LA MISA DEL MES

La misa del mes es mañana. Parece mentira y es cierto. Juan Antonio murió hace veinte y nueve días y aún me cuesta procesar su partida al más allá. El correo enviado por Roberto Carlos, en el que participaba la muerte de nuestro común amigo, me desconcertó. No mencionó las causas del deceso ni los pormenores, solo su desaparición inesperada. El funeral y entierro fueron privados y no me enteré en absoluto. Tomé conocimiento del hecho por el mismo Robertito, pero ya era muy tarde para cumplir con las condolencias a la familia. La misa servirá para enterarme de lo sucedido y expresar mi dolor sincero.

La misa del mes de Juan Antonio es la última del día. llegué temprano y aprovecho para recordarlo mientras fumo un cigarrillo en los exteriores de la iglesia. Guardo excelentes recuerdos de él y la forma cómo encaró la vida fue emocionante y sorprendente. Me duele aceptarlo, pero siempre envidié lo extrovertido que fue y su carisma para convencer a la gente. Para su abrumadora personalidad no existían imposibles en el mundo de las ventas y era capaz de vender arena en el desierto. Hasta donde tengo memoria fue un brillante negociador de pólizas de seguros.

La ceremonia religiosa ha concluido y los pocos fieles salen presurosos. Termino de fumar, arrojo la colilla al pavimento e ingreso. El frío invernal cala los huesos y es mejor estar guarecido bajo techo. Ocupo una de las bancas laterales y distingo bien los detalles. Cuando estoy contemplando los cuadros colgados en las paredes escucho los pasos apurados de alguien entrando. Volteo y mi sorpresa es mayúscula al ver la sonrisa amplia de Juan Antonio. Luce impecable como siempre, como si estuviera yendo a la oficina de la aseguradora. Toma asiento a mi costado izquierdo y coloca el maletín de trabajo en el suelo.

─Buenas noches, Marco Aurelio ─saluda con voz ceremoniosa.
─Buenas noches, Juan Antonio ─respondo confundido.
─Es una pena lo de Julio César…
─Sí, quién lo diría ─balbuceo estúpidamente.

Debo haber malinterpretado el correo. Juan Antonio está vivo, no hay duda. Está a mi lado y, según él, Julio César está muerto. Esta misa es en su honor y por eso estamos acá, pienso más extrañado.

Julio César, el eximio cirujano pasó a mejor vida y recién me entero. ¿El mundo está loco o estoy girando fuera de órbita? Es desconcertante ser un espectador tangencial de los sucesos y enterarse por casualidad. ¿Es lo adecuado para mí? Con Julio César compartí la carpeta en el colegio y luego nuestros caminos tomaron rumbos diferentes. Mientras él dedicó su existencia a salvar vidas, yo abracé la carrera policial. El resultó ser la eminencia que despertaba elogios y yo un oscuro trotamundos del territorio nacional. El balazo que me sacó de circulación por poco acabó conmigo y me transformó en vegetal durante meses. Por esos misterios de la ciencia médica desperté preguntando quién había ganado el mundial de fútbol y qué diablos hacía en un hospital, flaco como una espina y con facha de cadáver. Nadie explicó cómo había sobrevivido con parte de la masa encefálica fuera de sitio. ¿De dónde saqué fuerzas neurológicas cuando el trazado encefalográfico apenas daba señales de actividad? ¿Cómo resistió mi cuerpo los tubos, sondas y demás artilugios? Los especialistas concluyeron que estaba muerto en vida, que el panteón aún no estaba preparado para recibirme y había decidido darme vacaciones forzadas.

El asunto de mi recuperación sigue siendo un acertijo y estoy muerto y nadie me cree. En un sentido práctico, mi esposa, hijos y conocidos me ven físicamente, hablan conmigo, me tocan y no puedo desairarlos. Respiro y a la vez no les pertenezco, pero tengo que seguir con este drama que solo yo entiendo. En fin, vuelvo a la realidad. Julio César es el muerto y nosotros los vivos. Miro de reojo a Juan Antonio y observo que tiene la mirada fija en los vitrales multicolores que rodean a la virgen ascendiendo al cielo. Lo dejo en su meditación y repentinamente escuchamos los pasos ligeros y superficiales de unos tacones de aguja. La caminata rápida va acompañada por el aroma de un perfume sugerente.

Volteamos y la esposa de Julio César está buscándonos en la fila opuesta. Nos divisa y el caminar elegante no desafina con la vestimenta para la ocasión. Viste un traje sastre ceñido que envuelve el cuerpo delicioso que siempre admiré. Nuevamente tengo envidia sana y esta vez por mi compañero de colegio. Reconozco que más de una vez la deseé, pero nunca hice algún avance indecoroso. El cariño y admiración por Julio César era tan grande que me avergonzaba cuando esos pensamientos impuros pasaban por mi cabeza. Hoy su viuda, sin el luto riguroso, nos regala su presencia en la misa del mes. Estoy perdido con esta gente. Si Julio César es el finado, ¿qué hace María Fe tan suelta de huesos?

─Hola chicos ─nos dice al mismo tiempo que nos regala besos en las mejillas y se sienta al medio de nosotros.

Su estampa es perturbadora. La delicadeza de sus modales, el discreto maquillaje y la sobriedad del traje me apabullan. El perfume ha idiotizado más de la cuenta mi imaginación y creo que me estoy enamorando. La muerte de Julio César abre la perspectiva para consolarla e intentar aproximarme con otras intenciones.

─Julio César se disculpa ─su voz suena a coro angelical─. Lamenta no acompañarnos porque ha entrado de urgencia a una cirugía. Por intermedio mío desea expresar su pesar por la muerte de Roberto Carlos.

