Tres relatos de Omar Livano

 Trenzas

Los labios de Isaura se partieron en un sollozo finísimo como el lamento húmedo de los huaynos antiguos. Sus manos contraídas y manchadas por la artrosis se aferraron a las aldabas de la puerta. Lo que sucediera en la calle, no importaba. Para las impresiones y sugestión de Isaura, los pasos apurados de los vecinos o los rayos verticales de sol no eran distintos a los cocales de Phuyupata. No había transcurrido ni un año desde su llegada definitiva a Lima. Isaura tuvo que acostumbrarse pronto. Enterrar la ilusión de morir en sus tierras que, en rigor, solo estaban encargadas por un patrón cuyo nombre estaba extinguido. El cambió de hábitat la remeció. La abuela estaba cada día menos viva; más ansiosa. Menos fuerte; más loca.

Forcejeamos. Isaura me empujó hasta en seis ocasiones. Tras cada arremetida, le pesaba el remordimiento y me arropaba contra su pecho. Un abrazo silente. “Munay wawicha”. Luego, poseída por su angustia, me insultaba tejiendo palabras en quechua que —supongo— bajo otra tonalidad menos brusca, parecerían mimos. “Déjala que salga nomás. No irá muy lejos”, indicó la tía Mela mientras alimentaba sus cuyes con apios y nabos picados. Resignado a las tribulaciones de la abuela, me hice a un lado. Isaura acomodó su atado de colores rutilantes sobre la espalda y cogió la vara con que tía Mela recogía la caca de sus animales. Salió calladita como si nadie la estuviera viendo. Una vez en la calle, se dirigió dos cuadras abajo profiriendo lisuras y nombres que podían evocar a sus peones o a sus amantes de Phuyupata.

Por precaución, la seguí disimuladamente. Isaura avanzaba empujando los desechos, a su paso, con la varilla como si espantara ratas silvestres o pitones. Sin noción del tiempo, deseaba buenos días a cada vecino quitándose el sombrero de fieltro. Luego, poseída, una retahíla de frases inexplicables. “Qué ha dicho”. “¡Ay mamita, no te entiendo!”. “Manan, manan”.

Avanzó algunas cuadras. Detuvo un bus semivacío. Como no le permitieron subir, insultó al cobrador en un quechua contrariado. La risa sardónica del muchacho la irritaba aún más. Insultos masticados. Los chopitos de sudor sobre los labios. El viejo recuerdo de la vez en que inauguraron una carretera que conectaba Phuyupata con las chacras de la altura. La fiesta que celebró a solas con uno de sus cuñados, ambos ebrios. La gallinita que correteó durante una hora entre los naranjos. El fogón, ella y el ánima de su hermana muerta en manos de una curandera o por culpa de la tuberculosis.

En cuclillas, sobre un jardín, Isaura desató su manta. Entre los cachivaches, encontró una vela. Anochecía. Tal como lo hubiera hecho en sus cocales, Isaura recogió hojas al azar y las amontonó sobre su atado extendido sobre el pasto. “Y sí, siempre repite la misma acción”, había dicho tía Mela. “En esas veladas tu abuela acompañaba a los peones a recoger coca, a oscuras o con un mecherito apenas, y sabe Dios qué habrán visto en la chacra estos condenados”.

La cabeza del dueño asomaba y desaparecía a través de la ventana. Su frente arrugada y sus ojos agitados. Cuando notó que Isaura se disponía a encender los helechos que cercaban el jardín, empujó la puerta, colérico. “Qué hace, ¿acaso está loca?”, le increpó. “Qura-qura kañay”. “Qué chucha dice”. “Rutuy pallay”. “Vieja serrana de mierda, lárguese de mi casa”. “Kañay”, insistió la abuela arremolinada en sus tobillos frágiles, inservibles. Entonces, observó al tipo por última vez antes de marcharse. Isaura reconoció el mismo porte del supuesto hacendado que visitó las chacras y les ordenó a todos los comuneros que trasladaran los cocales a las alturas, antes de que viniesen los militares o los cholos amargados de la ENACO a quitarles su cosecha.

