El cuerpo de la verdad

El cuerpo del chivato era muy pesado para nosotras. Fabiola no había hecho ejercicio en su vida y mis entrenamientos consistían en baile y trote, de fuerza, nada. Odiaba recurrir a un hombre. Ella no, era su recurso favorito, ¿quizá esa diferencia nos mantenía viviendo separadas? Su languidez de diva de otras latitudes, lograba que con un ligero movimiento de sus pestañas tan largas como sus uñas, consiguiera acciones impensadas a favor de sus deseos. ¿Cómo culparlos si a mí me dejaban electrizada, dispuesta a convertirme en su esclava si era necesario?

Lástima que el cuerpo estuviera instalado en mi casa y quedara en mis manos conseguir ayuda. Yo, la que había jurado tres años antes, en la puerta del juzgado que sentenció el divorcio, no recurrir jamás a la colaboración masculina. Que el juramento no tuviera más testigos que mi conciencia no lo hacía menos imperativo, mi conciencia es más implacable que la peor opinión ajena.

Promesa de por medio o no, la situación no variaba, ¿a qué hombre podía recurrir si había cortado lazos con el género? Una parte de mi cerebro decía que era mejor que el cadáver fuera encontrado, Fabiola se vería obligada a enfrentar la realidad. La parte mezquina y estúpida, ¿de qué me serviría que hiciera público lo nuestro si terminábamos en las celdas de una prisión?

Sentada en mi silla favorita, aún desnuda, ella aguardaba por mi decisión. La amaba con locura, pero sabía muy bien que era incapaz de resolver algo por sí misma. Bebía un whisky aguado, como si bebiendo el problema desapareciera. Mi actitud no era tan diferente; observaba el rostro repugnante del diariero buscando quizá obtener el mismo efecto mágico y volverlo invisible. Nos dijimos que no habíamos querido matarlo, apenas controlé sus signos vitales esfumados. ¿De verdad no lo quisimos hacer? ¿Creíamos que lo asustaríamos exponiendo una pistola o estábamos dispuestas a disparar? Ella sostenía el arma que compré apenas separada, con la difusa idea de protegerme del infeliz, convencida que haría lo imposible por recuperarme al punto de utilizar la fuerza conmigo. Idiota, no terminé de poner mi cepillo de dientes en el bolso que ya dejaba el suyo la vecina del quinto. Fabiola sabía que la guardaba en el cajón, se levantó de inmediato, apenas el barbado canillita nos amenazó con divulgar nuestro amorío a menos que le pagáramos. Yo misma pensé que dispararía, ¿cómo no se iba a infartar el inmundo basilisco cuando vio el cañón a dos metros de su cabeza?

Comencé a irritarme, ¿ni siquiera pensaba vestirse? «Hay que hacer que el cuerpo desaparezca», sentenció cuando le informé que el mirón estaba muerto. Sus palabras fueron una orden, no la expresión de algo que debíamos realizar juntas. Ni siquiera estaba vestida todavía. Mi dormitorio, mi cuerpo, mi problema. De pie en el vano de la puerta, podía contemplar al intruso y a ella, apenas precisaba rotar un poco la cabeza.
Fabiola efectuaba cada gesto como si tuviera las cámaras delante; alzó el vaso muy por encima de la cabeza, miró a trasluz el líquido casi transparente y con un ligero descenso de su brazo lo alcanzó a los labios. Me vinieron ganas de besarla, de arrojarme entre sus piernas abiertas, de repetir la escena que interrumpió el diarero hasta su final feliz.
Escapé de esa visión de ensueño; el reptil estaba de costado, como había caído. ¿Mi problema, cuando era ella la casada? Cuando el gordo, porque además de inmundo era gordo, dijo aquello de «todos se van a enterar que son tortilleras», casi le grité que sí, que lo dijera, que lo voceara por las calles como al maldito Clarín. Fabiola no me dio tiempo; dio un salto para escapar de la cama, hizo un paso y tomó el arma del cajón. Primera vez que la veía reaccionar con esa presteza. La amartilló, yo lo oí.

La martilló y apuntó; la delgadez vuelta acero, la tensión en las venas del brazo, todo su cuerpo decía que dispararía. «Solo quise asustarlo», dijo a mis espaldas, cuando me agaché a tomarle el pulso.

Veinte minutos habían pasado. Ignoraba los plazos de la rigidez cadavérica, pero sabía que ese cuerpo se pondría peor, más difícil de maniobrar. Fabiola acabó el trago. Permaneció sentada, mirándome. Me vinieron ganas de odiarla, ¿cómo podía odiar la belleza? Había que recurrir a alguien, sacar el cuerpo de casa y dejarlo en un sitio cualquiera, un infarto podía ocurrir en todos los paisajes. ¿Por qué no decir que había traído los diarios y se cayó, adelante de las dos amigas que conversaban en la sala? Estaba en el dormitorio, arrastrarlo hasta el living era posible. ¿Por qué no podíamos hacerlo?

Porque Fabiola no estaba en casa, Fabiola estaba en clase de yoga. Calzas, musculosa, medias y zapatillas desperdigadas por el suelo, en el camino entre la puerta y mi cuarto. La tanga, quizá entre las sábanas. La señora tenía un uniforme para cada actividad y un horario que cumplir. Sin aviso, tras un maravilloso recorrido por la casa, recogió las ropas. Dejó que los dedos resbalaran por mi rostro cuando pasó a la pieza; atrapé su mano un segundo, la besé. La retiró antes que pudiera llevarme un dedo a la boca.
Dos minutos más tarde, vestida, el cabello recogido, consultó su teléfono. ¿Me salvaría, conseguiría ayuda para eliminar ese problema? Ilusa, quería estar segura de la hora. Con ese quiebre de caderas que me podía, se acercó a mi cintura. El beso tuvo el gusto a un último beso. «Suerte», me dijo. Sin la menor variación en el paso, abandonó la casa.
La pistola estaba aún sobre la cama. Era lo de menos. El diariero seguía en el piso de mi habitación. Recogí el arma y la regresé a su lugar, cuidando que el seguro estuviera colocado. Supongo que no creí que fuera cierto que Fabiola se hubiera marchado de esa manera.

La boca abierta del cadáver era una mueca burlona. El muerto era el menor de mis problemas, podía justificarlo. Estábamos por tener sexo y cayó esta visita inoportuna, excusa perfecta. Me demoré en dar aviso porque estaba en el baño cuando sucedió. Mejor todavía. Nada de hombres a quien deberle favores. Tomé el celular para llamar a emergencias, asunto concluido.

Era tarde, muy tarde, ¿por qué no se me había ocurrido antes?, ¿por qué dejé que Fabiola se fuera sin resolverle el caso? Basta de preguntas inútiles cuando debía plantearme una sola: ¿por qué dejé que Fabiola se fuera?

 

Foto de portada: CityNews.


JUAN PABLO GOÑI (Argentina)

Autor argentino. Publicó: “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016;  “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Publicaciones en antologías y revistas de Hispanoamérica. Premio Novela Corta “La verónica Cartonera” (España), 2015.  Colaborador en Solo novela negra (relatos). Estrenos: Por la Patria mi General; Vivir con miedo; Una de vampiros y salame (Argentina); Bajo la sotana (México) Caza de Plagas (Chile) Si no estuvieras tú, El cañón de la colina (España). 

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