Juan Antonio asiente y le expresa su solidaridad con una palmadita en el hombro.

─Gracias, María Fe. Es un alivio saber que tu esposo está bien.
─Ay, Juan Antonio, ¿qué broma haces? Mi marido está más sano que un roble. Eres muy gracioso.

Siento que el piso de la iglesia se abre en dos y me traga hacia el infierno. Mi entrañable amigo goza de buena salud y su mujer está tan enamorada como siempre. Me avergüenzo de mí mismo y si pudiera irme caminando de rodillas, lo haría como expiación a mi lujuria.

─Hoy estamos acá y luego ya no ─María Fe disimula un puchero y prosigue ─: No somos nada en este valle de lágrimas. El pobre Roberto Carlos, millonario, filántropo y hombre de bien murió de la forma más miserable, a manos de un execrable renegado social. ¿Pueden creer que el celular sea motivo suficiente para perder la vida? Es lo que pasó. Robertito fue asesinado por resistirse a entregar el teléfono. Ofreció dinero para conservarlo y no, el desgraciado quería el equipo y lo baleó. La vida es injusta y a veces uno muere por sus deseos…

¿Qué deseos? Me pregunto. Ya no sé qué está pasando. Juan Antonio y Julio César están vivos y el muerto es Roberto Carlos, el mismo que me envió el correo para la misa de mes de Juan Antonio. Mis divagaciones son rotas por el chirrido sutil de las ruedas metálicas de una silla. Por el atrio de la iglesia vemos a un caballero sentado en el armatoste y tras de él una señorita lo moviliza con delicadeza. Mis acompañantes se levantan para acercarse al recién llegado y veo las muecas de felicidad en los rostros. Están contentos con el lisiado. Se instalan en la penúltima fila. La señorita lo acomoda en la banca y pliega la silla para no incomodar el paso de los asistentes. María Fe se separa del grupo y toma asiento a mi lado.

─Es Roberto Carlos. No murió, pero quedó parapléjico. A pesar de su situación insistió en estar en tu misa de mes. Quiere saludarte y si gustas te nos unes…

María Fe me deja boquiabierto y su espléndida figura me abofetea la vista. Se levanta y quedo naufragando en un mar de preguntas. Decido permanecer solo. Estos minutos han desbordado mis fuerzas y estoy agotado.

El sacerdote ingresa y nos ponemos de pie. Da las palabras de bienvenida y pronuncia los nombres de las personas fallecidas, cuyos familiares han contratado la misa de mes. Los nombres se suceden en orden alfabético y al final escucho el que me interesa: Marco Aurelio Zapata Bravo. ¿Será que finalmente morí? Yo sí lo creo, aunque los demás piensen que no. La misa avanza, y en el momento de desear la paz a los semejantes, giro para ver a mis amigos y no están. Quería hacerles una reverencia con la cabeza y encuentro la banca vacía. Una anciana estira la mano para desear que la paz esté conmigo. Devuelvo el gesto y siento la tibieza de su piel. Lamentablemente sigo vivo a pesar que sostengo lo contrario. Pagué mi misa, encontré los amigos que me visitaban en el sueño profundo de cuidados intensivos y, maldita sea, saldré por la puerta, encenderé el carro, llegaré a casa, despreciaré la comida de mi mujer porque los muertos no comemos y me meteré a la cama para pasar otra noche más en el mundo de los vivos.

Antes de abordar mi carro experimento la necesidad angustiante de poner las cosas en contexto. Es muy cómodo convivir con alguien que no está muerto. Nadie vive con un cadáver o zombie. A los muertos se les entierra, a los zombies se les destruye y asunto arreglado. A mí no pueden sepultarme porque dicen que estoy vivo. Tampoco soy un muerto viviente para que me destrocen la cabeza.

Yo morí cuando me descerrajaron el cráneo y no entendieron mi dilema en ese instante. No siento nada, no tengo necesidad de alimentarme ni de otro hábito terrenal. Estoy condenado a la muerte física y el proceso de inanición hará lo que falte y no me afectará. El psiquiatra sigue los ruegos de mi mujer y me intoxica con fármacos. Los tomo y sé que no hacen nada para curar este proceso patológico. Mi amada esposa dice entenderme, pero no incorpora los hechos que me
acontecieron estando hospitalizado.

Esta noche he recuperado a los amigos que deambulaban en mis pesadillas comatosas. Nadie lo sabe y no lo he mencionado, pero viví enclaustrado en los pasadizos desconocidos para los médicos. En ellos encontré a los que hoy me han acompañado en la misa de mi mes y son los que me reclaman diariamente. Quiero estar con ellos, disfrutar el plano en el que viven y separarme de este cuerpo decadente. Me he convertido en un envase mal estructurado que alberga al fantasma que se resiste a abandonarlo. No puedo morir físicamente porque las pastillas me contienen. El lado racional que subyace en la otra orilla me dice que debo pelear para separarme de estas malas compañías y regresar a la vida, como cualquier ser humano que retorna del túnel de luz. El ángulo perverso del inconsciente se resiste y lucha aguerridamente. Va ganando la batalla y de a pocos voy desapareciendo.

Esto es lo que soy, un muerto caminante que no se pudre, sino que se extingue en cada segundo.

Portada: Le malade imaginaire de Honoré Daumier


OSWALDO CASTRO ALFARO (Piura, Perú)

Médico. Administrador de la página Escribideces – Oswaldo Castro. Publicaciones en físico y en más de 30 plataformas, portales y revistas on line. Premios literarios y menciones honrosas.

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