derecha al salir del callejón, al voltear se encontró con una indiferente vecina que enjuagaba un trapo sucio.

—Que buena es mi amiga ¿Verdá vecina?, si tuviera un horno le haría un pie de manzana como los que sé hacer para agradecerle —le dijo con la pura bondad dibujada en su voz.

La vecina se ruborizó y entró fugaz a su cuarto azotando la puerta con inusual agresividad. Sin reparar en la grosería del gesto, Doña Amelia entró a su cuarto también para prepararse su lonche-cena.

Día 3

Aquella noche le costó trabajo atrapar el sueño pensando en las cosas que debía desechar y con las que debía permanecer. Antes de clarear, ya estaba de un lado del cuarto todo lo que consideraba que no iba a necesitar. Salió a desayunar al comedor popular y luego se fue a pasear sin rumbo por las calles. Alrededor de las once de la mañana volvió con dos mandarinas en la mano, desgajó una sentada en su catre, tirando la cáscara por todo el piso, algo así como un “acá no limpio más” se advertía en cada lanzamiento de la envoltura natural que contenía a la fruta. Masticaba con los dientes delanteros (los únicos que le quedaban), con ensimismada fruición, mirando el retrato de su hijo, luego tomó el vidrio y lo mantuvo en su regazo, una sonrisa que avisaba nacer desde las comisuras era corregida por el rictus de algún pensamiento. Acariciaba con la mano derecha la imagen de un hombre que para ella sería siempre como un niño. Cuando salió del trance ya era la una con cuarenta y cinco de la tarde. Presurosa, tomó sus libros de repostería y los tiró en el catre, colocó con cuidado el portarretratos de vidrio junto a las cartas, luego de ordenarlas y envolvió todo en una frazada, plegó el catre con mucha facilidad, ya que estaba acondicionado para tomar la forma de una maleta, abrió la puerta, y sin ningún rodeo comenzó a tirar todas las cosas inservibles para su nueva vida al pasadizo del callejón. Los vecinos miraron perplejos por unos momentos volar tenedores, cacerolas, lavatorios y estrellarse contra la pared de enfrente; luego, comenzaron a disputarse los despojos con mucha agresividad. Doña Amelia avanzó arrastrando su catre con paso seguro hacia la calle, resuelta a nunca más volver a mirar para atrás.
Al sentarse en la banca trató de mirar el cielo limpio de inicio de primavera, la debilidad de sus ojos no se lo permitió y bajó la cabeza. En un árbol frente a ella se encontraba una pareja de enamorados, besándose imperturbables, la muchacha, al sentirse observada, le dio unas palmadas al chico en el brazo y se separó de él, señaló con la punta de la nariz a donde estaba la anciana, el muchacho miró a donde Doña Amelia estaba y desde su banca les sonrió amigablemente, llevándose el índice a los labios como haciendo un silencio cómplice, luego pensó en su viejo, en cuanto lo extrañaba y en los besos que sabía dar, pensó en el parque que frecuentaban cuando eran novios, un parque muy parecido al donde estaba, luego quiso pensar que era el mismo parque de sus recuerdos, convencida de lo que su mente le dictaba y siguió dejándose llevar por esos pensamientos por un tiempo indeterminado. Buscó la segunda mandarina en el bolsillo de su ajustada chompa de lana, pero sus manos no la encontraron, giró a la izquierda para buscar mejor, fue entonces cuando, volteó y sus ojos chocaron con la imagen de Doña Fortuna, sentada en la misma banca, contemplando a las palomas picar la tierra.

—¡Jesús, me ha hecho asustar! —gritó sorprendida— ¿De dónde salió usté?
—Vine a ver a las palomas —pronunció distraída.
—Ya traje mis cosas, ya boté todo lo que no me servía y traje esto nomás —dijo dando una palmada al catre.
—No me acuerdo qué día es hoy comadre, ¿Se acuerda? —preguntó contrariada.
—El día en que me iba a vivir a su casa, como quedamos —respondió temerosa.
—Perdón ¿Yo le dije eso?

A Doña Amelia se le fue el color del rostro, un sudor frío le humedeció las palmas de las manos; en el lugar del estómago le quedó un vacío que no la dejaba pronunciar palabra alguna. Hizo un enorme esfuerzo por pasar saliva para hablar.

—Claro, usté me dijo para hoy, acordamos encontrarnos aquí, por eso vino aquí —dijo al tomar aliento.
—¡Ah!, con razón estaba haciendo espacio en el cuarto de coser, discúlpeme Amelita, es que a mi edad me olvido pues.
—¡Qué susto me ha hecho pasar! —dijo respirando tranquila.
—Su hijo está muerto, ya no volverá a verlo —le dijo sin reparos.
—¿Cómo? —reaccionó Doña Amelia cerrándolos puños, en una mano aplastaba la mandarina y en la otra la esquina de un objeto sólido le hería la mano, miró sus manos y no supo, o mejor dicho, no recordó en qué momento sacó el retrato de vidrio de su hijo, que hendía uno de sus ángulos contra la palma de la mano, haciendo correr un lento y espeso hilo transversal de sangre sobre la imagen.
—Ay, no se haga la que no sabe, ya me aburrí de seguirle el juego comadre, ¿Es que no se acuerda?, en eso de las torres gemelas que se cayeron allá y lo de los aviones, ni el polvo quedó de él, con su respeto y que en paz descanse.
—¡Cállese, cállese, no quiero escucharla!
—No se ponga así amiga, yo sólo le digo que si vamos a vivir juntas no me traiga esos cuentos que atraen la mala vibra a mi casa —advirtió mirando hacia otro lado.
—¡Mi Dieguito no está muerto! ¡No está muerto! ¡No diga eso, ya cállese, cálleseeee, cálleseee! —gritaba Doña Amelia con el rostro enrojecido por la cólera, arrojando los pedazos de mandarina donde Doña Fortuna debía estar sentada. Los enamorados huyeron asustados al ver que, después de arrojar la fruta hecha pedazos, seguía un trozo de vidrio roto y que a continuación, con un inesperado despliegue de fuerza, Doña Amelia levantaba en vilo el catre por encima de su cabeza, con la intención de aventarlo hacia la banca vacía.

 

Foto de portada: Years of Loneliness, 2007, Morteza Katouzian.


MARIO TORRES (Lima, Perú)

Narrador. Ha participado en el taller de creación literaria del escritor Reynaldo Santa Cruz en la Cámara Peruana del Libro; en el taller de escritura creativa de Ana María Gazzolo en el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar de Lima; en el taller de creación literaria del escritor Ricardo Sumalavia en la Universidad Científica del Sur y en el taller de “Corte y corrección” con el escritor Oswaldo Reynoso en la Casa de la Literatura entre otros. 

Ha publicado, los cuentos “Animales” y “Una cabaña oculta en el bosque”, en el libro antológico “Amor, horror y otros placeres narrativos” (Ed, Poetas y Violetas, 2016) y los libros de cuentos “Vengo de noche” y “Luces Blancas” (Ed, Poetas y Violetas, 2017), colaborado en la revista El Narratorio (2019).

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