Coágulo

Estaba yo enfermo esos días, tanto que ni siquiera podía caminar erguido, siempre ocultaba el pecho de alguna ráfaga de viento. Me contenía de escupir todo de una buena vez, y era un gran esfuerzo, pues no me cabían todas esas flemas en el paladar, también ese sabor metálico a sangre, entre placentero y amargo, lo tenía que tragar. La fiebre aumentada y el sudor fluía, en un proceso sincronizado para mantenerme medio muerto. Píldoras huecas, otras macizas, un inyectable al que dije «no» desde el principio y un jarabe por comprar, eso era todo lo que tenía. «Limpieza, limpieza», «usted no debió automedicarse» y yo le sonreía, emputado, midiendo la voluntad del buen médico que no podía ser tan grande, menos su paciencia, estaba seguro de que luego del apretón de manos que nos dimos, él obtendría algún saldo por paciente despachado o un cargo por mis medicinas, pues había recomendado una docena de píldoras, muy caro, muy caro. También los exámenes tenían un sobrecosto, solo espero que guarde los bajalenguas que usó para mirar mis amígdalas, que les haga un estudio, pues seguro mi garganta estaba verde, inflamada y en desintegración. En un momento note que se alejó, atemorizado de lo que podría encontrar cuando abrí la boca, luego el amable médico dijo: «No sé, usted no se expresa bien, no comprendo nada. Dígame todo lo que pasó», ¿desde el principio?, respondí, junto a otras estúpidas preguntas, recostado en la camilla, vulnerable y oliendo a mierda, no podía usar mi nariz pero seguro era así como olía el sudor que me mojaba la espalda, la grieta del culo y los pies pegajosos. Creo que estaba delirando. Decidí salir al poco tiempo, para salvarme a mí mismo con un cigarrillo.

Quería a toda costa terminar la cerveza, tirarme en los asientos hondos y seguir buscando muchachos, jalar un armado de yerba hasta que se acabe, y mover la pierna porque la música estaba fuerte y se suponía que yo tenía que reaccionar de algún modo: con un reflejo, porque la canción debía estar buena, y sino, por qué todos bailaban. No me compliqué en aceptar que estaba un poco solo esa noche, me sentía excelente, miraba mis dedos, los olía y nada más era importante, todo tenía un sabor perfecto. Encontré al fin unos agradables labios de hombre, solo esos, porque solo en labios de hombres o labios que vi de hombres que conocí, noté esa peculiaridad. Para todos podía hallar una diferencia y clasificarlos, decir si tenían labios «vaginales» que son muy delgados y violetas, o labios «de herida abierta». Clavo Pastel, mi amigo, que traía más cervezas (quien tiene los labios vaginales) me dijo que él solo veía cholos y morenos, feos y feos altos, nada más, hermano. Qué cochinada le metes a tu troncho, fuma nomás y ya no estés haciendo preguntas tontas. Me notó serio después de decir eso último y me frotó del hombro como para disculparse, con su palma siempre húmeda, como antes de salir; cuando se vistió en su casa se puso una camisa y parecía que ya la tenía mojada, sudaba mucho recientemente. Me dijo al oído con su voz nasal: «Le metes mucho floro para tirarte a esos patas» No es cierto, no sé si tenga tanto tiempo hermano, si no se me pasa el dolor de cabeza, me voy de este tono que ya se está muriendo. Ahí me empezó a zumbar la cabeza, puede que sea la cerveza o quizá sea el volumen de la música, ya es insoportable.

Tiré la colilla por las escaleras, luego me fui a buscar la farmacia para comprar los medicamentos. Antes de irme le había dado la mano al doctor y noté que se sentía a paja, a manos de luego de darse un pajazo, seco y polvoriento, con olor a una planta del pie que te pisa la cara. No había prisa en comprar mi receta, pues no supieron que era lo que me pasaba de todas formas, me derivaron a todos lados, por muchas puertas. En mi lista todos los medicamentos estaban acompañados de un «probable uso por la noche», «si te duele, te zampas dos, así mira, haces gárgaras y cierras los ojos, este de aquí, por si acaso vuelve el calor interno, ¿me escuchas?», «sí doctor, le escucho, pero no me siento bien, me tiemblan las piernas». «Abre bien los ojos, por favor, no te olvides de mí». Su lengua tan pequeña sorbiendo mi lengua, los puchos, la cerveza y la música, todo lo de anoche se vuelve a mezclar por un momento. No lo sé, pero de toda esta lista de piedritas sanadoras, mi hígado terminará comprometido. Al salir del zaguán de la clínica, no me resistí a mirar a una de las internas que pasaban conversando, ellas iban de regreso. Recordé porque me gustaban tanto las enfermeras, con sus nalgas infladas, bien empaquetadas en el uniforme, sus cabellos recogidos, limpias y trabajando, ¿acaso todas se teñían el cabello igual de mal?, medio dormidas para tomarlas de la cintura, seguro, desveladas, de turquesa, muy bellas. Desde que me hicieron nalguear a una en el colegio, nunca me había emocionado así. Luego de eso nos escapamos sin voltear, volcándonos en la puerta pesada de la sala de cuidados natales o de neonatos, ya no recuerdo bien. La abuela a la que nuestro amigo había ido a visitar estaba atada a una sonda en el edificio de enfrente, nosotros habíamos salido a dar la vuelta lejos de ellos dos, pues nos deprimía su conversación de despedida, casi de herencia. Cuando le contamos por qué estábamos corriendo, nos burlamos al verlo explicar a su abuela que ya se iba nomás, tan asustado, apurado, tranquilo, me habría gustado decirle: «Beto, no pasa nada, es mi prima, la enfermera a la que le metimos mano no vendrá a reclamarnos». Pero no le dije nada y solo me reí con el resto. Beto era un muchacho bajo, casi pelado, tenía labios de herida abierta como los de su abuela medio muerta. No te pongas serio, le habría dicho, pues ella, Nazaria, la enfermera, mi prima, es una chola que le gustan las cosas directas, ¿sabes no?, luego, en esa semana nomás, con una pellizcada más que le di me regaló sus senos, tan calientes como esta fiebre, y me besó entre las piernas, ay, ay, dijo ella, yo estaba bien abanderado, en firmes, echado en su cama, con las manos pegadas al muslo, porque no sabía nada de remojarla o cualquier vaina parecida, pensaba que si no ajustaba el cuerpo como lo hice, mi pistola se bajaría y ella no se mecería sobre mí como lo hizo, muy suave, muy bien, rico, pero yo habría preferido que lo hicieras tú, amiguito. Pensaba: tengo que guiar la sangre, mientras mi prima Nazaria se agitaba. Bien concentrado y tenso.

