Detrás del celuloide

Nos acecha un enemigo al que nadie ha visto. Rodean nuestro planeta naves alienígenas de estructura impenetrable, cuyo avance sigiloso, fuera detectado desde su ingreso a la gran Nube de Oort. Toda la humanidad ha tenido sueños extraños, yo trato de recobrar los míos.

Remonto la escalera de mi departamento (piso 6, sin ascensor) después de la extensa jornada laboral en la oficina. Ceno los restos de algo que encuentro en la pequeña heladera; siempre son restos, de indescifrable datación y composición. Prendo la radio (no enciendo el televisor por las noches) y escucho, con desgana apática, las últimas noticias sobre las naves extrañas que han tomado el control pasivo (por ahora…) de nuestros cielos, pero me desentiendo enseguida bostezando. Tomo rápidamente un baño frio y con las últimas fuerzas del día llego al dormitorio y caigo inconsciente en la cama desordenada. Debe ser debido a la acumulación de cansancio que ingreso de golpe a mi particular mundo de sueños. Me veo, de pronto, en lugar inhóspito, y mal iluminado. A mis ojos todo tiene una textura granulada, de colores apastelados o apenas fuera de foco. Las paredes semejan las de viejo hospital o una carnicería, poseen una apariencia orgánica, verdosa y manchas químicas cerca del piso y el techo. Escucho un sonido desfasado, similar al motor de un refrigerador o un ruidoso ventilador. Los objetos parecen saltar frente a mis ojos, como si los captara una vieja cámara Super 8 y se corrieran algunos cuadros con prefijada intermitencia. Todo parece proyectado como si fuera la pantalla de un viejo cine de barrio. Observo algo que atrae mi atención. Sobre una camilla yace una persona desnuda, algunas imágenes de mi propio sueño se entrecortan, como si me acercara a mirar dando pequeños saltos de astronauta. Cuando estoy sobre la camilla se escucha aún más nítido el sonido del motor de una filmadora y su enfoque. Veo un cuerpo que parece haber sobrevivido a un accidente, o a mí me lo parece, ya que posee innumerables costuras que unen partes que no parecen ser del mismo individuo. El tono es cadavérico, inflamado, mortuorio, detrás del celuloide de mis sueños. Me acerco a mirar el difuso engendro y mi mirada se entretiene en el terrible hilvanado de hilo y carne que circunda su cuello, debajo de unos tornillos enormes. Su semblante me es conocido, en algún lugar he visto ese rostro. De pronto, con un ruido articulaciones destrozadas, la cabeza se yergue y unos ojos enormes y profundos me miran. Su boca lanza un mudo grito de espanto. Me despierto siempre con hambre.

El Observatorio Gemini, en Hawái, fue el primero en descifrar el creciente ruido infrarrojo producido por las naves a casi un año luz de nuestro planeta (que eran naves se supo luego, entonces no pasaban de ser objetos transneptunianos, raros en una palabra). Luego ocurrieron cosas muy extrañas en rápida sucesión. La sonda Voyager I, que se mantenía en silencio en el límite de nuestro sistema con el espacio interestelar, comenzó a chismorrear haciendo saltar las polvorientas telemetrías del Observatorio Lowell. Luego, cinco minutos después, la viejísima sonda Pioneer 10, que estaba perdida desde el año 2003, cobró vida y mando un par de pulsos binarios, delatando su ubicación en Oort. La Voyager II incorporó también su canto, enviando telemetría incoherente a la Red del Espacio Profundo de la NASA y diez minutos después, en las cercanías de Neptuno, se volvió loca la sonda New Horizons, provocando una interferencia total en el Telescopio Gigante de Magallanes en Chile. Luego, el telescopio lunar chino de la misión Chang’e 3 enmudeció.

Cinco minutos después también perdimos el Hubble.

