Números

La mañana del día en que pidió la mano de Vivian recibió una llamada anónima que duró unos segundos. Nada demasiado extraño en la oficina. El número de procedencia, 1010101, estuvo a punto de sorprenderlo pero dedujo que sería alguna línea comercial: una empresa de ventas por teléfono, un restaurante de pizzas. Estaba demasiado acostumbrado.

De noche, mientras Vivian lloraba de alegría, algo llamó su atención: sobre la mesa del comedor había un libro con el título 9 cosas que no sabías sobre el tiempo. Lo habría ignorado de no ser por su peculiar ubicación en medio del cristal; al preguntar por él su padre aseguró que lo había comprado muy barato en una feria. Lo pensó un poco. En casa nadie leía y menos iban a ferias. ¿Todo bien? Vivian lo miró extrañada. Sí, obvio.

Al día siguiente la alarma no sonó. Cuando abrió los ojos, los rayos solares calentaban el reloj despertador, que marcaba las 8. Gritó. En sus cinco años de cobrador de impuestos en la Municipalidad jamás había llegado tarde. Ni siquiera cuando lo operaron del apéndice, o cuando su hermano tuvo un severo caso de ———————. Simplemente él no era de esos. No se duchó, no planchó su camisa, apenas la abotonó. Al llegar, su jefe lo miró con lástima. ¿No leíste el comunicado? Hoy es tu día libre. ¿Cómo? Sí, la nueva psicóloga ha implementado este Plan de Emociones Saludables y yo que sé. A cada uno le toca un día libre o nos sancionan. Hoy es el tuyo. Te me vas.

El camino a casa fue confuso. Había olvidado la billetera en algún lado. Caminó en línea recta y dobló un par de veces a la derecha. Una gran calle. ¿Disculpe, señor, dónde estamos? Avenida Brasil. Cuadra 7.

Tras casi veinte minutos, a lo lejos, la línea 77 doblaba la esquina. Saltó. ¿Cuánto es hasta Alfonso Ugarte? Cincuenta. Revisó el fondo de su bolsillo: le sobraría un sol aún. Cóbrese. Sintió las siete cuadras como media vida. Una mujer de avanzada edad salió de un casino y corrió haciendo señales al conductor. Se sentó delante de él. ¿Cuándo te casas? ¿Ah?, la miró horrorizado. El anillo, pues. Lo tenía puesto. Ah, sí, el 6 de… ¿Y estás listo? ¿Cómo? ¡Alfonso Ugarte!, el conductor estaba impaciente. Descendió y caminó unos pasos. Sin preguntarse por qué, volvió la cabeza hacia el bus. La mujer lo observaba impasible.

No habló mucho más aquel día. Durante la cena, Vivian quiso saber qué tal el trabajo. Medio raro, dijo. Me duermo temprano hoy: mi despertador está malogrado.

La alarma sonó a las 6. Qué le pasa a este reloj. ¿Qué tienes?, Vivian aún tenía los ojos cerrados. Nada, está loco. Tendría que sonar a las 6:30 pero ayer… Inútil seguir hablando porque Vivian dormía de nuevo. No tuvo ganas de acompañarla. El cielo estaba gris. Le pareció que cada vez más.

Decidió que la causa de su malgenio era el singular exceso de sueño que lo dominaba. Qué bárbaro, me faltó dormir media hora. La luz blanca del espejo delineaba sus ojeras. Quizá por entregarse a revisarlas con detenimiento ignoró la aparición de un nuevo elemento en la pared. Su reflejo, que hasta hace unos minutos dibujaba su figura como única protagonista del cuadro, mostraba ahora un pequeño calendario con el número 5 en su portada, ubicado justo detrás de él. Vivian siempre con sus cosas. Giró veloz pero se dio con la misma pared vacía y con la misma prometida, la suya, durmiendo. Sacudió la cabeza.

Abandonó su oficina a las 5 en punto. Un poco turbado por el recuerdo del espejo intentó perderse. Caminó algunas cuadras y cayó en cuenta: sus pasos lo conducían a la avenida del día anterior. A su derecha, el casino del que salió la mujer. En la puerta, con un brillo que le causó rabia, el 4 se erigía junto al nombre del recinto: Four Seasons Tragamonedas.

Tocó el timbre muchas veces antes de darse por vencido. Nadie abriría. Lo siguiente es una ceguera parcial que se apoderó de él y lo obligó a tambalearse. Aún distinguía algunas formas y colores, pero, sobre todo, podía ver números. Todos los números que componen la ciudad. Los veía dando vueltas, brillantes. Entonces supo que ellos también podían verlo.

Los zumbidos comenzaron con el 3. Lo encontró en la pared de un estacionamiento, a pocas cuadras de su casa. El rumor incesante de un grupo de voces comenzó a sonar apenas lo vio. La figura del número, tan evidente y solitaria, parecía un chiste. Los zumbidos retumbaban en su cabeza. Soltó una carcajada.

Vivian no estaba en casa. Mejor así. Subió las escaleras con dificultad y, a cada paso, un nuevo zumbido lo perseguía. Ahora sabía que andaban por ahí, en todos lados. No tenía idea del momento exacto en que había comenzado a verlos. Pensó en todos los lugares donde estuvieron esperando por él. Quizá toda su vida haya sido una cuenta regresiva. No tendría cómo averiguarlo. Se hizo a un costado y encogió los hombros cuando el 2 salió disparado de su cama. Caminó hacia el balcón y ninguna pregunta trascendental cruzó su mente. Solo la idea de que no se casaría con Vivian, que era un simple cobrador de impuestos y que pronto sería olvidado. Los zumbidos lo estremecían. Desapareció cuando descubrió el 1 dentro de su propio bolsillo.


Lisa Carrasco (Lima, 1997)

Literata. Fue vocalista en Violencia política. Ha escrito algunas obras de teatro. Se desempeña como codirectora de MOLOK, revista virtual de artes y pertenece al equipo de Poesía Sub25. Publicó en instagram el proyecto de narrativa electrónica Vitamina X (@vitaminax__). Tiene un videoclip de poesía (https://youtu.be/nj-Zdqzjg5Q). Este año editará su primer poemario, Rock is dead!

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