Tres relatos de Bryan Barona

Vinculaciones

Tu tío muere.

Tu tío se ha muerto de forma melodramática, urgente y anónima.

Ingresan el cadáver de tu tío a la morgue porque nadie estuvo para sostener sus socorros finales ni para auxiliar sus manos —flacas, más bien huesudas; ennegrecidas— por si algún último deseo hubiesen pedido librar de la boca —también flaca, más bien reseca; púrpura e inútil— y aquello solo fue como tuvo que ser.

La natural chance de morirse en la rotundidad del silencio, un mutismo forzoso a saña de desolaciones: como en el claroscuro de cada cual de los ángeles.

¿Era tu tío, en el sentido drástico de las epifanías, un ángel?

No te machaques culpa, por el amor de quien sea.

El remordimiento es para los tipos de espíritu robusto y acondicionado a las broncas de largo ímpetu. No claudican al primer asalto con el remordimiento, al primer culatazo entre sien y sien, al primer punch bajo la barbilla del tiempo, y día a día lo afrontan con cinismo insospechado, pervertido, absoluto.

Tú eres un pusilánime y no te enredarías en ello: te excede el maremagno de la cobardía, esa red plagada o tejida de incertidumbres y miedos; microscópicas palpitaciones —microscópicas detonaciones como forados invisibles— a lo largo de tu médula espinal.

Tú solo eres un cagón dispuesto a devenir sobre el oleaje automático del ensueño.

Y sí, léelo bien: era tu tío un ángel en el sentido drástico de las epifanías.

Tu tío era un ángel acaso similar al personaje de un cuento breve de un argentino que te seduce sobremanera.

El texto se llama precisamente «El ángel» y habla de un ser divino predestinado —sabe quién con qué objeto o por qué radicalidad— a vagabundear por las orillas de un río inmundo y terrenal.

Durante la noche, el ángel se oferta sexualmente entre los escombros y demás mierda infecta de un río puesto en los extremos de Buenos Aires o de Lima o de cualquier lugar en el mundo donde desarrollarse venturosa y pesadamente la vida epifánica de un angelucho latinoamericano.

Los clientes ocasionales —vagabundos de a pie, sin alas— se lo fornican a gusto hasta que el inconveniente de su no-sexo entra en relieve casi de inmediato y el acto se desbarata.

Le gritan «¡Sodomita!» al ángel como si a tu tío le espetaran una sentencia de muerte extraída de una trama narrativa para los infaustos.

Tu tío muere, tu tío se ha muerto de esa hijadeputa enfermedad.

Yendo a la margen del tiempo escarchado por la miseria, el ángel que es tu tío emprende su ruta de nuevo. Acaso detectando la verdad o su verdad.

(Y el río ya no prosigue su cauce).

El ángel que es tu tío propone un buen amor y no dispuso de él a primera mano. Y jamás descubrió los entresijos de lo cierto: falleció prematuramente a la edad de 50 y aún preserva un tibio pecado juvenil entre sus dientes rotos, torcidos, faltantes.

Tu tío murió con el corazón embutido en el armatoste óseo de su espalda —francamente angosto, reseco, amarillo— y ya no logró despegar por equipaje inútil.

Un cuerpo inerte (la materia renovable en el que Caos Universal desplaza sus conjuros, nos vuelve abono para plantas y florecillas que no observaremos crecer nunca: cojudez verdosa) no sirve para hamacarse en una nube, en un fragmento celeste; para frisar el vacío cierto y cálido al que pertenecemos.

Y en la morgue han desvalijado el cadáver de tu tío y poco más le hurtan hasta el alma: y no estuviste ahí para defenderlo, negro, como él lo hiciera por ti en múltiples ocasiones durante tu inocencia y el oficio deprimente de medrar en la misma: crecer es una proporción inversa a todo lo fulgurante y lo dichoso.

Recibiste la llamada telefónica tarde y has crecido.

Has caído en la cuenta que un cadáver necesita del resguardo de los vivos. Un cadáver, mejor aún, requiere de la limpidez de un niño: preservamos acaso la frescura de nuestra memoria suya en sus párpados aún palpitantes, en su entreabierta boca aún palpitante, en sus pómulos y mejillas aún más palpitantes y henchidos, poco a poco a punto de colapsar, de rebalsar como nudos comprimidos de angustia, de tristeza, de irreversible y nueva rabia.

Hay personas que salen de órbita a empujones por la desmesura —el trago, la pasta y otra sustancia pesada, el sexo con otros hombres como el amor con otros hombres, cualquier mierda hasta la yugular— y nos vemos conminados a permanecer a flote: levitamos a pura inercia de nuestra imposibilidad para compensar la gravedad de sus ausencias.

Tu tío, de ahora en más, está ausente.

Tu tío, de ahora en más, yace ausente: como la permanencia de una sombra vírica, como la estancia extendida de una llaga sobre el viento, como el absoluto negro y alanceado por la espalda.

En un frigorífico del Estado se congelan sus últimas preguntas y sus últimas plegarias: ¿Habrá encomendado tu futuro en algún lugar del tiempo, a buen recaudo, al cual llegar y no sentirse martillado por los acontecimientos, los hechos irrepetibles e intocables, la fortuna echada?