A donde fuera que voltease, la anciana empalidecía. Algunos destellos de lucidez la arrojaron de vuelta al exilio. Continuó su camino, sacudiendo su cabeza, masticando palabras en un quechua extrañísimo, quizá rabioso. Llegó pronto al parque María Auxiliadora. Eran cerca de las 09:00 pm. Poca gente. La mayoría regresando del trabajo o acudiendo al Chifa en busca de una cena solitaria. Isaura reinició su tarea. Acumulaba hojas de cualquier tipo en una bolsa de basura que no soportaba el peso y se desparramaba sobre el gras. Intentó encender la vela, pero el viento no se lo permitió. Cansada de tanto andar y molesta por sentirse inútil, decidió quedarse allí, quieta.

“Y hasta qué hora piensas seguirla como un tarado”, me regañó tía Mela. “Me da pena”, respondí. “Todos los días la misma cantaleta con ella. Que hay que cocinar para los peones que vienen de la chacra. Que a debemos escoger la coca. Que se la mete en las tetas para que no se las quiten en la carretera”. “La vez pasada llegó hasta la avenida y si me demoro un minuto, la perdíamos”. “Estoy harta”, agregó.

Las vecinas que acudían a verla, en los alrededores del parque, le preguntaban dónde vivía o cómo se llamaba. En vano. No había forma de que la entendiesen. Isaura, por el contrario, entendía con claridad sus preguntas. Pero, por algún golpe de orgullo, no respondió ninguna. “Simi apaq mierda”.

Nada de lo que Isaura veía le resultaba, ni remotamente, familiar. Quizá tampoco Mela ni yo lo éramos. Hace rato que nos había visto. Fingía: se rascaba la cabeza, caminaba en círculos, chupaba el jugo de las flores. Quizá por eso, fastidiada y ajena a todo, empezó a prenderle fuego a sus trenzas. “!Carajo, se está quemando¡”, gritó tía Mela.
Corrí dando saltos. Llegué hasta donde estaba ella y, antes de que se defendiera con la varilla, la tiré contra el gras para pisarle las trenzas. Finalmente, Isaura misma aplacó el fuego con ayuda de su manta. Alcancé a distinguir su rostro magro, de piel amontonada y alicaída, con una risilla irreverente destejiéndose. “Qué le pasa por qué ríe”, le reclamé como si fuese una niña. “Segurito se acordó de lo que hizo en su pueblo”, respondió tía Mela.

Convivo con el horror. Le temo a mis consecuencias y me escondo de las causas. De noche, prefiero disimular. Mi muladar florece cuando nadie mira. Si no estuviera ese cerco entre mi lado de acá y mi lado de allá, todo sería más caótico. Una ardilla no puede escabullirse tímida y morderte el cuello, al mismo tiempo.

 

