VERGÜENZA

La muerte es una dama
oscura que conoce y guarda
los más pérfidos secretos

La primera señal que el alcalde John Hemsley tuvo, fue ver colgado a su gato en el pórtico de su casa la noche posterior a su atroz crimen. En retrospectiva fueron las criadas quienes vieron el cadáver del minino ahorcado por un alambre de púas. La expresión del gato era de total desesperación y agonía.

El alcalde Hemsley prohibió a las esclavas hablar del tema, y si llegaba a enterarse de que alguna habló sería ferozmente azotada. Aquella mañana Hemsley fue a la iglesia como cada día, se reunió con el grupo puritano hegemónico y comulgó con los suyos debatiendo nuevas reformas para controlar las pecaminosas costumbres que comenzaban a establecerse en el diario de los colonos del pueblo.

Las noches siguientes más gatos desaparecieron entre maullidos de dolor y rabia, para amanecer colgados de los pórticos de sus dueños o en la iglesia, si eran callejeros. Las autoridades tildaron de vandalismo y hechicería las pérfidas acciones contra estos animales, e incluso alguien se atrevió a inferir que los gatos eran familiares de brujas que convivían con el día a día del pueblo, lo cual desató una indignación e histeria colectiva, seguida de continuas semanas de acusaciones entre los habitantes de la comarca. Padres acusaban a hijas, hijas a madres, vecinos a vecinas. Las mujeres fueron cruelmente interrogadas hasta que confesaron ser seguidoras de Satanás y con ello terminaba la tortura y llegaba la bien merecida muerte en la hoguera. Más de diez almas fueron consumidas por las llamas y con eso la ira del pueblo calmó y no hubo más incidentes ni más gatos que profanar.

Hasta que comenzaron a desaparecer personas.

El primero fue el granjero Loweell luego toda la familia Gibbs, la hija de los Blumer, los hermanos Nell y Madeline Hemsley, la esposa del alcalde, que fue la última víctima. John Hemsley, iracundo por naturaleza, increpó a Peter Collingwood, reverendo y discípulo del maestro puritano Cotton Mather, a desentrañar el misterio de las brujas ocultas, pues era evidente que aún quedaban. La primera purga no las encontró a todas y ahora el Aquelarre buscaba venganza.

Lo más terrible, y disparador, fue encontrar los cuerpos de los occisos en medio de la espesura del bosque en posiciones indecentes, rodeados por círculos de piedras. Usaron la sangre de las víctimas para pintar símbolos arcanos en los arboles cercanos, oraciones paganas en un idioma oculto que invocaban males ancestrales. Todo apuntaba a que era el trabajo más maléfico del Aquelarre.

La sed de sangre del pueblo herido llevó a quemar casas y granjas, a levantar acusaciones entre conocidos y extraños, cualquiera que fuese afectado por la más ligera sospecha terminaba en el salón de interrogatorios, purgando sus pecados hasta que el dolor lo purificaba y confesaba ser bruja o ayudante. Varón o mujer, todos terminaban hechos cenizas.

Y las personas seguían desapareciendo.

El caos comenzó a reinar a sus anchas burlándose altaneramente del inútil poder de aquel que yace en la cruz. La sangre corría entre amigos, familias y políticos. Lo que se creía una utopía puritana absoluta moría rápidamente por la culpa de un hombre, de un pecado, de un secreto.

El alcalde decidió llamar a la milicia para frenar la ola de locura que destruía todo lo que poseía, pero las tropas estaban ocupadas con un desastre de proporciones similares en Salem. El alcalde aseguraba que era un ataque coordinado de brujas por toda la región y que la civilización, tal y como la conocían, terminaría sino eran apegados a su fe. Debían creer que Dios tenía un plan para el pueblo y serán salvos aquellos que no se alejasen del camino estrecho.

Incluso la servidumbre del alcalde, y de cada familia acaudalada, desapareció en una misma fría semana de invierno.

Una mañana, John Hemsley permanecía arropado y tiritando en su habitación, no quedaba nadie quien pusiera un leño en la chimenea y calentara el ambiente, todo el personal había huido, fue acusado o murió durante las revueltas.

Cada sobreviviente de la comunidad se escondía en sus hogares, esperando a que el invierno pasara y las calamidades también.

Hemsley, tembloroso de frio y estrés, se apeó de su cama y, cubierto por sus frazadas, fue hasta la cocina por algo de comer, quedaba algo de pato asado que podría roer aunque esté frio. Cuando llegó al comedor no pudo evitar mirar de reojo que alguien estaba afuera de su propiedad, de pie en la nieve. Cuando John Hemsley se acercó a su puerta supo que todo el desastre que había caído sobre su idílica comunidad fue causado por él mismo.

