Sobre las parafilias en “El malvado” de Charles Bukowski

En pleno auge de la era de la información, las parafilias continúan ocultas detrás de las paredes. Este término, acuñado a principios de la década del 90 para referirse a un conjunto de prácticas sexuales orientadas hacia escenarios no convencionales, lleva consigo un aliento tabú que ha impedido que se trate el tema con la amplitud con la que se debería. Así, existen muchos prejuicios alrededor de estos patrones, su origen y desarrollo. Se suele confundir su naturaleza y, en numerosas ocasiones, acusar a quien posee una parafilia de cometer un delito, cuando esta no es necesariamente una consecuencia.

Es interesante cómo se manifiestan los comportamientos parafílicos en los productos culturales. La literatura ofrece una amplia gama de ejemplos. El escritor norteamericano Charles Bukowski posee una tradición famosa de relatos de corte erótico. En su libro La máquina de follar incluye el relato “El malvado”, que será el objeto de estudio de esta ponencia desde la intención de abordar cómo se manifiestan las parafilias en la configuración del personaje principal, Martin Blanchard, un hombre aparentemente convencional que, en medio de una perturbadora rutina, comienza a desarrollar instintos que lo llevarán a posicionarse del otro lado de lo socialmente permitido. Nuestra intención al realizar esta investigación será aportar en el repertorio de producción sobre las parafilias y generar una nueva lectura de la narrativa de Bukowski.

Como hemos señalado, el término parafilia fue acuñado en 1987 por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (American Psychiatric Association) en reemplazo de la palabra perversión. En este documento podemos encontrar la siguiente definición: “impulsos sexuales, fantasías, o comportamientos recurrentes e intensos que implican objetos o actividades poco habituales. Sin embargo, para considerarse un trastorno mental debe además causar daño a otro, o deteriorar la vida del sujeto”.

Así mismo, si realizamos una búsqueda en la página de la Real Academia Española, nos encontramos con una definición bastante concreta: “desviación sexual”.

Luego de revisar las distintas definiciones del término, caemos en cuenta de que las parafilias son consideradas como impulsos y prácticas sexuales que se alejan de lo convencional. Ahora bien, esta consideración es subjetiva y dependerá del contexto en que nos encontremos. Sin embargo, se ha tomado como una convención señalar una parafilia como tal cuando genera desgaste físico y/o emocional en quien la posee y, sobre todo, cuando su consumación trae consigo el daño de otra persona (es decir, aquel sobre quien recae el rol pasivo en el acto).

Los orígenes de las parafilias fueron tremendamente discutidos, pero se ha llegado a la conclusión de que surgen en la infancia, como producto de ciertos estímulos o impresiones de corte sexual o erótico que desencadenan una fijación particular en el infante. Esto se produce alrededor de sus primeros tres años de vida. Por lo anterior, podemos afirmar que quien posee una parafilia no es artífice de la misma ni la ha perseguido, sino que esta se produjo en su aparato psíquico cuando sus gustos y placeres se encontraban en formación. Por tanto, el hecho de poseer una parafilia no constituye un delito en sí mismo. El delito se produce cuando la parafilia es consumada en un acto que atenta contra la dignidad o libertad de otros.

Se han señalado muchos tipos de parafilias, pero para fines prácticos vamos a describir tres de los principales, que serán nuestras herramientas en el análisis del cuento planteado. Estos son: pedofilia, somnofilia y voyeurismo.

La pedofilia es descrita como el placer sexual que obtiene una persona al llevar a cabo actividades o al tener fantasías sexuales con niños. Esta parafilia ha atravesado diversos paradigmas con el paso del tiempo. Por ejemplo, en la antigua Grecia no estaban mal vistas las relaciones sexuales entre un adulto y un púber (entre cuyos artífices más famosos tenemos a Sócrates o Platón) aunque sí si estas se realizaban con un sujeto prepúber. De igual modo, es famoso el caso del escritor Lewis Carroll, que dedicó su obra más reconocida, Alicia en el país de las maravillas, a una niña que había tomado como musa, de nombre Alice Liddell. Uno de los pasatiempos de Carroll era tomar fotografías y la protagonista de muchas de ellas es Alice junto a sus hermanas, a veces con muy poca ropa. Esto es interpretado por muchos como la revelación de una tendencia pedófila en el escritor, aunque este hecho nunca haya podido ser corroborado, debido a que en la época la desnudez infantil podía ser considerada un símbolo de pureza.