Bolero de los murciélagos partidos

    1. Marcial es un antipático. Digo: un antipático, presumido, mentiroso y lindo. La primera vez que se acercó a mí, durante la apertura del ciclo, su boca le apestaba a rancio. Una mezcla de alcohol, mala noche y cigarrillos esmirriados. Mientras aguardábamos el final del Himno Nacional, Marcial balanceaba su llavero con los dedos. Inquieto. No le importó interrumpir el discurso de bienvenida. Se acercó para preguntarnos, como quien le habla al vacío, si alguien conocía el horario de Literaturas Prehispánicas. Obvio. Le alcancé la ficha fotografiada que nos entregaron. Sonrió casi por reflejo. A diferencia nuestra, no era su primer año en la Facultad. Marcial había jalado la mayoría de los cursos generales y su presencia allí, en plena ceremonia, se debía básicamente a su obsesiva pereza. La noche anterior, se emborrachó junto a otros estudiantes de ciclos superiores que conocía a medias o lo suficiente para gorrearles algunos chamos. Durmió acurrucado como un feto en una cabina telefónica. Al despertar, recordó que esa mañana estaban convocados los cachimbos en el campus de la universidad. Aprovechó la reunión para despejar aquella duda del horario y no volver hasta casi dos meses después, cerca de los parciales.
    2. Durante mis cinco años en la Facultad, Marcial pasó de ser el compañero que abusaba de mi generosidad, exigiéndome préstamos que nunca saldaba, a una suerte de lumbrera o chamán espiritual. A veces, mientras bebíamos en grupo, le alcanzaba billetes de diez soles por debajo de la mesa con tal de evitarle la vergüenza de ser un miserable vividor. A cambio, yo me quedaba feliz, si esa noche me acompañaba hasta el paradero y me platicaba sobre esos poetas autárquicos que nadie más leía en la Facultad. Nos metimos unos chamos exquisitos y, como para no desentonar con esa desolación arrimada en los paraderos de buses, nos dimos un beso licencioso, sin lengua y repleto de sonrisas diáfanas, caras tontas.
    3. Mi nombre es Federico Rojas. Estudio o estudié Literatura en una universidad estatal. No creo ser gay. Me encanta estar cerca de Marcial, escucharlo interpelar a nuestros compañeros sobre lecturas que solo él entiende o agarrarse a trompadas con los borrachos de Quilca. Me gusta cómo succiona los cigarrillos con sus labios como contrayéndolos en un gesto parecido a un beso o una imploración al silencio. Existen otras tantas manías de Marcial que también me atraen; pero, de ninguna manera, soy gay. Lo he pensado y mucho. Por momentos, asco; en otros, vergüenza. Marcial acaba de encararme esta mañana, después de dar los finales. Me llevó hasta el baño de la Facultad. Una vez dentro, tiró del pestillo y sacó su verga para que se la chupe. Quizá lo había hecho antes, ebrio o muy deprimido; pero por probar como cualquiera. Ni me gustó, creo. Quién no tiene un buen amigo. Sea como fuese, lo volví a hacer.
    4. Hacia el penúltimo ciclo, Marcial fue arrastrado a un centro de rehabilitación. Encerrado. Obligado a tomar cinco litros de agua al día, a rezar por cualquier insignificancia (pero hacerlo gritando como quien se convence a sí mismo de no estar demente) y a consumirse en la abstinencia. Sus mejillas flácidas y manchas en la zona interior de los muslos. Lo habré visitado hasta en cuatro ocasiones. Le llevaba apuntes que fotocopiaba de otros compañeros y esas galletas “munición” que tanto le gustaban. Me contó que un tipo, promotor de un colegio, le debía un favor a su padre y estaba dispuesto a programarle algunas horas como profesor de lenguaje. Se le notaba medianamente contento, aunque inseguro. Agregó que sentía miedo y que, por más poemas que recitaba de memoria en las noches, no podía dormir. Finalmente arguyó, contrariado, que eran síntomas de progreso. Así, renunció a su afán de escritor en la onda Henry Miller o Ferdinand Celine. Es decir, cuando me sentía más cerca de su literatura salvaje y de él, me abandonó en medio de la autodestrucción.
    5. Vi llegar a Marcial en un camionetón negro, de lunas polarizadas. El coche era de su padre y el terno que lucía esa noche también lo pagó él. Mientras alguien leía el discurso de agradecimiento y los viejos se apañaban con las lágrimas, Marcial me preguntó a qué me dedicaría. Ni muerto de hambre trabajaría como profesor o bibliotecario o promotor cultural o cualquiera de esas ridiculeces. A diferencia suya, yo sí sería escritor. Poeta, seguro. Marcial extendió su mano y golpeó mi nuca, sin ser muy tosco. Agregó que no fuese tan iluso y que los años son canijos. Me di la vuelta para alejarme e ir por unas copas de vino. Le ofrecí una, pero se negó. Bebí un sorbo, apenas. Antes de que pudiera seguir rezongándome por mi respuesta, jugueteé con su corbata y tiré de él como dirigiéndome al baño. Ricura. Palpé su erección.
    6. He salido corriendo de la ceremonia. No me interesó abandonar a mi familia avergonzada y alborotada. Me he sentado en la acera de Quilca. Extraje una pizca de chamo con la uña. Me la metí directo al cerebro, inclinando mi cabeza hacía atrás e inhalando hasta el humo de los carros. Aún podía recordar la cara rojiza y los ojos turbados del padre de Marcial, después de encontrarnos en el baño, peleando. Su hijo tenía la verga afuera, la camisa hecha tirones y yo sangraba por la boca. No recuerdo más. En aquel momento, no pensaba en volver a casa. Me hervían las sienes. Sentía el vómito asomarse hasta por mis narices. Borracho, drogado, licenciado en literatura y perdido en una calle cochambrosa rodeado de seudoartistas. Toda una pantomima para esconder nuestras debilidades. Y, sin embargo, no dejaba de mirar hacia la bocacalle por donde, varias veces, Marcial y yo llegábamos abrazados, hablando exclusivamente de los cuentos y poemas que algún día escribiríamos, aunque a todos les dé asco y nadie nos entendiese. Por supuesto, entrada la madrugada, Quilca se sumió en una triste desolación artificial.

