Fábula de los cuerpos calientes

Me pide que me calle, que no siga conversando con mi compañera de carpeta, que no voltee, que detenga mi estruendosa risa. La odio. Falté a una de sus clases y a la siguiente llegué tarde, un poco tarde, es cierto, pero sólo por eso me mira con esa cara. Para ella sólo somos un rebaño. Y yo, especialmente, la he hecho enojar al punto de convertirla en una zorra inquieta que me vigila, que reina sobre las altas llanuras de esta pradera, una zorra que en cualquier momento bajará para devorarme con zapatos y todo.

Mientras me regaña no puedo evitar bajar la cabeza y a la vez subir los párpados; observo por un resquicio de los ojos el busto apretado rebalsando de su delicada y deliciosa blusa blanca. Lleva puesto un sostén de encaje. Maldita.

—Y en cuanto a la exposición de mañana, chicas, espero que se luzcan con sus papelógrafos y que hayan tenido al menos un par de reuniones grupales, como les dije. Ya saben que preguntaré a todo el grupo sobre cualquier punto del tema.

—Señorita —la llamé—. Yo falté el día que se formaron los grupos. No tengo grupo.

—¿Por qué no te juntaste después?

—Llegué tarde y nadie quería. Pero expongo sola, mejor, como un monólogo. Sobre el reino animal, o sobre los mamíferos. Me gustan los mamíferos.

—Sí… —entonces vio mi sonrisa tan segura y descabellada que no le gustó–. Pero, no, eso no; tomas apuntes de tus compañeras y me lo presentas por escrito para recuperar esa nota.

—¡Pero, señorita!

Y me dejó con la palabra en la boca, con ganas de apretarla, retorcerla, hacerle abrir sus gruesos labios y vaciar ahí mi saliva.

Por eso comencé con las habladurías y las inscripciones en las puertas de los baños. Siempre me habían parecido absurdas pérdidas de tiempo, no me imaginaba qué clase de chica tan tarada podía estar más atenta a las frases escritas alrededor del wáter que a su propio depósito fecal. Pero también me daba cuenta de que funcionaba, precisamente porque la tozudez no era algo poco extendido en mi mediocre escuela.

No fue nada difícil: cogí mi plumón negro y lo escribí con nombres y apellidos. Alguna vez los vi hablando juntos, mucho más íntimamente de lo que corresponde a un director y a una profesora. En más de una ocasión los vi tomándose una taza de café, mirándose alegremente. Era tan fácil imaginar los posteriores besos, las gimientes risotadas sobre la cama. Tan fácil que muy pronto las paredes del baño no bastaron. Empecé a reproducir sus historias calientes en un pequeño cuadernito de papeles blancos que las demás chicas comenzaron a alquilar. ¡Y cuánto la amaba! ¡Cuánto se la follaba en mis escritos!

Ella, sin embargo, resultó algo cándida. Lo supe después, cuando empecé a necesitar la riqueza de más detalles para los siguientes capítulos. Decidí seguirla. Ella solo iba del trabajo a su casa, de su casa al trabajo. Una completa aburrida. Quizás hacía algo distinto los fines de semana, tenía que descubrirlo. En el asunto me ayudaría una amiga que ya era mi cómplice: prestándome su letra se había sumado al amasijo de lodo que venía formando, ella ahora escribía mientras yo le dictaba.

Escogimos una noche de sábado, imposible que la maestra no saliera, tan joven y tan rica. Dejamos dicho en nuestros respectivos hogares que cada una dormiría en casa de la otra. Sólo teníamos quince años, pero después del maquillaje y de un alocado cambio de ropa en un parque oscuro, ya parecíamos de dieciocho. Y luego a esperar.

La seguimos hasta un barcete de mala muerte que quedaba en el Centro de Lima, ni siquiera nos pidieron documentos. Ella estaba sola en la barra, deslumbrante y sagaz. Parecía una zorra en plena cacería. Y yo, acechándola con miríadas de angustia que no aguantaban un segundo más. En cualquier momento, nuestro hombre aparecería y tomaríamos la foto que de manera irrefutable comprobaría todas mis murmuraciones. Ya quería verlos por fin fuera de la escuela, besarse sin miedo, agarrarse las manos, que él la coja de la cintura con fuerza.

Pero quien se apareció fue otro. Un jovenzuelo con cara de duende, cuerpo lánguido y palidez famélica. Él no iba a poder con ella. Ella era un suculento torrente de fuego apasionado, ella se desnudaba en su cuarto apenas cerraba la puerta y veía su cuerpo reflejado en el espejo para aullar a solas, ella se echaba cremas antes de dormir para perpetuar su belleza, ella dormía sola con sus peluches azules tal como yo lo hacía, ella a veces soñaba conmigo.

Cuando comenzaron los besos me dieron ganas de explotar y de que pedazos de mi carne le llegaran a la cara; salí corriendo al baño. Al regresar, luego de estar más atenta a las paredes del wáter que a mi propio depósito líquido, mi amiga encuerada y de ojos pintados de negro, con su carita de perturbación, me dijo que ya se habían ido, no sólo cogidos de la mano sino entrelazando sus dedos, fuertemente atados por los dedos. Ambas sabíamos lo que eso significaba.

Nos quedamos a tomar los últimos sorbos de la única cerveza que compramos. No podía dejar de pensar en el fatídico beso. ¿Acaso la maestra lo ama? ¡Pero si aquel petiso no es más que un duende! Lo imagino arando su ridículo jardín, poniendo estrafalarios gnomos en su jardín, alimentando en un tazoncito de plata a su gato bastardo que sería el único rey de la casa que habita. Lo imagino con su sombrero de copa color verde y su trébol de cuatro hojas al costado. ¿Acaso la maestra lo ama?

—Sí, amiga, es mejor convencerse.

Entonces me equivoqué, lo arruiné, fui jodidamente estúpida. Me entregué demasiado una vez más. Adiós fantasía, adiós pasión. No volveré a escribir. A ella no le va a importar nada de lo que pueda decir de ahora en adelante.

* * *
—¡Ay, José! Imagínate que andan diciendo por ahí que tú y yo nos paramos revolcando…

—Si eso fuera cierto, Lima no sería tan gris.

Portada: Le Sémiramis-Bar by Édouard Touraine


Del libro de cuentos cartonero Fábula de los cuerpos calientes (Dendro Ediciones, 2019).


GIMENA VARTU (Lima, Perú)

Escritora, actriz, performer y productora teatral. Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado el poemario Cura de sueño (2012) y el libro de cuentos cartonero Fábula de los cuerpos calientes (Dendro Ediciones, 2019). Ganó el Concurso Nacional Nueva Dramaturgia Peruana 2016 del Ministerio de Cultura, donde obtuvo el 1er lugar en la categoría Teatro para Adultos con la obra Cachorro está pedido, estrenada en setiembre del 2017 en las calles del Callao con la dirección de Aldo Miyashiro.
Para el teatro familiar ha escrito una adaptación del cuento clásico Juan sin miedo (2017), así como la obra Gato de mercado, inspirada en el cuento homónimo de Christian Ayuni y estrenada en el Museo de Arte de Lima (MALI) en abril del 2019; ambas llevadas a escena por la Asociación Cultural Camisa de Fuerza.
Actualmente prepara su primera novela y trabaja como editora del Fondo Editorial de la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD).

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