Los encargados del hospital cuentan que tu tío murió amando a Dios (describen el fenómeno como «un individuo con los ojos pazguatos, elevados de par en par como dos agujeros de blancura, un tránsito inaccesible hacia el otro lado de las cosas»). Y entonces acaso —solo acaso— haya pulsado el nervio de las verdades.

La verdad exime el fatalismo pero sobre todo la muerte.

Y tu tío ya está muerto: refundido su cúmulo de derrotas y cariño en un camposanto al sur de tu alcance, una necrópolis para los pobrediablos donde no penetran tus palabras, un olvido que se sedimenta entre brisas de degüellos y pescados fuera de altamar.

Y tú, chico, escribes para trazar una suerte de narcótico con las palabras: te inyectas sílaba a sílaba, masticas bálsamo con la tinta, has tragado un consuelo como sucedáneo de nada en esta parte de tu historia.

Estás aquí, negro: como otra permanencia sobre una permanencia, como encima de mí mismo y la celeridad de mis pálpitos encima de ti mismo, bombeando a 444 km/h una humedad para transpirarla y compartirla, indivisible, indivisiblemente.

Sigues y seguirás siendo tú aunque te eches de menos.

 

Comportamiento doméstico

Contemplo las salvajes cabriolas de los gatos sobre las celestes y heladas baldosas del pasillo de mi casa. Ambos son de sexo opuesto y el macho desea arrejuntarse encima de la hembra, propiciar un fornicio ciertamente forzoso pues la hembra no conoce el celo hace innumerables lunas por intervención veterinaria.

Cuando un desconocido se la obsequió a S. ya había sido aperturada y zurcida y tras la esterilización poco o nada apetecible le resulta a sus pares machos. Salvo a mi gato: un pequeño gato casero, moteado entre el blanco y el crema, rayano en los siete meses, bastante dócil y enternecedor por las mañanas cuando la caldera del sol desborda por el tragaluz al final del pasillo.

Ahora —la medianoche boca abajo, el murmullo del silencio a toda penumbra— el gatito se enerva y se encabrita como un potro felino (y, vale decirlo, necesariamente semental). Asumiré que es la temporada de su ser iniciático-sexual y, a pesar de la naturaleza antifajadora de mi gata, el crío quiere desquitárselas del modo que venga en suerte.

Mi gata, negra paridora de camadas y camadas ronroneras, inveterada trajinadora de azoteas ajenas antes de recalar en la tibieza de este hogar, conoce bien estos menesteres y parece tomarse de buena gana los precoces intentos de su compañero. Lo arrechaza —modificación limeñísima, peruanísima del verbo— a garrazo juguetón, sus bigotes de nailon parecen curvar una sonrisa intrépida, sus quejidos son más bien un alegato simpático y a favor del despertar libidinoso del gatito macho y el rechazo a la cópula no queda sino en puro revoltijo peludo rodando sobre las celestes y heladas baldosas del pasillo de mi casa: una sola y blanquinegra rueda de arañazos onomatopéyicos sin cesar.

Pero no llegan a infringirse algún rasguño de mirar alarmante ni una que otra mordedura bajo la felpa de sus cueros pomposos. Siguen girando y maúllan dolorosísimamente bajo los términos animalescos de ese silvestre padecimiento consensuado hasta perderse de vista bajo la cobertura íntegra de las sombras del corredor.

Pulso el interruptor para darle un poco de luz a fragmento de la casa y sentirme aún en compañía. Allí están ellos: al pie del tragaluz, despegados ya sus cuerpos de la bola o rueda generada, sorbiendo con sus lengüitas el entretenido lamento respectivo de cada quien. Las bestias —macho y hembra en dos pies, usualmente de chamarra de cuero y tabas Converse— sin dudas somos nosotros dos.

Esta madrugada S. me ha dejado fuera del cuarto, sin palpar mi cuerpo la mullida cama que Dios o los fabricantes industriales nos brindaron, por un inadecuado comportamiento doméstico que no llegué a entenderle o no supo explicarme. Continuaré sin comprender los enigmáticos asuntos del tira-y-afloja con la espina dorsal apoyada sobre la juntura de una pared fría y este suelo aún más destemplado.

 

Escena cinematográfica

Cuando despertó, la biblioteca estaba ahí: grandes cimientos de mármol, ventanales diáfanos y una vasta escalera por la que se desbarrancaba el cochecito de un bebé. Aún no entendía si todo era parte de una duermevela canalla o una realidad de súbito inexplicable: se pellizcaba fuertemente el antebrazo y lo único cierto era que —pistola en mano, cosa que tampoco llegaba a comprender— tenía que rescatar al niño de su inminente impacto y un fuego cruzado. Entonces arremetió a balazos contra los malhechores y con el otro brazo dio manotazos al aire para coger el mango del carrito: no fuese a ser que se quedara sin vida y sin pequeño (y acaso sin ensoñación de sábado). Todos los malandros mueren y él salva al bebé de estrellarse contra uno de los cimientos de mármol: cada una de las historias de esta biblioteca —asumiré— guardan un final previsiblemente feliz.

 

Foto de portada: Omen


BRYAN BARONA GONZALES (Lima, Perú)

Titulado técnico en periodismo audiovisual. Ha publicado en revistas nacionales como El BosqueVerboser y MOLOK. También en la revista mexicana Monolito. En el último verano fue incluido como parte del Mixtape: El amor transciende el tiempo y el espacio (Ed. Poesía Sub 25) Actualmente prosigue trabajando en su primera obra.

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