Instinto

Hace noches que deambulo por los techos de las casas de mi barrio de San Cosme. Allí, desde las alturas, siempre en compañía de los míos, me dispongo a contemplar la belleza de la luna, ajeno a toda noción de espacio y de tiempo; emitiendo maullidos que en más de una ocasión han perturbado a uno que otro vecino del lugar.

Admito que hasta hace unos meses llegué a sentir por ello cierta dosis de pudor, por lo cual intenté renunciar en más de una ocasión a estos nuevos patrones de conducta que iba adquiriendo; no obstante, de un tiempo a esta parte, he llegado a aceptarlos como parte inherente de mi real naturaleza, y puedo asegurarles que hoy en día no me avergüenza ya mostrarme tal y como soy. Y es que, tal  y como he decidido confesarles por medio de este escrito, soy un gato.

No sé exactamente desde cuándo fui tomando la consciencia de ser uno de ellos. Lo cierto es que he vivido siempre con la rara sensación de sentirme ajeno al cuerpo que me cubre, sensación que se fue agravando con el tiempo hasta el extremo de degenerar en una aguda crisis de angustia existencial. Las cosas llegaron a tal punto que me vi a mí mismo convertido en una especie de misántropo. Alejado de la gente y de todo tipo de contacto social, me solazaba únicamente acariciando a los gatos (que han llegado a ser muchos) que tenía la costumbre de adoptar para matar la soledad, al mismo tiempo que oía los acordes de la música exquisita de Beethoven, en especial los de la Quinta Sinfonía, la cual, sin saber por qué razón, era por la que sentía más intensa devoción.

De ese modo, y a pesar de ir experimentando cada vez con mayor intensidad una serie de nuevas y extrañas sensaciones, mis días seguían transcurriendo sin mayores contratiempos y llevaba, de algún modo, lo que la gran mayoría de personas considera una vida normal: Despertaba por las mañanas, acudía al trabajo (cuidando siempre de llegar de manera puntual), regresaba a casa y realizaba las labores domésticas que habían quedado pendientes; con la particularidad de que, finalizado todo eso, me sentaba en mi poltrona y me ponía a acariciar a cada uno de mis gatos, acompañado siempre por la música de Ludwig Van.

No obstante, tal y como tuvo que ocurrir algún día, esa rutina de vida llegó a romperse por completo y pasó lo que ya, desde hacía un buen tiempo, había temido que llegara a ocurrir: Sin saber cómo, ni de dónde (como esa cuestiones carentes de lógicas respuestas y que solo se entienden como resultados de un simple capricho del azar) apareció una enorme rata corriendo raudamente por la sala principal, y antes de que los míos pudieran darle caza me abalancé sobre ella (poseído por un deseo y una agilidad también inexplicables) y empecé a devorarla de inmediato, sintiendo al instante un placer que se hizo uno con mi cuerpo y que dio como resultado muchas largas noches de insomnio, en las que traté de explicarme, sin éxito, qué carajos era lo que me estaba ocurriendo.

Desde aquel entonces y movido siempre por una voluntad ajena a todo principio de humanidad, empecé lo que podríamos llamar un nuevo estilo de vida, diametralmente opuesto a aquel que había definido mi vida hasta entonces (cuando aún me regía por normas de conducta que hoy no tienen para mí mayor significado). Debido a la carencia de roedores en una casa, por demás, infestada de felinos, comencé a frecuentar los estrechos callejones habidos en los alrededores de mi barrio de San Cosme, en los cuales me ocultaba por las noches aguardando que pasara por allí algún tipo de roedor (sea que se tratara de ratas o de simples pericotes) al que capturaba y devoraba con presteza apenas avistaba, sintiendo siempre el mismo placer rayano a lo morboso que sintiera en la primera ocasión.

Al principio, regresaba a mi casa sumergido en un hondo arrepentimiento, el mismo que con el paso de los días fue aminorándose cada vez más hasta llegar a disolverse en la nada. Viéndome, de este modo, libre de toda amenaza de cargo de conciencia, no dudé en adaptarme lo más antes posible a las costumbres gatunas que ya había empezado a adquirir y que, desde siempre, habían llamado por completo mi atención. Fue así que renuncié a mi trabajo (mi único vínculo con una sociedad con la que nunca me había sentido plenamente identificado) y me dediqué en cuerpo y alma a pasarme las horas durmiendo y comiendo carne cruda de pollo o de pescado y, en especial, la de aquellos roedores a los que seguía acechando y capturando por las noches en las inmediaciones de los estrechos callejones de la zona.