Por su parte, la somnofilia es descrita como la atracción sexual que se produce al mantener relaciones sexuales con individuos en estado de sueño o inconsciencia. Esta parafilia también ha tenido correspondencias famosas en la literatura. De hecho, su nombre no oficial es “síndrome de la bella durmiente” en referencia al clásico cuento de Charles Perrault donde se narra la historia de una princesa hechizada que cae dormida y es rescatada cuando un príncipe admira la belleza y fragilidad que refleja en ese estado.

Por último, el voyeurismo se define como la atracción sexual que se experimenta al observar a otras personas manteniendo relaciones sexuales. Esta parafilia ha tenido una amplia representación en la literatura y otras artes. Es común encontrarse con escenas en donde un espectáculo erótico es ofrecido para algún curioso e incidental testigo. Así mismo, la figura del voyeur puede extrapolarse hacia los estudios culturales y generar conclusiones interesantes respecto de la mecánica social contemporánea. Debo recordar aquí el concepto de flaneur que fue acuñado por Baudelaire para referirse al poeta que deambulaba por las calles de París, alimentándose de la multitud. Esta figura fue tan interesante que el filósofo Walter Benjamin la tomó como ejemplo para describir al sujeto urbano moderno: un eterno espectador.

Ahora que hemos aclarado a qué apunta cada parafilia, es momento de atender el relato propuesto. Comencemos por los primeros párrafos.

El relato comienza con la descripción de la rutina de Martin Blanchard. Se trata de un hombre divorciado, de 45 años, que acaba de perder su trabajo “por absentismo y desinterés”. Se realiza una descripción breve de sus gustos y costumbres: “emborracharse lo más posible, solo, y dormir mucho y estar en su apartamento”. La soledad representa para Martin un estado donde se siente muy cómodo. No disfruta de relacionarse demasiado con otros, y esto se confirma líneas más abajo: “Cuanto más tiempo pudiese mantenerse separado de la especie humana, mejor se encontraba. Los matrimonios, los ligues de una noche, le habían convencido de que el acto sexual no valía lo que la mujer exigía a cambio. Ahora vivía sin mujer y se masturbaba con frecuencia”. Estas líneas son importantes pues retratan la posición del personaje frente al sexo. Este implica un esfuerzo emocional y físico que no está dispuesto a correr, y la masturbación llega para resolver sus problemas. De ese modo, obtiene placer sin preocuparse por nadie.

La mañana en la que se sitúa la historia, Martin ha decidido beberse una botella de vino de su refrigerador. Se sienta a contemplar la vista desde su ventana y pronto repara en que en el jardín del frente están tres niños jugando a la guerra. Poco a poco, se percata de ciertos detalles que llaman su atención. Una niña, su vecina, juega de manera escandalosa, saca la lengua y repite insultos en voz alta. Esto genera que Martin la observe con más detenimiento, y se da cuenta de que lleva una falda roja muy corta y, bajo ella, unas bragas también rojas. Intenta despejar su mente pero es inútil. Pronto se da cuenta de que ha tenido una erección y surge la siguiente reflexión:“¡Ninguna mujer adulta le había puesto así! Nunca había tenido tan dura la polla, tan roja, y tan fea. Martin tenía la sensación de estar en el secreto mismo de la vida”. Esta aclaración es importante pues es sabido que, para quienes buscan consumar una parafilia, este acto trae consigo una descarga de placer mucho mayor a la que obtienen a través del sexo convencional. Las parafilias, por lo tanto, para quienes las poseen, generan la sensación de haber descubierto “el secreto de la vida”.

Luego de esta impresión, Martin se masturba y eyacula. Cree que finalmente ha terminado con sus ideas: “Gracias a Dios, pensó, todo ha terminado. Me lo he sacado de la cabeza. Soy libre otra vez”. En este punto notamos que la presencia de los deseos parafílicos son percibidos como un peso del que debe liberarse. Una especie de condena. En varios testimonios de personas que poseen una tendencia de este tipo, se ha registrado esta percepción que, en ocasiones, desencadena una pérdida de autoestima.
Para Martin, sin embargo, el deseo no se detiene. Tras la primera descarga, entretiene su mente con ideas sobre lo agradable de su vecindario y sobre su primera esposa. Recuerda que ella solía llamarlo neurótico y concluye: “En fin, al diablo su primera esposa. Todas las mujeres”. Este comentario refleja una actitud de corte antisocial que es una característica de quienes poseen parafilias. Al poseer impulsos de situaciones eróticas que, en ocasiones, implican someter a otros, la percepción de igualdad se desdibuja.