Por su pecado, por su secreto, por su vergüenza. Como puritano debía respetar un estricto código de conducta, el cual era drástico con el tema de la monogamia; una mujer, un matrimonio, un compromiso de por vida. Era inconcebible que un puritano tomara a una mujer fuera del matrimonio, mucho menos si era una esclava, mucho menos embarazarla…

John Hemsley no podía dejar que aquello saliera a la luz y en su desesperación apuñaló a Betsheba, la esclava negra traída del África. La tomó por una curiosidad malsana y retorcida, por saber si los negros también disfrutaban de los placeres sádicos a los cuales sometía a su mujer cada noche y comprobó que no solo suelen tener orgasmos, también se embarazan. Y ese niño no podía nacer jamás.

La abandonó para morir en el abrevadero, más allá del bosque de Richmond, y se creyó libre de todo reproche. Satisfecho con su acción regresó a su hogar, repasando su coartada y durmió como un cerdo con la panza llena.

Ahora su pecado estaba frente a él.

Betsheba sonrió como solo la maldad sabe hacerlo y cuando mostró los rieles de sus dientes, John pudo ver colmillos superiores grandes y afilados como los de un tigre. Entonces comprendió que nunca se trató de brujas, aquellas amantes del maligno necesitan de los gatos como el hombre al aire, jamás podrían matarlos. Lo que estaba a escasos metros de su puerta era un ser mucho más aterrador, oscuro y depravado que detestaba a los felinos: el vampiro.

El invierno era lo suficientemente opaco y crudo como para crear una capa de nubes grises sobre el pueblo, evitando que el sol alumbre a la hija de Lucifer, quemándola de inmediato. Esa fue la única respuesta que John pudo deducir. La incógnita de cómo Betsheba hizo para regresar de la muerte convertida en un esbirro chupasangre quedó irresoluta, quizá con su último aliento ofreció su hijo no nato al oscuro para poder vengarse, quizá fue algo más espeluznante.

El alcalde balbuceaba salmos improvisados desesperado al darse cuenta que su fin se acercaba y que Betsheba había estado jugando con él todo el tiempo, desde las sombras donde la creyó muerta. Lo pudo asesinar en cualquier momento pero prefirió llevarse a su mujer primero y empujarlo al colapso nervioso para verlo angustiado, desaforado, desorientado.

Mas figuras lúgubres comenzaron a cercar al pueblo, colmando las calles, deteniéndose en las entradas de las casas que aún tenían colonos asustados y enfebrecidos. Eran los que desaparecieron, todos y cada uno. Incluso los que fueron encontrados en el bosque. La propia Madeline Hemsley estaba ahí, secundaba por detrás a la esclava, a la primera, de la misma manera en la que un discípulo guarda distancia de su maestro.

John elevaba sus ruegos al cielo, esperando invocar al valor y al perdón ante su inminente muerte, pero existen corazones tan lúgubres que la luz de la piedad nunca más alumbra. La esclava usó el embrujo de sus místicos poderes para obnubilar la razón de Hemsley y convencerlo de que la deje pasar. La sonrisa provocativa, aquellos pechos prominentes, la fuerza sexual de la vampiresa absorbió por completo a su presa, quien abrió la puerta y la invitó a sus aposentos.

Betsheba ingresó libremente a la cabaña portando esa misma sonrisa colmada de agresivas intensiones y cerró la puerta tras de sí.

Cuando por fin la milicia acudió al pueblo, después de controlar los sucesos en Salem, encontraron una aldea fantasma decorada con la escena más escalofriante y sádica que jamás hayan visto. No quedaba nadie con vida, solo decenas de cabezas cercenadas y congeladas, envueltas en marañas de alambres de púas colgadas de los pórticos de las casas. Y una frase pintada en sangre, en la puerta de la iglesia:

“Mata a tu pecado o tu pecado te matará a ti.”

Colosenses 3.5

Foto de portada: Pinterest


POLDARK MEGO (Lima, Perú)

Licenciado en Psicología, actor y director de teatro. Estudió Literatura creativa como segundo oficio. Compuso, actuó y dirigió puestas de microteatro de terror en Lima y Cusco – Perú.

Posee publicaciones físicas y virtuales en antologías y revistas de editorial Cthulhu, El círculo de Lovecraft, editorial Solaris, Editorial El gato descalzo entre otras. De las cuales destacan: “Cuentos peruanos sobre objetos malditos” (2018), “Terror en la mar” (2018), “Cerdofilia” (2018), “Paradojas” (2018), “Manuscritos de R´lyeh”, Especial JHorror La chica perro (2018). En el 2019 colaboró con: Editorial Solaris edición literatura fantástica (2019), Revista Letras y demonios (2019), Antología de terror Equinoxio (2019), Revista grotesca The Wax (2019). Publicó la novela Pandemia Z: Supervivientes (2019).

Actualmente dirige talleres de escritura creativa y laboratorios literarios, así como
también desarrolla charlas temáticas para eventos de literatura de género.

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