De este modo, mi conciencia de este nuevo estilo de vida se hubiera seguido manteniendo estancada en la más completa ignorancia de no ser por la llegada de mi hermano mayor que, alarmado quizá por algún vecino mojigato que sin duda atribuía como causa de mis nuevas costumbres a alguna especie de insania, vino a visitarme después de mucho tiempo. Al verme, tirado boca abajo en el sofá y rodeado por completo de los míos (en un ambiente que calificó de irresponsable e insalubre) no pudo ocultar un gesto de desprecio y repulsión por esa, mi nueva condición, y me pidió que visitara de inmediato a un neurólogo que dijo conocía, quien habría de ayudarme a salir de ese universo caótico en el cual me estaba sumergiendo.

Rehusando en un principio someterme a cualquier tipo de terapia, me fue imposible rechazar su petición debido a su clara amenaza de ir a contárselo todo a mis padres, a quienes muy posiblemente y debido a la edad avanzada que tenían podría sobrevenirles algún tipo de colapso nervioso al enterarse de que el menor de sus hijos había renunciado a todo para dedicarse de lleno a vivir la vida de un felino. Fue así que en las primeras horas de la mañana siguiente, me encontraba ya en el interior del consultorio de dicho doctor. Era este un hombre calvo y de aspecto sincero (lo cual, dicho sea de paso, me reconfortó sobremanera, ya que me brindó la confianza requerida) que me hizo recostar en una camilla y cerrar los ojos, tras lo cual, por medio de palabras que muy lentamente me iba diciendo muy cerca del oído, me fui poco a poco quedando dormido. Hasta hoy, a pesar de ser mucho el tiempo transcurrido desde aquella ocasión, puedo recordarlo todo hasta en sus mínimos detalles:

Era un salón medianamente amplio, torpemente iluminado por las velas de un viejo candelabro. La chimenea, a un costado, hacía crepitar los trozos de leña que el fuego iba devorando, un fuego que al mismo tiempo calentaba aún más mi cuerpo, abrigado ya por el cálido regazo del hombre que acariciaba amablemente mi lomo con manos tan suaves como la brisa más fresca, a medida que iba tarareando las notas de esa música divina que solo entonces supe por qué me había fascinado desde siempre; al tiempo que decía:

— Fidelio, Fidelio… mi leal compañero.

Mientras yo, ronroneando con deleite, sentía claramente ser amado y protegido por aquel, quien profesaba hacia mí un afecto profundo y sincero.

Al despertar, vi al médico mirándome con rostro perplejo. Era obvio que ahora todo habíase tornado más claro para mí: había desentrañado, al fin, los misterios de mi real naturaleza. Evitando caer en el ridículo juego de tratar de explicar lo inexplicable, el hombre tan solo atinó a decirme

— Sin duda Martínez, es usted un caso sin igual.

Hace noches que deambulo por los techos de las casas de mi barrio de San Cosme. Allí, siempre en compañía de los míos (no me avergüenza confesar que, hoy por hoy, son ellos lo más cercano que tengo a una familia) me dispongo a contemplar la cálida belleza de la luna, emitiendo maullidos que suelen perturbar a uno que otro vecino del lugar. Y es que, como me he ocupado en confesarles a lo largo de esta historia, soy un gato, y no hay nada que sea capaz de cambiar dicha situación, aun cuando el cuerpo que me cubre no llegue nunca a congraciarse del todo con mi alma de felino.

Foto de portada: Best-Wallpaper


MANUEL ALFONSO NAVARRETE  SALAZAR (Lima, Perú)

Cursó estudios de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es autor de un poemario virtual titulado De amoris essentia y posee un blog en donde suele publicar artículos vinculados a la literatura y al arte en general, titulado Anotaciones de un bibliófilo. Uno de sus cuentos ha sido publicado por la revista virtual Ibídem.

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