Luego de beber más vino y de percatarse de haber terminado la botella, Martin continúa contemplando a los niños y nota una nueva erección. Sus pensamientos se pierden entre culpar a la niña llamándola desvergonzada y decidir salir por un paquete de cigarrillos. Así, se viste con unas “prendas sucias” y sale. Mientras se dirige hacia la licorería, nota que los niños han abierto la puerta de un garaje y continúan con su juego allí dentro. En una respuesta casi automática, Martin desvía su camino: “Martin se vio de pronto bajando por la rampa camino del garaje. Allí dentro estaban. Entró en el garaje y cerró las puertas”.

Adentro, comienza a gritar y a amenazar a los niños, a quienes ordena que permanezcan en un rincón. A la niña la cerca hasta tenerla bajo su control. Ella forcejea y lanza golpes pero Martin apenas puede percibir algo además de su propio deseo. Algunos testimonios de personas que poseen parafilias denotan que, cuando estas se encuentran en el proceso de consumación, el nivel de placer que experimenta el sujeto es tal que lo desconecta de su noción de la realidad. Las acciones de Martin están dirigidas por esta libido exacerbada que lo controla.

Sin embargo, junto con el placer creciente, Martin experimenta una sensación de delirio que viene acompañada de cierta desesperación. Está totalmente desequilibrado y sus movimientos lo reflejan. Se describe el contacto violento que se genera entre ambos. “Martín la miró a los ojos y hubo una comunicación entre dos infiernos: el de ella y el de él. Martin besaba, completamente desquiciado, con un hambre infinita. La araña besando a la mosca cazada”. Esta animalización presentada en la cita no es gratuita, pues los impulsos eróticos descritos pueden ser equiparados con reacciones animales, violentas y crudas, alejadas de los procesos de la lógica.

En este punto del relato, constantemente se resalta el contraste físico entre la niña y Martin como un aliciente para el aumento del placer de este. “Se agachó y puso su cara grande contra la pequeña de ella, besándola y chupándole la boca una y otra vez”. Martin tantea las bragas de la niña, que llamaron su atención desde el momento en que las contemplaba a través de la ventana, y esta visión lo obliga a implorar. “Oh sálvame, Dios, pensó. No hay nada tan bello”. Su tendencia pedófila se manifiesta con tal fuerza que, mientras percibe belleza en su víctima, apela a una figura sagrada pues posee una sensación de culpa y vergüenza: “pero el tamaño distinto de los cuerpos lo hacía todo muy difícil, embarazoso, mucho, y, con la ceguera de la pasión, él no podía pensar”.

En cierto momento, la niña se desmaya y su fragilidad es descrita con sumo detalle. Como indicamos antes, la somnofilia se alimenta de interactuar sexualmente con personas dormidas o en estado de inconsciencia. Es esta relación de sometimiento sobre el cuerpo desvanecido la que genera placer. En el relato se aprecia claramente que el desmayo de la niña aumenta la libido de Martin: “tenía la polla fuera: grande, roja, fea, como si hubiese salido por sí sola como una apestosa locura y no tuviese ningún sitio adónde ir”. Esta manera de describir la situación permite pensar en un trastorno disociativo que impide que el sujeto se reconozca dentro de su entorno y se identifique a partir de este. Martin es descrito como una locura desagradable o apestosa que no pertenece a ningún sitio. Su condición parafílica lo ubica al margen de la sociedad.

Mientras la agresión de Martin es llevada a cabo, los dos niños se mantienen donde este los ubicó y no dejan de comentar lo sucedido, con la franqueza propia de su edad. “¡Mira! ¡Mira! ¡[…] intenta meter eso tan grande por la raja de ella! —He oído que así es como se tienen niños. —¿Tendrán un niño aquí? —Creo que sí”. Este tipo de comentarios generan que la conducta de Martin se exacerbe. Tras percatarse de que le resulta muy complicado violar a la niña en la posición en que están, decide llevarla a una silla para poder manipular mejor su cuerpo. Los niños se acercan. El método de Martin es la solución que necesita. Se sienta y acomoda el cuerpo de la niña en posición lista para penetrarla. Los niños avanzan aún más y están casi al costado de Martin. “—Ha metido la punta. —Sí. Mira. ¿Tendrán un niño? —No sé. —¡Mira, mira! ¡Ya le ha metido casi la mitad! —¡Una culebra! —¡Sí! ¡Una culebra! —¡Mira! ¡Mira! ¡Se mueve hacia adelante y hacia atrás! —¡Sí! ¡Ha entrado más! —¡La ha metido toda!”. Las palabras de los niños afectan a Martin, que se mueve con mayor rapidez, consciente de ser observado. La decisión de mantenerlos cerca y obligarlos a presenciar el acto refleja una conducta voyeurista de tendencia exhibicionista, que es una rama que parte de esta parafilia, donde el sujeto siente placer al ser observado mientras lleva a cabo el acto sexual. El agregado de estar ejecutando este con una niña desmayada y que sus observadores sean también infantes, genera que las otras dos parafilias que habíamos mencionado también se manifiesten en este momento.