 

999 palabras

La mañana del jueves, Francis se presentó en el café incluso media hora antes de lo acordado. Pese a sus reservas con el azúcar —reprimido por una diabetes incrustada en tres generaciones anteriores— no dejaba de remover la hierbaluisa que había ordenado. Esperaba. Ansioso, meditabundo, monologando. Aguzando sus argumentos como si estuviese afilando un cuchillo. Llevaba tres días sin dormir. Compensaba el desgaste con siestas interrumpidas y casuales, arropado en la clandestinidad de su oficina. Francis dirigía una revista cultural que bien podía considerarse un pasquín inundado con propaganda del estado o un catálogo de publicaciones novísimas, a su vez financiadas por editoriales independientes que eran— al margen de su fachada— alcahuetas de las transnacionales.

Cerca de las once de la mañana, Francis asumió que Matías lo dejaría plantado. Miró sus dedos impolutos, alisó los folios de papel que releyó infinitas veces, durante la espera. Avergonzado de sí mismo por haber confiado en él, tachó los nombres de los seudónimos y mordió el borrador incrustado en un extremo del lápiz como si se tratara de un caramelo. Encogió sus hombros y ni bien se puso de pie para marcharse, volvió a tomar asiento impelido por aquel escozor curioso. O la inseguridad. Cómo saberlo. Lo cierto es que, a la manera en que lo hacen los super héroes, la mano derecha de Matías se posó sobre su espalda.

Después de increparle su tardanza, Francis aseguró —con una mueca de fastidio— que ese año el premio debían otorgárselo al cuento de la abuela.

—Ni hablar —replicó Matías— eso ya no sería un premio, sería un indulto —bromeó.

—¿Sigues empecinado en darle tu voto al bodrio ese de los poetas homosexuales? —preguntó Francis con cierto tinte recriminador.

—Más allá de tus contratos y prebendas —respondió Matías— es el único cuento de todo ese montón de cochinadas que, por lo menos, tiene huevos.

—Te emocionas con cualquier pirotecnia posmo —criticó Francis, desganado, acusando la hora.

Cuando el jefe de la redacción que organizaba el certamen le consultó a Francis si Matías Aznar le parecía idóneo para formar parte del jurado, este le miró de reojo y sonrió avispado. “Está loco”, le dijo. “Es un poeta terriblemente caótico y de lengua deshuesada, en su momento muy reconocido y todo lo que quieras; pero te advierto que está fregado”. “Sí, quizá tienes razón”, respondió el director. “Aunque deberías reconocer que le daría mucho caché y sofisticación a nuestro concurso que un tipo como él entregase el premio. Es más, ya me lo imagino con su flequillo mohicano y su casaca de cuero, llegando en su moto, acechado por los flashes”.

—Con mil palabras como límite, tampoco te puedes poner muy exigente —opinó Matías antes de encender un cigarrillo, bostezar a medias y expulsar el humo en una sola bocanada densa y estática.

—Mira —le dijo Francis sosteniendo el manuscrito impreso de la abuela. Subrayado con obstinación y provisto de anotaciones en los márgenes de cada hoja— aquí tenemos estructura y una prosa medianamente digerible. Si bien no hay profundidad, al menos hay ambición. En cambio —agregó yuxtaponiendo el otro relato— te imaginas lo que dirían de nosotros si le otorgamos siquiera mención honrosa a este improvisado —Francis señalaba el nombre del autor que poco antes había tachado.

