La dificultad de escribir un libro

Había prolongado por mucho la tarea de escribir un libro. Semanas y semanas de distracciones y procrastinación, convenciéndose de que no estaba listo y que la noche siguiente podría iniciar su primera obra magna. 

Pero un domingo en la noche, a mitad de una aparentemente interminable cuarentena, cansado de tantas excusas y contratiempos que solo existían en su cabeza, decidió empezar. Cenó ligero para que la digestión no lo molestase: una porción de arroz y media lata de atún. Lavó los servicios y apagó todas las luces de su casa. Se sentó frente a su escritorio, y con la nueva computadora que había comprado, empezó a escribir, a pesar de no tener una idea clara sobre qué era lo que quería escribir: 

Naturaleza de las almas, que en las calles oprimen a los desdichados.

Lo leyó y releyó, pero la frase no le convencía. Era obvio que su alma tenía una naturaleza diferente a la de las demás almas, pero rescatar específicamente esa cualidad sobre otras que podría tener un alma, le pareció irresponsable. Insostenible para un escrito serio. Pero, haciendo caso a su naturaleza imperfecta, decidió dejarlo así. “Ya luego lo arreglaré” se dijo, y continuo:

Y que ntr s camio  gñ.

Y no fue hasta que empezó a escribir la tercera línea que se percató del error de la segunda. La miró bien y con mucho esfuerzo pudo descifrar lo que había escrito. Ya se imaginaba que su nueva computadora estaba fallando. Para él, un empleado con el salario mínimo, había sido una gran inversión adquirir ese equipo. Era estar atado a una deuda por un año. Borró la frase por completo, y la reescribió, prestando celosa atención al movimiento de las teclas y su parición en la pantalla.

Y que ntr s camio  gñ.

Lo mismo. Unos caracteres que no parecían decir nada, simples letras colocadas al azar. Su consternación andaba de puntillas entre la ira y la ansiedad. ¿Una computadora nueva que ya empezaba a fallar? Para él, sin duda era otra prueba que la providencia le enviaba para decirle que era un desgraciado. Se movió entonces al navegador, para buscar una solución al problema de su teclado, y cuando escribió en el navegador, todas las teclas funcionaban. Intentó entonces escribir la misma frase y la digitó sin errores: Y que entre sus caminos se engañan.

Regresó a su procesador de textos y digitó de nuevo la frase:

Y que ntr s camio  gñ.

Error otra vez. Pero en su navegador, la frase aparecía sin ningún inconveniente. Entonces, decidió probar todas y cada una de las teclas en el procesador, para detectar cuál estaba fallando:

Q w e r t y u i o p a s d f g h j k l ñ z x c v b n m

Todas y cada una de las letras funcionaba correctamente. Entonces, volvió a escribir la frase maldita:

Y que ntr s camio  gñ.

Nada. Pensó entonces que el error podría deberse a una combinación específica de letras. Que la e y la n no podían ir juntas porque se eliminaban, ni la u y la s, ya que una corría el riesgo de desaparecer. Entonces, escribió esas palabras de manera independiente, en frases separadas:

Entre
Sus
Se
Engañan

Y cada palabra se escribió de manera correcta. Lo escribió todo de un porrazo, pensando que el fallo se había arreglado. Estaba casi entusiasmado cuando vio qué se escribía en la pantalla, con una picardía inanimada y con ansias de sacarlo a uno de quicio: 

Y que ntr s camio  gñ.

Lo probó de nuevo en el navegador, pero el resultado era el mismo, la frase aparecía completa. Su cabeza ya le reventaba, no solo por el hecho de que justo cuando quería escribir, su teclado empezara a fallar, sino también porque tendría que llevar la computadora al técnico, y esa era toda una tarde perdida. 

Haciéndose de la vista gorda con la segunda frase, decidió seguir con la tercera, esperando que las letras de esta no se escaparan, y tecleó:

Son l pa de utr  q hc gi y  m fb.

Error tras error, a todas sus frases se le escapaban las i, las o, las n, las r, mientras que de su espalda cansada también se escapaba la inspiración y las ganas de empezar de escribir. Ese era, concluyó, la verdadera dificultad de escribir un libro.

Descubrió entonces que ese tampoco era el momento indicado para empezar su novela. El día siguiente sería mejor.


Axel Montesinos (Lima, Perú)

Estudiante de Ciencias de la Comunicación y amante de la literatura desde la infancia. Ha participado en diversos concursos de literatura breve y tiene un importante número de poemas escritos que buscan salir a la luz.

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