La Señorita T. tenía sueños lúdicos, pero esos sueños también hablaban de muerte. Cuando cansada de su trabajo en la biblioteca, luego de acomodar las cientos de devoluciones de los gastados libros, retornaba a su departamento, solo quería dormir. No cenaba y tal vez su estómago vacío le jugaba esas malas pasadas. Soñaba con dientes, especialmente colmillos, y con un hombre, cuya silueta oscura apenas lograba retener a pesar de concentrarse en visualizarla. Un hombre que la atraía con largos y fuertes brazos, y reteniéndola le besaba con voracidad el cuello. Con una voz que sonaba imposible le prometía la vida eterna, más allá de una posible muerte. Luego ella, en el sueño, le preguntaba su nombre y el hombre-sombra reía a carcajadas mostrando el brillo húmedo de unos colmillos anormalmente largos. Alcanzaba a entrever un rostro atractivo y unas mejillas muy maquilladas. La Señorita T. despertaba impregnada de una traspiración febril y se palpaba el cuello donde creía sentir la aspereza florecida de un par de pequeñas heridas.

El Señor O. no creía en los extraterrestres. Ni pensaba siquiera que el planeta estuviera rodeado de naves insoportablemente oscuras y siniestras. Jubilado bancario llevaba una vida lacustre e insípida de la bañera a la cama y viceversa. Solo le preocupaba la comida de su mascota (un gato domiciliario y haragán) y el frasco de sales aromáticas para su baño cotidiano de varias horas. Y en esa agua reposada el Señor O. sueña. Ignora por qué pero en su letargo, se ve a sí mismo flotando en una inmensa bañera cuyas aguas son totalmente oscuras. Sus ojos están al nivel de la superficie y observa que una rígida forma de cresta, o aleta, avanza desde el borde enlozado hacia él. Al acercarse distingue una criatura de contorno humano pero de rasgos marcadamente anfibios. El enorme sapo se sumerge y desaparece, luego el Señor O. siente que un horror repentino le roza las piernas debajo del agua y se despierta gritando tan fuerte que hace huir al pobre gato.

Los sueños de la Señora S. eran recurrentes desde que las naves invasoras traspasaron la órbita de la Luna, instalándose en los patios de nuestro planeta. Los sueños también eran manifestaciones inquietas de su reciente divorcio. Un hombre sin rostro, oscuro y cruel, la sometía a una persecución dentro de su propia casa que poseía innumerables escaleras (las que en el sueño se multiplicaban hasta el absurdo de un boceto de Escher). Pero al llegar a la puerta de la última habitación (siempre había una última habitación y también luz de luna) el hombre la alcanzaba y la tomaba de un brazo. En ese punto, del sueño ya convertido en pesadilla, el hombre la mira y horrorizado asiste a su transformación. La Señora S. desdobla su personalidad y una parte de su ser agradece convertirse en monstruo y poseer garras peludas, de uñas enormes que se clavaran en el pecho y cuello de su “enemigo”. Se despierta sobresaltada y siempre se encuentra durmiendo en el cómodo sillón del living junto a su perro de raza desconocida.

En una calurosa tarde de enero, las naves descendieron y tomaron posición sobre las grandes ciudades. Mi propia ciudad no era muy importante, pero era una ciudad bastante populosa a la vera de un río. Los noticieros mostraron por primera vez el diseño sofisticado de los artefactos. Ninguno poseía la misma forma, y esta vez no hubo histeria colectiva, las imágenes nítidas fueron registradas en todos los formatos de video. Los cielos mostraron platillos cubiertos de antenas, naves cigarro, enormes esferas de luces multicolores, naves triangulares, cohetes con toberas convencionales, con formas de setas o de tubérculos, con ventanillas retro iluminadas, naves cónicas y con formas de herradura. No hubo tiempo para conjeturas, de todas las naves un poderoso rayo iluminó una porción de plaza o lugar despejado de cada ciudad e innumerables módulos esféricos emergieron de esas naves nodriza y aterrizaron en silencio. Eran los emisarios.