—¿O sea que tú ya conocías los nombres originales de los participantes? —preguntó Matías sarcástico.

—Puede que este cuento no sea el mejor que haya escrito el fulano, pero te aseguro que ese tipo tiene una obra prácticamente consolidada —se excusó Francis intercambiando los folios.

—¿“Prácticamente” significa que es cliente de alguno de tus amigos-imprenta? —denostó Matías punzante.

—Los mismos que hace tiempo vienen publicando la sarta de sandeces que ahora escribes y todos te dicen que son poemas adelantados y te aplauden y te invitan cervezas y tú contento, así sea con mil, cien o diez palabras, viajas a sus festivales o les caes, dizque por casualidad, a la hora del almuerzo o les pides que te presenten a las cachimbas de la Facultad de Literatura —respondió Francis revisando su reloj de pulsera— se me hace tarde —agregó modulando su voz— tengo otra reunión.

Matías observó de refilón el cúmulo de papeles dispersos sobre la mesa. Rebuscó en los bolsillos de su chaqueta algún cigarrillo consumido a medias. Nada en lo absoluto, salvo boletos de combi y retales de bolsas plásticas. Apoyó su quijada sobre su mano derecha y esta, a su vez, sobre el borde de la mesa.

—¿Tienes un fallo? —preguntó.

Al principio, la propuesta para ser jurado del concurso le pareció una broma pesada. Sin embargo, tras meditarlo enloquecido por ácidos y a la luz mediocre de una lámpara tapizada de polvo, Matías empezó a teclear obsesionado una suerte de relato autobiográfico que luego imprimió y propuso a un colega enviarlo a su nombre y con un seudónimo cualquiera.

—Tú quieres que gane el cuento de los poetas homosexuales porque es de tu pata, ¿cierto? —inquirió Francis extendiéndole un Montana importado— ¿Has leído su biografía? ¿Crees que la revista publicaría el relato de alguien cuyo único mérito fue pertenecer a uno de esos grupetes de chiquillos alucinados? Ya estás viejo para estos delirios, Aznar. Por eso ya ni te leen y solo te alaban porque sí —se carcajeó tapándose la boca.

Mientras Matías escribía ensimismado, en la misma habitación de siempre, al son de los griteríos entre su madre y su abuela, con la misma mano con que se había masturbado esa tarde, sus párpados empezaban a declinar. Alguna fama tenía y podía decirse que había esbozado poemas entrañables más que redondos. De haber sido narrador, posiblemente, las mismas editoriales le hubieran ofrecido publicar su obra sin cobrarle ningún centavo. Sin embargo, esa madrugada lo que motivaba a Matías para no detenerse hasta llegar a las mil palabras era su obstinación. ¿Obstinación hacia qué? No importa. Trascender o quizá, solamente, subsistir.

—Nos falta tu voto para decretarlo ganador por unanimidad —continuó Francis— vamos, muchacho, sé que harás lo correcto.

Foto de portada: George Baselitz


OMAR LIVANO (Lima, Perú)

Estudió Lengua y literatura en la UNFV y cursa Ciencias de la comunicación en la UIGV. Editor y director de la revista TAJO (2010 – 2015). Ha publicado dos libros de poemas: Todavía ladran afuera (SIN editorial: Lima, 2013) y Silencio la tierra va a dar a luz un árbol (EL OJO ediciones: México D.F., 2017), incluye audiolibro. Pronto publicará Re-patética felicidad (relatos) y El círculo de las migajas (novela). Lector promiscuo. No cree en la literatura como sistema cultural; sí como prótesis humana. Ganó un concurso de relatos escolares en la periferia norte limeña. Mención honrosa en el Concurso de microrrelatos CASLIT 2017. Aficionado a la física, el cine y la Filosocioantroposofía. Nadador amateur. Profesor. Free lance en Publicidad, Periodismo y Lenguajes audiovisuales. Hincha de Kafka, Aira, Roth, Borges, Bolaño, Lispector, Duras, Nabokov, Puig y siempre Auster (y la U).

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