Una historia de básquet

a David Foster Wallace

Corre el año 1998. Tengo diez años y sé perfectamente quién es Michael Jordan; conozco, además, a Scottie Pippen, Barkley, Reggie Miller, Rodman y John Stockton. Hace cinco años fui a Estados Unidos. Casi un mes, de una costa a la otra. No nos metimos a la pileta, porque era noviembre, pero jugábamos al básquet en cada motel. Ahora los colecciono en figuritas, me transformo, con la misma facilidad con que puedo ser Goku, en cualquiera de ellos cuando jugamos en el aro del barrio. No juego bien, mi hermano, que es más grande, sí: tiene altura, juega en infantiles en Gimnasia de CR.

Ese fuego dura poco más; se enciende de nuevo con el 87-80 del seleccionado argentino sobre el Dream Team, en la casa de los Indiana Pacers en el Mundial 2002, algo que ni el almanaque deportivo de Biff Tannen podía haber anticipado, sencillamente no entraba en la cabeza. Y en 2004 el quinteto dorado reedita la hazaña eliminándolos en las semifinales olímpicas. Por esos años, a nivel local, Gimnasia sale campeón de la Liga Nacional. Poco más.

El último Mundial, es cierto, removió las emociones; ver a un puñado de jóvenes irreverentes y con espíritu de equipo, liderados por Luis Scola, único sobreviviente de la ‘‘generación dorada’’, imponerse en semifinal a Francia (que venía de eliminar a Estados Unidos). The Last Dance tuvo un efecto parecido. La flamante serie sobre Jordan y los Chicago Bulls me llevó directo a aquella época, con la perspectiva de los treinta.

El título está sacado del ‘‘tema’’ con que Phil Jackson recibió a sus jugadores en el primer entrenamiento de la temporada ’97-98. ‘‘El último baile’’ para una dinastía que había ganado cinco de los últimos siete campeonatos de la NBA; que un villano interno, Jerry Krause, gerente del club, pretendía desmantelar. Como la línea que tira y recoge un pescador, la serie viaja, por caso, al 1991, año en que el equipo de Chicago obtiene su primer título de NBA; al fichaje de Jordan en el draft universitario de 1984; o a 1994, cuando Jordan se retira temporalmente y cambia el balón por el bate de béisbol. Siempre volviendo al horizonte dramático, abierto, de esa última temporada (me contuve de consultar los buscadores y Wikipedia durante los diez capítulos de The Last Dance).

Michael Jordan es lógicamente el denominador común; su aparición fue delineando un antes y un después para los Chicago Bulls y para la promoción mundial de la NBA; una exportación más de la cultura estadounidense que cristaliza en Barcelona ’92: al lado de Magic Johnson y Larry Bird, pero al frente del primer Dream Team. El camino a la cima, como dirían los hermanos Young, fue largo: les tomó siete temporadas a Jordan y a los viejos Bulls y dos eliminaciones consecutivas a manos de los Detroit Pistons. Detrás del gerente de los Bulls, en antagonismo con Jordan, lo sigue Isiah Thomas, un emblema de aquellos Pistons, sobre quien Michael Jordan parece descargar con rencor todo el esfuerzo gastado en la obtención del primer anillo. Las entrevistas muestran que uno y otro tienen una razón para rechazarse. Isiah Thomas da a entender que quedó afuera de Barcelona ’92 por decisión de Jordan; este se exalta al recordar el estilo agresivo de los Pistons, que contaba entonces con Dennis Rodman en defensa.

No busquen indulgencia. Obama, vinculado políticamente a Chicago, señala la falta de conciencia afroamericana del basquetbolista con motivo de una interna legislativa en su estado natal (Carolina del Norte). La respuesta deJordan en su momento fue ‘‘Los republicanos también compran mis zapatillas’’. El héroe fuma grandes habanos y apuesta en cada hoyo de golf que juega.

Pippen, Phil Jackson y Rodman completan las dramatis personae. Todos conocemos el costado mediático de Rodman, pero nadie lo entiende mejor que Phil Jackson. Él supo manejar el temperamento explosivo de ‘‘El gusano’’ para beneficio suyo y del equipo. Parte del éxito del conductor de los Bulls se explica por una filosofía con raíces en los pueblos originarios y los restos de un pasado hippie. Ignoraba la historia de Pippen, clave en la trama de la temporada ‘97-98. Si admiramos a Faulkner y a los Ramones, qué tiene de malo emocionarse con superestrellas de la NBA en busca de un sexto anillo.


GABRIEL OSSA (Comodoro Rivadavia, Argentina)

Reside en Buenos Aires. Estudió Letras, trabaja como docente. Intenta todos los géneros, busca publicar una nouvelle y un libro de poemas.

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