Finalmente, Martin eyacula dentro de la niña, “sin dejar de besarla, rasgándole la ropa, sin darse cuenta, le habría arrancado igual la cabeza”. Luego, deposita su cuerpo en el suelo y sale. Se dirige a su departamento, donde se sirve un nuevo vaso de vino y se sienta a contemplar la ventana y esperar. Puede ver cómo la gente va acercándose al garaje. Luego, observa la llegada de una ambulancia. Minutos más tarde, dos policías ingresan a su departamento. “Dos tipos grandes, bastante guapos. Casi le gustaron”. Esta acotación refleja el estado mental en que se encuentra Martin: en el fondo, sus pulsiones sexuales continúan poseyéndolo; a pesar de estar a puertas de un problema judicial, su mente no da tregua.

Los policías lo golpean y humillan durante todo el recorrido hacia el patrullero. Lo obligan a bajar del edificio a pie y miles de rostros contemplan su paso. Una vez dentro del vehículo, uno de los policías dice: “Tengo una hija de cinco años […]. ¡Te mataría y me quedaría tan tranquilo!”. En este punto, Martin rompe a llorar en silencio durante unos minutos, hasta que contesta: “¡No pude evitarlo! […] Se lo aseguro, de veras, no pude evitarlo…”. El último párrafo del relato es la descripción de una nueva golpiza que obliga a Martin a vomitar vino y sangre, con casi todos los dientes rotos.

La última frase de Martin, cuando asegura que no pudo evitar cometer la violación, permite pensar en el carácter imperante de las parafilias, que generan en el individuo la necesidad de consumarlas, aún cuando esto suponga transgredir la ley, los derechos de otros y recibir escarmiento.

En una entrevista a un paciente con voyeurismo realizada por el Hospital Psiquiátrico de La Habana, este manifestó lo siguiente: “Deseo continuamente mirar y fisgonear; mis pensamientos permanecen revueltos entre ideas de mirar por los agujeros y violar. Antes de dormir, pienso: Dios mío, ¿por qué me tocó a mí este tormento?”.

En un informe realizado por el Hospital Clínico Quirúrgico Dr. Octavio de la Concepción y de la Pedraja sobre un paciente con frotismo, se dejó estipulado que “todo lo hace callado porque no quiere que su problema se conozca. Se siente mal, angustiado, porque no quiere ser así; pero no puede librarse”.

Este relato es un crudo e íntimo retrato de la realidad de muchos. Bukowski dibuja un personaje sumamente complejo que se vale de sus instintos y se ve enfrentado a un orden social en el que no encaja. La literatura es ese espacio donde surgen los monstruos. Un espacio que no está, ni debe estar nunca, sujeto a normas morales. Por ello, al enfrentarnos a la lectura de “El malvado” (cuyo título refleja con ironía la condición del protagonista), debemos hacerlo con más preguntas que conclusiones. ¿Dónde habitan los monstruos si no es dentro de nosotros mismos?

Referencias bibliográficas

De Dios, E. et al (2006). “Parafilias: un estudio de caso”. Hospital Psiquiátrico de La Habana.
Peña, L. “Trastornos múltiples de la inclinación sexual. Presentación de un caso”. Hospital Clínico Quirúrgico Dr. Octavio de la Concepción y de la Pedraja.
Phillips, K. A. & First, M. B. & Pincus, H. A. (2004/2005). “Avances en el DSM. Dilemas en el diagnóstico psiquiátrico”. Barcelona: Elsevier-Masson.

Foto de portada: Invaluable


Ponencia presentada en el I Congreso Internacional Literatura y Enfermedad.


LISA CARRASCO (Lima, Perú)

Licenciada en Literatura por la Universidad Científica del Sur. Vocalista en Violencia política. Ganó los Juegos Florales en su casa de estudios en la categoría de Cuento (2016). Recibió mención honrosa en el concurso “El cuento de las 1000 palabras” de la revista Caretas (2016). No cree en los concursos pero sí en los premios. Ha publicado en Austro, en Camaleón paranoico y en Kill The Zine Fanzine. Participó en la antología El amor trasciende el tiempo y el espacio de la editorial Sub25. Actualmente, es codirectora de MOLOK. Revista virtual de artes.

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