Todos los sueños del Señor P. comenzaron cuando cayeron sobre Sidney, Australia, los pedazos ennegrecidos del Hubble. El Señor P. era un coleccionista de viejos films de terror. Amaba por sobre todo los clásicos horrores en blanco y negro y por sobre todos estos, las películas de momias. Poseía por supuesto una copia de la cinta original del ’32, que cuidaba como una reliquia de valor incalculable, en la que un genial y siniestro Boris Karloff ensombrecía sus cadavéricos ojos con carbón y miraba hacia la cámara asustando al mundo. También atesoraba una versión de 1940 de la inconseguible película de clase B, The Mummy’s Hand, y por supuesto las cuatro secuelas que se produjeron sobre esa y que le costó muchísimo dinero conseguir: The Mummy’s Tomb del ‘42, The Mummy’s Ghost del ‘44, The Mummy’s Curse también del ‘44 y esa desaforada comedia que tantas veces reponía en su viejo reproductor de 35 milímetros, la de Abbott and Costello Meet the Mummy de 1955. Búsquedas en Internet y el comercio (legal o no) con otros coleccionistas tan fanáticos como él, le dieron la satisfacción de poseer los originales británicos de: The Curse of the Mummy’s Tomb del ‘64, The Mummy’s Shroud del ’66 y Blood from the Mummy’s Tomb de 1971 cuyo guión fuera extraído de una olvidada novela de Bram Stoker. Desdeñaba por supuesto la última franquicia de la Momia, por considerarlas exageradas en efectos, bobaliconas y simplemente pochocleras. En sus sueños se ve a sí mismo como un alto y apuesto Imhotep (sin embargo él sabe que es el rostro de Boris Karloff), deambulando por las calles de El Cairo en busca de la figura reencarnada de su amada y bella Ankhesenamon. Pero todas las mujeres que encuentra, al tomarlas por el hombro y enfrentar sus rostros, son feas, viejas o desdentadas, ninguna le servirá para revivir la momia de la princesa, por último todas las mujeres se unen en su persecución y comienzan a apedrearlo entre carcajadas de burla. Se despierta bañado en un sudor agrio y envuelto en su propia sabana como si fuera una mortaja.

Pude estar allí, me había escapado de la oficina al escuchar por la radio los informes del descenso de las naves. Tenía que estar allí. Las multitudes ya se agolpaban alrededor de los centros de las plazas. De golpe se hizo un profundo silencio, podía oírse solamente el aletear de las palomas y el arrastrar de los últimos pies que se acomodaban para no perder lugar. Era como estar dentro de una catedral. Una puerta oval se perfiló en cada una de las esferas convirtiéndose gradualmente en una abertura de luz, y una pequeña escalera metálica descendió hasta las losetas de cemento, entre los papelitos de chicle y las semillas de girasol. Las palomas parecían haber huido en su totalidad. Apareció el primero de los emisarios, un hombre alto y sombrío, de smoking de cuello alto inmaculado. El rostro de tez muy pálida y la mirada hipnótica con una ceja levantada barrieron la multitud. Estupefacto observé el rostro de Bela Lugosi, un Bela en su mejor momento tocando tierra con unos pies etéreos y una enorme y negra capa de opereta. Muchas mujeres mayores se desmayaron en los alrededores de la plaza y una marea de Oooohhhh! rompieron el silencio.

El segundo emisario descendió. Y si los clamores por el impecable Drácula habían sido unos pocos, ahora toda la multitud aulló. Una criatura alta también, un ser a medio camino entre las especies terrestres y marinas, de figura humanoide pero de rasgos de sapo o iguana. Una cresta le asomaba en la espalda y su boca era la de un pez con unas branquias enormes. Los brazos y sus manos eran otro horror. Inmediatamente salió el tercero de los invasores, y comenzaron los desmayos. Hombre y mujeres por igual recordaron sus sueños de lunas y de lobos, y ahora tenían frente a ellos el híbrido de hombre y animal en persona. La criatura legendaria, vigente en todas las culturas del mundo, el más universal de los mitos. El tercer emisario era un extraordinario hombre lobo cuyos rasgos, sin temor a equivocarme, imitaban los del actor Lon Chaney Jr., incluso hasta sus muecas más perversas. Luego descendió un cuarto visitante, reconocible hasta por los niños que habían ido a curiosear las naves. Un hombre envuelto en vendajes, con los brazos cruzados sobre el pecho, temblando por alguna helada e invisible brisa. El rostro descarnado de un distinguible Karloff. Su paso vacilante recorriendo los primeros metros de nuestra plaza.