Ya estaba como que me daba igual, porque los labios no se distinguían bien esa noche, y las luces de muerto que soltaban los focos con caca de mosca no ayudaban. Me esforcé para que me causara algún intereses pensar en ellos. Querer distinguirlos a todos, saber quiénes eran. Separar a Clavo Pastel de algún ágil frusciante, es decir, un hombre bajo que baila muy bien, aunque él puede ser los dos a la vez, eso y más, solo él, pues a veces lo veo como herida abierta, a veces labio vaginal y algunas pocas veces como a alguien en quien confiar. Que puedan ser parte de mi repertorio me hacía quedarme y tolerar la oscuridad. Besarlos, con la música aumentando, merengues y muchos dichos, que sí, que sí, y que ¡lámanse! y algo más. Me abrazaba, rebuscaba mi ombligo, mi espalda. Labios vaginales fuertes, de sonrisa de vieja, finos, filos, y los de herida abierta, que todavía no expliqué muy bien como son. Esas pequeñas bocas eran mi relación que tenía con el mundo, de lo que sabía mejor, lo que podía entender, me interesaba como pocas cosas le interesan a la gente. Entre pingas, entre barbas, abrazos, solo los labios, herida abierta, cómo decirlo ahora, qué son, pues son de los cholos o a mí me lo dijeron así, «tú eres cholo», «mira tu boca, parece está mi cicatriz que no se ha cerrado, así es tu hociquito». Herida abierta, de una boca hinchada, como un costurón mal curado que se sale para afuera, esa boquita que tienes en una rodilla, encima del ombligo o por un tajón que te hiciste en el brazo, una boca gruesa pero sin bemba, como la fachada falsa de una casa, de cholo, los hace ver serios al principio, amenazantes, tirando la cara al suelo, muy duros, pero no pasa mucho tiempo hasta recordar que los labios son una carne suave, siempre. Herida abierta que les come la cara y se vuelve toda su piel, ahora la música parece un ajedrez, me muevo para aquí, para allá, un pasito más, no lo entiendo, que bajen la música o que me lancen un micrófono y yo les muestro que la herida abierta puede descocerse y también cómo escupe sangre. Justo por eso no hay que besarlos mucho tiempo, negros labios, oscuros, pardos, mejor evitar a los de labios herida abierta que regalan mucha tristeza cuando se lo proponen. Canción lenta, ya me quiero ir, Clavo Pastel se perdió, pero miro por ahí una sonrisa suya, entre mucho humo y ritmo, esta tan al fondo que no lo podría sacar sin el muchacho que se puso a abrazar. En el marco de la puerta, antes de fumar un poco, me limpio la sangre al borde mi mejilla.

Cómo se haría una pausa perfecta, no lo sé, cómo sería. La antojadiza luz de la calle entra a mi cuarto. Pienso cómo volver a detener el tiempo y el dolor que logré parar hace un momento al quitarme los zapatos, quizás lo logre si me saco más ropa y si me pongo a descansar en el sofá, pero tan solo consigo sentir una pizca de aire helado que se filtra por la ranura de la puerta, lo cual es algo más que paz. Escupo en el baño unas dosis de algo que debería estar dentro de mí, pues supongo que lo que sale con tanta sacudida y arde, no se quiere ir, y si no se quiere ir se debe quedar. Me disuelvo poco a poco en el piso y consuelo mi rostro caliente con mis manos mojadas. Las rendijas de mi ventana quieren brillar y pienso que es una virgen, con una corona dorada de muchos pinchos, esperándome afuera, qué locazo. Así es, una cita en la clínica será efectiva. Ellos saben qué hacer en casos de desborde de heridas abiertas. École. Me ha crecido en el pecho un poco de calma, ya puedo respirar, veré a Beto mañana, Clavo Pastel, quiero decir, ya no sé cómo llamarlo a veces. Pero por ahora la cima más grande que tengo que afrontar no son su cuello ni sus manos blandas, es la pared nube de mi cuarto hasta la ventana, por donde se asoma de a pedazos el día gris y una cresta del sol de la virgen, que no sé labios de que podrá tener.


LU MAHATMA RAMOS CONDORI (Apurimac, Perú)

Estudiante de la UNMSM. En la narración suele tratar principalmente los temas de sexualidad y desigualdad. Publicó en un compilado de cuentos de la Universidad Javeriana (Colombia) y otros relatos en revistas universitarias.

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