En todas las ciudades del mundo ocurría lo mismo. Los emisarios descendían, los monstruos originales. Miles de versiones de Lugosi, Karloff, Chaney. Incluso alguien llegó a reconocer un inmejorable Christopher Lee. Una película de viejo celuloide rodaba por algún carrete oxidado de un sueño infame.

De pronto lo vi. Y pude recordar mis sueños, la figura que dominaba mis pesadillas. Lo vi descender con enormes pasos y una rigidez de coloso. Se detuvo, al final del rayo que iluminaba la plaza, los brazos extendidos a lo largo de su extraño torso, que yo recordaba ahora, lleno de cicatrices. Dirigió una mirada perdida hacia la multitud, sus ojos como tratando de comprender las frágiles criaturas que veía frente a él. Avanzó dos vacilantes pasos más y pude ver los enormes zapatos que soportaban sus piernas. Nuevamente el silencio ganó la plaza, la humanidad se encontraba estupefacta. Reconocí su rostro impasible, la frente alta, como una proa titánica, los párpados enormes y caídos. Boris Karloff, un maduro Boris, cuya insensible mirada me hablaba de lugares oscuros, de milenios, de un viaje fantástico a través del espacio.

Detrás, apenas algunos pasos detrás, emergió otro Boris, idéntico al primero, y avanzó dos pasos. Luego otro Boris y luego nuevamente otro monstruo del pantano. Y Así fueron saliendo, uno a uno, los dráculas y los hombres lobos y decenas de momias que empezaron a avanzar por la plaza. Un desfile de pesadilla, como una fiesta de engendros surgiendo detrás del celuloide.

Luego todas las luces del mundo se apagaron. Y comenzaron los gritos.

 

Foto de portada: City Globe Stock Illustrations.


JORGE LACUADRA (Santa Fe, Argentina)

Estudió en la Escuela Industrial Superior recibiéndose de técnico mecánico-eléctrico. A partir de 2002 reside en Córdoba (Argentina). Ha publicado tres poemarios: “Distancias oceánicas” – Editorial Luna de marzo, “El olvido de la luna” – Editorial MRV – Editor Independiente y “El silencio de la rosa” – Editorial MRV, en cuyo Certamen Internacional El Molino, obtuvo el 2° premio. Participa en la Antología “Cuentos y poemas – Lo mejor de Rumbos” de Editorial Rumbos libros. Participa en la Antología de cuentos “WhiteStar”, en la “Antología Poética de Post-Vanguardia”. Desde el año 2015 integra La Conspiración de los Fuleros, grupo de producción literaria de la ciudad de Santa Fe, editando tres libros de cuentos “Conspiración Año Cero” (2017), “Puertas Adentro – Historias de una Santa Fe Extraña” (2017) y el Especial de Ciencia Ficción “Fabulosos Relatos de Otros Mundos” (2018). Participa en la Antología de Textos del “Premio Municipal de Literatura San Miguel de Tucumán –Género Cuento” (Mención – Edición 2018). Participa de la Antología de relatos Predator 2019 – Historias Pulp (Epub). Prologa y participa de la Segunda Antología LETRAS COMPARTIDAS por NaP – Ediciones de Autor.

Blog Personal: http://algunashistoriasbreves.blogspot.com/

Facebook: https://www.facebook.com/jorge.lacuadra.7 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s